Imagen referencial de economía y mujer /Pixabay
Imagen referencial de economía y mujer /Pixabay

La ministra de Economía y Empresa, Nadia Calviño, ha dicho esta semana que la brecha de género en la economía y en la sociedad provoca una pérdida de valor agregado de aproximadamente el 15% del PIB, por lo que ve “inaplazable” cerrar dicha brecha y ha pedido a los directivos que incluyan este asunto en sus agendas.

Es un alivio, dadas estas alarmantes estadísticas, saber que la cacareada ‘brecha de género’ no existe. O sea, sí, en números redondos, las mujeres cobramos menos que los varones, pero no por ese mito absurdo de que nos pagan menos por el mismo trabajo, algo que inundaría los juzgados de lo laboral con causas por discriminación, porque resulta que es ilegal, e imagino que no nos están llamando idiotas.

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No, lo que significa la verdadera ‘brecha de género’ es que hay más directivos que directivas, más emprendedores que emprendedoras y que, en grandes números, las mujeres tenemos inclinación natural por labores que están peor pagadas con independencia del sexo de quien las cubra, así como una marcada preferencia por modelos de trabajo que nos permitan atender a nuestras familias.

Y eso es malo para ‘la economía’ y eso es lo que quiere cambiar Calviño, que sabe un rato de Economía y de Empresa, especialmente Interpuesta.

A ver, dos cositas. La primera, en cuanto a la propia estadística, más tramposa que una película de chinos. Si yo cojo los ingresos medios del varón español, los adjudico a las mujeres, cuento el número de mujeres y sumo, quizá me salga esa barbaridad de PIB. De igual modo se hacen esas estadísticas según las cuales si tales o cuales empresas dedicaran sus ingresos al hambre en el mundo, desaparecería.

Una mujer feliz trabajando a media jornada en un trabajo que le gusta y no le exige una competencia a muerte no tiene peso en el PIB

Imagino que ven la trampa, pero si no, se la cuento. El truco se suele llamar técnicamente ‘caeteris paribus’, es decir, si todo lo demás permanece tal cual está, cosa que no sucede jamás. Es lo que Bastiat llamaba “lo que no se ve”. Si todas las mujeres, de la noche a la mañana, empezásemos a trabajar de forma idéntica a los varones, exactamente las mismas horas, precisamente en los mismos puestos, sectores y profesiones, sucederían muchísimas cosas que alterarían significativamente el resultado de esa cuenta que le sale tan limpia a Calviño.

Para empezar, un montón de servicios no remunerados que ahora cubrimos las mujeres en nuestras propias casas tendrían que realizarlos asalariados. Estos empleados suelen ser, por otra parte, mayoritariamente mujeres, pero como en nuestro cuadro las mujeres seríamos, al menos en lo laboral, idénticas a los varones, habría que crear un incentivo mayor para cubrirlos, ya que ni hombres ni mujeres querrían trabajar en números suficientes por lo que ahora se paga con ellos. Eso, sin contar con los costes positivos derivados del propio trabajo, como el transporte.

Naturalmente, la natalidad, ya muy por debajo de la tasa de sustitución, a niveles de los que no ha logrado recuperarse ninguna sociedad, se desplomaría aún más, y los trabajadores de mañana son las personas que nacen hoy. Habría que incrementar tan brutal e indiscriminadamente la inmigración del único sitio posible -el Tercer Mundo- que la posibilidad de que nuestras costumbres, modo de vida y visión del mundo siguieran imperando se reducirían paulatinamente. Y recordemos cuál suele ser la posición de la mujer y su consideración social en los países de donde vienen mayoritariamente nuestros inmigrantes.

Pero todo eso palidece en comparación con la tesis subyacente a ese grito de alarma, que va en dos partes: la primera, que todo lo que realmente importa es la economía y, segundo, que lo que importa en economía es el crecimiento del PIB. Una mujer feliz trabajando a media jornada en un trabajo que le gusta y no le exige una competencia a muerte no tiene peso en el PIB.

El PIB suma bienes y servicios cuantificables y cuantificados mediante el intercambio. Si me rompo una pierna y tengo que ir al médico, sube más el PIB que si no me rompo nada. Si me peleo con el vecino y en lugar de arreglar nuestras cosas en una conversación civilizada y amigable le mando a mis abogados y vamos a juicio, aumenta el PIB (minutas de abogados, juicio, dietas). Y podría estar toda la tarde incluyendo actividades que suman ‘riqueza’ y sin las que, estoy seguro, preferiríamos estar.

Cosas que no se pueden incluir en el PIB: la satisfacción de ver crecer a tus hijos y de compartir su tiempo, la posibilidad de educarlos personalmente, y no solo entregarlos a benévolos (o no) funcionarios para que lo hagan, la tranquilidad de espíritu, el amor, la fe, la conciencia serena… Nada de esto, por importante que resulte para cualquier persona, entra en la contabilidad pública.

La economía esta al servicio del hombre, y no al revés; la economía no es un dios pagano al que tengamos que sacrificar nuestra felicidad, ni que tengamos que anteponer a las cosas importantes, especialmente cuando no estamos hablando de morir de inanición ni de que no exista riqueza suficiente para garantizar una vida suficientemente vivible.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.