El Papa Francisco junto a un grupo de obreros de la siderurgia en Génova.
El Papa Francisco junto a un grupo de obreros de la siderurgia en Génova.

El venezolano Arturo Sosa, primer general de los jesuitas no europeo, declaró hace unos meses en El Mundo: “Los de izquierdas han dicho que el Papa es de derechas y los de derechas que es de izquierdas. Él no se deja llevar por un viento o por otro”.

Es sin duda aconsejable la prudencia antes de encasillar a cualquier pontífice, y a la propia Iglesia Católica, exclusivamente en alguno de los frentes desde los cuales las personas libramos nuestras escaramuzas ideológicas. La Iglesia no exhibe un cuerpo de doctrina simple, uniforme y monolítico en todos los asuntos políticos, económicos y sociales. Así, los liberales no tenemos derecho a suponer que no hay sitio para los antiliberales en el Reino de Dios; y, por su parte, los antiliberales tampoco lo tienen para proclamar que los liberales estamos necesariamente condenados al fuego eterno, o que, si vamos al cielo, nos tocará columna, porque el Señor no aceptará ser contemplado por los sospechosos que defendemos el capitalismo, la propiedad privada y el mercado libre.

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Ahora bien, siendo la Iglesia madre de todos, tampoco podemos suponer que es una madre marciana o que se halla totalmente desvinculada de los hechos y las ideas que se entreveran en las vidas de sus hijos. Esto nunca ha sido así, ni tiene por qué serlo. Y es lo que explica que, dentro de las doctrinas de la Iglesia, y las ideas de los Santos Padres, haya algunas fluctuaciones y matices según el paso del tiempo y los vaivenes de la historia. A nadie le llama la atención que Francisco no piense punto por punto igual que san Juan Pablo II, por nombrar a dos Papas recientes, muy queridos por los fieles, pero no idénticos.

Hablando de matices, Francisco es un pontífice a menudo considerado enemigo del liberalismo y el mercado, y podemos encontrar declaraciones y textos suyos en ese sentido, ampliamente celebrados por los antiliberales de toda condición. Sin embargo, también ha expresado un abierto e inequívoco respaldo a los empresarios, como cuando declaró en una fábrica genovesa: “El empresario es una figura elemental de una buena economía… son necesarios buenos empresarios…[con] vuestra capacidad de crear”.

Es cierto que al mismo tiempo culpó a los “especuladores”, pero los diferenció de los empresarios porque no aprecian a su empresa ni a los trabajadores, a los que solo ven  “como un medio para lucrar”. No son empresarios los que despiden gente sin que ello les ocasione problema alguno.

A propósito de esta cuestión, Francisco añadió dos nociones liberales. Por un lado, se felicitó porque “hay tantos empresarios que aman a su empresa y a sus trabajadores”. Por otro lado, apuntó contra el intervencionismo: “Lamentablemente el sistema político favorece a los especuladores y no a los empresarios”.

Así como Francisco destacó la “noble vocación de los líderes empresariales”, también puso énfasis en los efectos negativos del intervencionismo político y legislativo, oponiéndose, por ejemplo, a las jubilaciones anticipadas —“es contra la dignidad de las personas”— y criticando la economía subsidiada: ‘Trabajo para todos, no subsidios, porque el trabajo da dignidad… En la tierra hay pocas alegrías como la que se siente trabajando”.

Identificó a empleadores con empleados: “El buen empresario es antes de todo un buen trabajador”. Por otro lado, señaló la responsabilidad de los empleados —“los trabajadores tienen que hacer bien el trabajo, porque debe ser bien hecho”— y no olvidó la denuncia de la corrupción, en la que en alguna ocasión subrayó la politización de los sindicalistas: “El sindicato, con el paso del tiempo, ha terminado pareciéndose demasiado a la política”.

No olvidemos, pues, las palabras del padre Sosa cuando nos aseguren que este Papa es un enemigo radical de los empresarios.

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