Donald Trump durante un mitin celebrado en Houston (Texas, EE. UU.) el 22 de octubre de 2018. /EFE
Donald Trump durante un mitin celebrado en Houston (Texas, EE. UU.) el 22 de octubre de 2018. /EFE

La máquina del tiempo existe… ¡y la maneja Donald Trump! El presidente republicano está devolviendo su país a los años felices y optimistas anteriores a la crisis del petróleo de 1973 y de la derrota de Vietnam.

La economía está volviendo a la bonanza de los años 60. Los últimos datos sobre empleo en Estados Unidos son asombrosos, sobre todo si recordamos que a finales del año pasado los llamados expertos se relamían anunciando una crisis descomunal por las políticas demenciales de Trump, basadas en el proteccionismo y en vetar los acuerdos de libre comercio.

La evolución del paro en EEUU desde 1960. / Ministerio de Trabajo de EEUU
La evolución del paro en EEUU desde 1960. / Ministerio de Trabajo de EEUU

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En abril, se crearon en Estados Unidos 263.000 empleos nuevos. La tasa de paro bajó al 3,6%, la más baja desde diciembre de 1969. El país ya lleva 14 meses con esa tasa por debajo del 4% y Trump tomó posesión como presidente en enero de 2017, es decir, hace 16 meses. Los salarios suben por encima del 3% de media y la inflación está por debajo del 2%.

Estos éxitos asombran por dos razones: el crecimiento del empleo en una de las economías modernas en las que los sabelotodo habían anunciado la desaparición de los trabajadores debido a la robotización; y el rechazo de los políticos, economistas y funcionarios de la Unión Europea a copiar las políticas de Trump.

En año y medio, Trump ha devuelto la economía a la prosperidad y el optimismo anteriores a la crisis del petróleo de 1973

Donald Trump obtuvo la Casa Blanca gracias a poco más de 500.000 votos populares que le entregaron cuatro estados que habían votado dos veces por Barack Obama: Pensilvania (20 votos en el colegio electoral), Ohio (18 votos), Michigan (16 votos) y Wisconsin (10 votos). En total, 64 electores que le dieron la mayoría en el colegio, marcada en 270.

En su campaña en esos territorios, que reciben el apodo de cinturón del óxido, prometió impulsar el empleo, desaparecido a partir de los años 80 con el cierre de la industria pesada y la minería. La decadencia se entiende no sólo en las ciudades deprimidas, como Detroit (Michigan), sino en su menor peso demográfico. Pensilvania ha pasado de ser el segundo estado más poblado del país, con 32 votos en el colegio que en 1960 fueron a Kennedy, a ser el quinto; Ohio ha caído de 25 compromisarios en 1976 a 18.

La bonanza ha alcanzado a Pensilvania, donde la ventaja de Trump sobre Hillary Clinton fue de menos de 45.000 papeletas. La ciudad industrial de Pittsburgh, hermanada con Bilbao debido a la siderurgia que florecía a ambas, ya registra una tasa de desempleo similar a la que había al principio de la década de los 70. El pre-candidato demócrata Joe Biden realizó un acto electoral en Pittsburgh, lo que aprovechó Trump para recordar la subida de la actividad económica.

El ‘boom’ del empleo también alcanza a gente de baja o nula cualificación, una de cuyas ventajas puede ser el pinchazo de la burbuja de la titulitis. El deseo de conseguir uno o varios títulos universitarios para destacar en un mercado laboral encogido ha llevado a miles de jóvenes a endeudarse con créditos financieros para pagar esos estudios.

Uno de los estados en que crece el empleo es Pensilvania, cuyos 20 miembros del colegio electoral ganó Trump por solo 45.000 votos

En el país se mantienen problemas muy serios, como el enconamiento de las ‘guerras culturales’, la persecución de la libertad de expresión en las universidades por parte del Imperio Progre, la caída de la natalidad, la epidemia de opiáceos y la enorme presencia militar de EEUU en todo el mundo. Pero la reducción del paro, sobre todo entre gente de clase baja condenada (en algunos casos, acostumbrada) a vivir de los cupones de la Seguridad Social, permite cumplir ese dicho de que “los duelos con pan son menos”.

¿Qué le queda entonces a la izquierda, anterior representante de la clase trabajadora y hoy empleadora de mujeres de clase alta mediante las cuotas en los consejos de administración y los partidos? La pataleta, por un lado, y el exacerbamiento de su histerismo anti-Trump. Paul Krugman, bendecido por el premio Nobel de economía, columnista del New York Times y El País, afirmó que Trump iba a hundir la economía para siempre jamás; en vez de reconocer su error insiste en él. Hace unas semanas se le publicó una columna que él tituló: “Donald Trump quiere matarnos”. Y quien lo niegue es un facha, ¿verdad?

La demanda de trabajadores se extiende a personas con baja o nula cualificación, que antes sobrevivían gracias a subsidios

Con semejantes datos económicos, con un Partido Demócrata desgarrado por las guerras entre minorías que buscan colocar a sus candidatos y con el engaño de la ‘trama rusa’ desbaratada, Trump y su vicepresidente, Mike Pence, no deberían tener problemas para obtener la reelección en 2020. Pero la presente Administración ha demostrado que puede enredarse en polémicas absurdas perjudiciales para su prestigio y su labor.

Sin embargo, tal como están las cosas, yo apuesto por otra jornada gloriosa de diversión en noviembre de 2020, cuando los progres descubran que tendrán ‘four more years’ de su particular pesadilla.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).