Bitcoins
Bitcoins / Flickr

Resulta que el creador del bitcoin es humano. No sabíamos nada de él, salvo que su nombre no era Satoshi Nakamoto, el pseudónimo con el que escribió el seminal artículo que dio origen a la moneda electrónica. El 12 de septiembre del pasado año, la revista Wired llegó a la conclusión de que la persona que había iniciado todo era Craig Steven Wright, con una certeza que no daban por absoluta, pero casi. Él había dejado su posición en suspenso, pero ahora el propio Wright ha dicho ser él quien ideó, junto con otros, el sistema de pagos digital, y habría aportado pruebas de su autoría.

John Martonis, director de la Fundacion BitCoin confirma el nombre de Wright, como lo hace su economista jefe, Gavin Andersen. Aún así, Forbes recoge la opinión de varios expertos que señalan que estamos ante un posible engaño monumental. De hecho, The Economist, uno de los medios con los que se ha entrevistado el informático y empresario australiano, lo más que dice es que es muy probable que él sea el autor, pero reconoce que hay sombras por disipar. Su cuenta en la red profesional LinkedIn está escrita por alguien muy dispuesto a escribir grandes hazañas en su curriculum, pero de nuevo ello no es prueba de falsedad.

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Sea como fuere, es muy probable que la identidad de Nakamoto acabe por desvelarse fuera de toda duda. No es cuestión baladí, porque BitCoin es todo un desafío. En primer lugar, tecnológico. En segundo lugar, económico. Y lo es también político, y al más alto nivel. Pero no sigamos sin explicar sucintamente en qué consiste bitcoin.

El Bitcoin no depende de un banco central, lo que equivale a decir que no depende de la política

Es una moneda digital, y avancemos pronto porque decir eso y no decirlo es casi lo mismo. Digamos, además, que tiene un conjunto de características que la hacen atractiva. Cualquiera puede crear unidades de esa moneda, lo que quiere decir que forma parte de una red descentralizada. No depende de un banco central, lo que equivale a decir que no depende de la política. La red sobre la que se asienta recibe el nombre de BlockChain. El mecanismo es en principio más sencillo de lo que parece. Quien participe de la red puede convertirse en “minero”, es decir, dedicar recursos (labor de computación de ordenadores) a realizar unas tareas para el mantenimiento del sistema. Y como premio de esas labores, el sistema le otorga un paquete de 25 bitcoins. La labor que hacen los mineros pasan por hacer de verificación de las transacciones que se realizan dentro del mismo. Blochain es, por tanto, un sistema distribuido de contabilidad.

Por otro lado, y este es parte del atractivo del sistema, para cambiar las anotaciones que se hacen en el mismo se necesita el control de al menos la mitad de los ordenadores de la red, lo cual es materialmente imposible.

Los gobiernos no quieren que tengamos billetes y monedas, como nunca vieron con buenos ojos que tuviésemos oro

De modo que tenemos un sistema de intercambio de archivos (bitcoins) que es descentralizado, seguro, y parcialmente anónimo. Además, el número de bitcoins que genera el sistema está limitado a 21 millones, lo que le otorga una escasez. Pero estas unidades son muy divisibles, por lo que tampoco se corre el peligro de que pierdan capacidad de realizar pagos por el hecho de que adquieran mucho valor. Todas estas cualidades le han hecho muy atractiva para los narcotraficantes. Hay quien ha criticado a esta moneda encriptada por ello, pero es una acusación absurda. Los comerciantes al margen de la ley no le han hecho ascos a otras formas de dinero, y lo importante es si le resulta útil al conjunto de la sociedad, o no.

Hay una gran cacería del dinero físico. Los gobiernos no quieren que tengamos billetes y monedas, como nunca vieron con buenos ojos que tuviésemos oro, que es el verdadero dinero. No. Prefieren controlar ellos el oro, como prefieren que nuestros pagos e ingresos tengan, todos, un reflejo contable comprobable, para controlar nuestra vida desde nuestra cuenta corriente. En la red de bitcoin hay una contabilidad pública de las transacciones, pero no hay un registro de los nombres detrás de cada una de ellas, como sí se da en las cuentas corrientes.

La posición de los gobiernos al respecto es ambivalente. Por un lado se mira al bitcoin con recelo por que otorga una brecha de anonimato y libertad en el muro que están construyendo para contener todos nuestros datos fiscales. Por otro lado, los responsables de las grandes monedas del mundo están investigando el modo de crear ellos las propias criptomonedas nacionales. De este modo quieren evitar que un avance tecnológico importante, como es este, les arrastre al fondo de la historia. Si viene una ola tecnológica, al menos habrá que saber surfear sobre ella y no ahogarse en el avance.

Por último, hay dos cuestiones importantes que están aún por dilucidar. La primera es cuál es la función económica del bitcoin. Ha logrado adquirir valor (en la actualidad una de estas monedas equivale a 443 dólares), pero éste ha fluctuado con sacudidas demasiado importantes como para poder considerarlo un dinero de gran calidad.

Por otra, la atención está volcándose cada vez más en la red de bitcoin, en blockchain, que es una tecnología que nos puede servir muy eficazmente para muchos otros usos: Certificar propiedades y contratos, certificar procesos de producción o de calidad, puede otorgar identificaciones de personas en situaciones de emergencia, como la llegada masiva de inmigrantes… sus posibilidades se están explorando y son muy importantes.

No sabemos cuál es el destino de Craig Steven Wright, si realmente es quien ideó este ingenioso sistema. Ni podemos adelantar en qué quedarán tanto el bitcoin como blockchain. Lo que sí podemos decir a estas alturas es que cumplen una función económica relevante, y parece que será mayor en el futuro.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.