El futuro de los taxistas y de los arrieros

    En el futuro se recordará a los taxistas como al sereno. Les veremos en las películas como vemos hoy a los arrieros, herradores, peones camineros o deshollinadores. Los abuelos tendrán que explicar a sus hijos qué es eso de “cab driver” que canta un desconocido Lenny Kravitz en un viejo mp3.

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    Un taxista en huelga para presionar contra la competencia de los vehículos de alquiler con conductor (VTC). /EFE
    Un taxista en huelga para presionar contra la competencia de los vehículos de alquiler con conductor (VTC). /EFE

    El otro día contraté un servicio de transporte con una de las compañías rivales del gremio del taxi. Nos dirigíamos hacia el aeropuerto, a la Terminal 2. Acababan de romper a repartir palos varios taxistas por todo Madrid y el aeropuerto internacional de Madrid no era una excepción. “Hace una hora me han dicho mis compañeros que ha habido altercados, señor”, me dijo el chófer. “Bueno; vamos para allá y ya veremos qué hacemos”. No podía perder el avión y él era mi mejor baza para llegar a tiempo, y eso que salí con dos horas de margen. Se aferró resignado al volante y sin saltarnos un sólo límite de velocidad, llegamos al destino prefijado, con el coste conocido de antemano. Allí no había ningún problema. Apenas había gente; creí ver un taxi, pero ni rastro de la violencia como sintaxis de las reivindicaciones de sus conductores. Bien, se ve que no voy a tener nada que contar a mis compañeros, que ya me esperaban en la Terminal.

    Error. Me bajo del coche, y según cojo mi maleta, el conductor me pregunta: “¿Efectivo o con tarjeta?”. “¿Perdón?”, le pregunto para darle la oportunidad de no darme por enterado. “¿Va a pagar en efectivo o con tarjeta?”. Ante su insistencia, le tengo que decir que el servicio se paga por otra vía. El conductor, ni se inmuta. Me volví, después de lanzarle un mecánico “adiós”. El conductor quería cobrar por una doble vía, la de la empresa que le contrata y la del incauto cliente, que le pagaría en mano lo que ya le iba a pagar por medio de la aplicación.

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    Esta historia demuestra que sinvergüenzas puede haber en todos los sitios. Todos conocemos, o hemos vivido, historias de taxistas con menos honradez que el vendedor de 13 Rue del Percebe; las plataformas que facilitan la contratación de chóferes no tienen porqué estar exentas de personas que carecen de moral. Ahora bien, éstas ofrecen la posibilidad de valorar la labor del profesional. Y de facilitar una queja si no ha actuado como es debido. De modo que la tecnología se pone al servicio del buen comportamiento. El capitalismo es el sistema económico volcado hacia la mejor satisfacción del consumidor y es la competencia lo que obliga a las empresas a adoptar las medidas que sean necesarias para que ese cliente salga satisfecho y vuelva a contratar el servicio.

    Por eso esta anécdota demuestra que hice bien en contratar este servicio, y demuestra asímismo que los taxistas no pueden salirse con la suya. Habían creado un mercado cerrado, que aseguraba tener unos ingresos por encima de lo que les corresponde en justicia (es decir, con un libre mercado) y ofreciendo un servicio que no tenía por qué ser bueno.

    El gremio del taxi ha cavado su propia tumba. Se ha refugiado en sus privilegios, cercados por un conjunto de licencias. Ahí no se han visto en la necesidad de competir, y por tanto de mejorar

    El número de licencias de taxi en Madrid ha caído en medio millar, hasta las 16.000 a finales del año pasado. Y eso que la demanda de este servicio (como demuestra la competencia de Uber y Cabify) no estaba satisfecha.

    Estas son las generalidades de la ley y ni siquiera despierta debate entre gente razonable. La competencia es justa, porque es el resultado de buscar ganar dinero atendiendo mejor al cliente, y con unas normas iguales para todos. Es buena incluso cuando, como es el caso, no es del todo justa y las normas permiten que unos tengan privilegios (como los de impedir a los demás que cojan a un conductor a mano alzada). Y favorece la mejora contínua del servicio y el avance tecnológico.

    El gremio del taxi ha cavado su propia tumba. Se ha refugiado en sus privilegios, cercados por un conjunto de licencias. Ahí no se han visto en la necesidad de competir, y por tanto de mejorar. Hasta que la mejora fuera de su espacio protegido ha sido tal que los usuarios les han dado la espalda. Y no están preparados ni para competir ni para aceptar el veredicto del mercado sobre el valor de sus licencias.

    La respuesta del gremio ha sido utilizar su capacidad para ejercer la violencia de forma coordinada, lo propio de una organización criminal, pero no para llevarse el botín directamente, sino para negociar con los políticos nuevas barreras que les protejan de la realidad. En Barcelona, gobernada desde una ideología anti ilustrada, su recurso a la violencia y la intimidación ha funcionado. No podía ser de otro modo. En Madrid ya no es tan fácil.

    Cualquier victoria es efímera. El sector del taxi lucha contra una ola de realidad, cuando a lo que se enfrenta es a un maremoto. La tecnología lleva siglo y medio liberando al hombre de la servidumbre de los trabajos más mecánicos. Las máquinas cultivan, riegan y cosechan por nosotros. Y han hecho lo mismo sector por sector. Y ahora son tan capaces que incluso nos pueden sustituir en una labor mecánica, sí, pero en un entorno incierto, como es la de conducir. En el futuro se recordará a los taxistas como al sereno. Les veremos en las películas como vemos hoy a los arrieros, herradores, peones camineros o deshollinadores. Los abuelos tendrán que explicar a sus hijos qué es eso de “cab driver” que canta un desconocido Lenny Kravitz en un viejo mp3.

    En Singapur hay un servicio de taxis sin conductor y es sólo el primer proyecto de varios que están ya funcionando comercialmente por el mundo. En 2021 lo tendremos funcionando en Londres. Antes de que se celebren las elecciones autonómicas y locales de 2023, los presidentes regionales y los alcaldes tendrán que hablar sobre si permitir o no que se implante esa tecnología, ya madura, en nuestras ciudades. Uber, Lyft, Google, Tesla, más los grandes de la automoción están invirtiendo cantidades mil millonarias en el desarrollo de la tecnología que facilita el control del coche sin intervención humana.

    Son sistemas expertos, que mejoran según van acumulando experiencia. Como lo hacemos nosotros. Sólo que el proceso de adquisición de nuestra experiencia es individual y todo lo que sabemos desaparece con nosotros, pero en el caso de las máquinas, ponen en común lo que “aprende” cada una y esa información se acumula y perfecciona sine die. A ello hay que añadir que los coches se comunicarán entre ellos y con las infraestructuras de la ciudad. Conducirán mucho mejor que nosotros, y tendrán muchísimos menos accidentes. No es ya que se vaya a extender el servicio de taxis sin conductor, es que ya estoy viendo a los políticos fijando una fecha a partir de la cual nos van a prohibir conducir a todos, en nombre de la seguridad. Apunten 2040. Cuando llegue ese momento, nos acordaremos de las violentas protestas de los taxistas, y veremos en los medios de comunicación historias sobre cómo han tenido que reciclar su carrera después de que la tecnología los haya jubilado prematuramente.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.