La lucha obrera es llevar el perrito al tajo

    Antes los obreros se echaban a la calle para pedir seguridad en el trabajo, subidas de sueldo, reducción de jornada, pensiones… Ahora, que no hay obreros, sino ‘emprendedores con un sueño’, los trabajadores asalariados que sobreviven se alegran cuando el jefe les deja llevar el perro a la oficina.

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    Un perro en mitad de una oficina.
    Un perro en mitad de una oficina.

    Ya no quedan obreros en Europa. En Inglaterra han cerrado las minas de carbón que alimentaron la revolución industrial y en Asturias, en vez de industria pesada y astilleros, hay cientos de casitas para el turismo rural. Las nuevas tecnologías y el abaratamiento del transporte hacen que lo que se produce en el otro extremo del mundo se traiga rápidamente a unos precios imbatibles.

    Semejante cambio, favorecido por Amazon y la deslocalización de empresas que trasladan sus fábricas a otros países, tiene consecuencias también en el empleo. Quizás el porvenir consista en que todos seamos autónomos, ‘falsos’ o ‘verdaderos’. Un mercado laboral en el que habrá cientos miles de camareros, repartidores, conductores de Uber y auxiliares (de enfermería o de cualquier otra actividad); donde los únicos empleos seguros serán los de funcionario, y los únicos bien retribuidos los vinculados a la política, otra vez como en la Restauración. Y las pocas fábricas que sobrevivan las llevarán robots.

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    Los ‘explotados’ hacen colas no en las cadenas de montaje, sino en las tiendas de electrónica para comprar el último modelo de teléfono

    Ya asistimos a la agonía de los sindicatos, que si no han desaparecido se debe a que reciben cientos de millones de euros en subvenciones diversas. ¿Pero qué actividad sindical puede realizarse cuando han desaparecido las cadenas de montaje, las fábricas con miles de empleados, los barrios obreros, los ateneos, es decir, todos los lugares y las instituciones en que los llamados proletariados creaban su conciencia de clase, discutían sus problemas y planeaban medidas de protesta? Difícil con los ‘explotados’ haciendo colas para comprar el último trasto de Apple y aislados de sus vecinos en sus grupos de WhatsApp.

    “Juventud sin futuro”, clamaban algunos hace años. Los creados del invento ahora se compran chalés en Galapagar o se van de luna de miel a Nueva Zelanda después de una boda propia del Hola. Cuando conocimos el hogar nada sostenible ni multicultural del matrimonio Iglesias-Montero, el periodista Hughes escribió en una columna tan divertida como acertada:

    “Iglesias ha demostrado un aprecio y un respeto por la propiedad mayor que muchos burgueses. Ha vivido como un comunista (en casa de su tía abuela) para vivir ahora en un chalet. A muchos capitalistas de boquilla les va a pasar justo lo contrario: defendiendo el mercado se van a quedar compartiendo piso en Aluche».

    Mientras los trabajadores acarician su mascota, no hablan de aumentos de salarios ni de por qué no tienen hijos

    ¿Y de qué se preocupan los nuevos trabajadores? No hacen diálogos como en Gran Torino el de Walt Kowalski (Clint Eastwood) con su peluquero italiano Martin (John Carroll Lynch), delante del “mariquita vecino” del primero.

    Hace unos días tuve una respuesta. En un reportaje de televisión (bueno, publi-reportaje), sacaron una empresa española innovadora, pero no por su tecnología, por su trato a la plantilla o por ser capaz de vender hielo a los lapones, sino porque permitía a los empleados llevar su mascota al tajo.

    En el reportaje, se veía a los empleados moverse por la oficina seguidos por sus perros. Uno de los directivos explicó que habían consultado a la plantilla si le parecía bien la medida y como la mayoría dijo que sí (¿quién se iba a oponer en estos tiempos de corrección política a compartir su espacio de trabajo con animales?), pues adelante. Y los humanos alérgicos separados, para no estropear la alegría a los demás.

    Me pregunto si esa empresa consulta a los empleados si se sienten bien pagados o si quisieran salir antes o si les gustaría una semana laboral de cuatro días o un contrato fijo o vales de comida.

    Algunos de los trabajadores decían que estaban muy contentos porque así no dejaban el perro o la cacatúa solo en casa. Y no se dan cuenta de que así pierden toda excusa para pretender salir a su hora de la oficina, ya que nadie les espera en su casa.

    Las empresas ‘amigas de los animales’, ¿consultan a sus plantillas si se sienten mal pagados, si querrían contratos fijos?

    ¡Qué triquiñuela tan inteligente la del nuevo capitalismo! Mientras los trabajadores acarician su mascota, no hablan de aumentos de salarios ni de despidos de mayores de 45 años ni de por qué no tienen hijos ni de cómo van cobrar su pensión.

    Yo no creo que el capital y el trabajo sean enemigos existenciales, como sostienen los marxistas, sino que la colaboración entre ambos es posible, aunque las más de las veces sea forzada por el Estado; pero esta situación es patética para quienes de críos conocimos huelgas de panaderos para que se respetase el cierre de los domingos o de algunos trabajadores del metal para que se mantuvieran abiertas sus empresas.

    La ‘lucha obrera’ queda así reducida a incluir las mascotas en el convenio colectivo y a conseguir prejubilaciones a los 50 años. Y mientras, las multinacionales como las GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) ganan cada vez más y las pequeñas empresas tienen que cerrar, porque no pueden aguantar las regulaciones administrativas y la fiscalidad de nuestros Gobiernos de socialdemócratas de todos los colores.

    Aunque al paso que marcha la automatización de los trabajos, quién sabe si se convertirá en regla la queja del ‘rollito de primavera’ en la peluquería: “No tengo trabajo, ni coche, ni novia”. “Debería haberle volado la cabeza”, concluye John Carroll Lynch, convencido de que le haría un favor.

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    Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).