Tres jovenes se fotografían en nueva York sin advertir la presencia de un 'sintecho' a su lado.
Tres jovenes se fotografían en nueva York sin advertir la presencia de un 'sintecho' a su lado.

Siempre me ha parecido que una manera correcta de etiquetar a todas las ideologías era ésa que las define como “una promesa del cielo en la tierra”. Quienes las formulaban y sus más acérrimos adeptos siempre han creído que tras esas formulaciones teóricas, se encontraba una panacea que desembocaba en la felicidad universal.

Los defensores de la moderna economía de mercado siempre han presumido de poderse desmarcar de tal esquema, y una de dos, o están equivocados o mienten. La doctrina liberal, la presunta sociedad abierta y el capitalismo han desembocado en otro fraude, uno más. Otra entelequia ofrecida como paraíso y entregada como antro.

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Y lo es porque ha faltado a su coherencia, ha renegado de los fundamentos que propiciaron su éxito y ha sucumbido a la avaricia. Los partidarios de este bodrio siempre dijeron, acertadamente, que las doctrinas izquierdistas despreciaban la naturaleza del ser humano. Curioso, porque ellos parece que nunca contaron con algo tan humano como es el egoísmo.

“Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la desigualdad ha crecido dentro de las sociedades occidentales”

La fiesta se acabó no hace mucho. Ha sido en los últimos años cuando por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la desigualdad ha crecido dentro de las sociedades occidentales.

No me refiero a las diferencias entre lugares del mundo, me refiero al hueco entre ricos y pobres, al aumento de estos últimos, a la progresiva pero imparable desaparición de la clase media y a la crecida de la parte del león en los países avanzados.

La desigualdad alienta movimientos de protesta que pueden justificar la violencia
La desigualdad alienta movimientos de protesta que pueden justificar la violencia

Los habitantes de las naciones del primer mundo somos mayoritariamente más pobres que hace 10 años, tenemos entre nosotros a más menesterosos y habitamos un lugar en el que los ricos lo son cada vez más.

Los contratos son precarios, el desempleo temporal forma parte de lo cotidiano, los sueldos menos que justos y la protección a los trabajadores prácticamente nula.

“Lo que hoy vemos es tan sólo un aviso, una cabeza de playa para que desembarque, inevitablemente, el conflicto social”

Por otro lado, los que se encuadran en las élites propietarias o administradoras de los capitales, ven sus condiciones de vida montadas en cohetes.

Lo que hoy vemos es tan sólo un aviso, una cabeza de playa para que desembarque, inevitablemente, el conflicto social; un vivero para que hagan su aparición y medren propuestas surrealistas, nacionalismos excluyentes y formaciones de lunáticos que incitan a las masas a asaltar el abismo a sangre y fuego.

Vivimos, de momento, en el descontento, pero si seguimos así veremos la tragedia. No seré yo quien justifique medios que no comparto, pero sí quien los ve venir.

Todo porque una doctrina, un castillo en el aire, una formulación hermosa, se ha llevado hasta sus límites más absurdos. Pero no en todo, porque, aunque parezca extraño la desigualdad también tiene su ética; la de la carencia de ética.

“La era del capitalismo salvaje es, paradójicamente la era del salvaje ataque a la moral, la ética y los valores que lo han hecho posible”

Curiosamente estamos en un mundo dual. La época de una doctrina económica llevada a sus más aberrantes consecuencias convive con un deliberado enterramiento de los principios que alumbraron la sociedad en la que apareció.

La era del capitalismo salvaje es, paradójicamente la era del salvaje ataque a la moral, la ética y los valores que lo han hecho posible. Y supongo que no es casual, la querencia por una ética neutra y fofa de los tiempos que vivimos se hace necesaria para que se acepten inmoralidades manifiestas.

La relativización de la libertad, la nación, la vida, la historia, la religión o los valores familiares es la puerta de entrada en un mundo de colores en el que lo que realmente está bien o mal se mide en términos únicamente individuales.

Una armadura así carece de resistencia para poder discutir la explotación del hombre por el hombre. El pensamiento único es eso, único, carece de alternativas y nos lleva a la clase social única.

Quienes se benefician de todo esto llevan un cartel que dice qui prodest [¿a quién beneficia?] excesivamente grande como para no sospechar que todo obedece a un plan establecido, y que el desarme argumental del individuo, la venta del todo vale y la promesa de una vida sin compromisos, tan sólo tienen como meta la reducción del ciudadano a la condición de productor/consumidor.

“Si no somos capaces de poner freno a la desigualdad, fracasaremos como sociedad”

La tontificación generalizada sólo responde al objetivo de la explotación del tonto y tiene unos únicos ganadores, que únicamente nos colocan en los ojos el escupitajo a los valores, para que de esa manera no seamos capaces de ver las estadísticas que los delatan.

Si no somos capaces de poner freno a la desigualdad, fracasaremos como sociedad; si no somos capaces de recuperar nuestros fundamentos, no sobreviviremos. La amenaza es doble, tiene el mismo origen y un único objetivo.

Es cierto, como he leído, que hay que repensar la economía; pero es más urgente tapar el sumidero por el que estamos dejando escapar nuestra esencia.

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Piloto de Líneas Aéreas, expatriado, residente en Dubai. Ha sido contertulio en Intereconomía Radio y TV. Columnista en Época y La Gaceta.