El Banco Mundial ha publicado su último informe sobre la pobreza extrema en el mundo. Son noticias atrasadas, para nuestro canon inmediato, pues no se refieren ni al año que aún no hemos matado, sino a aquél 2011 que se nos hace ya antiguo, como si para visitarlo tuviésemos que sacar un almanaque de la estantería.

La pobreza, es cierto, no participa de lo efímero de una noticia o de un artículo. Pero también lo es que no tiene el marchamo de la condena eterna. La promesa del progreso se cumple sólo en algunos aspectos, y con la parsimonia de las generaciones. Uno de estos aspectos es el de la pobreza, una realidad permanente, pero en remisión.

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La pobreza es un concepto moral y, por tanto, se escapa a la precisa medición que exige la retórica actual. El Banco Mundial se ha saltado esta provisión para aprehender la evolución de la carencia material en el mundo. 1,90 dólares diarios de 2011, en paridad del poder de compra, son el baremo que ha fijado la institución para discriminar a quienes están en la “pobreza extrema” y los que no. Y el resultado del recuento es muy significativo.

Una caída del 14,2%

En 1990, 1.958 millones de personas vivían con esa renta diaria, o menos, en el mundo. Eran el 37,1 por ciento de la poblacion mundial. En 2011 el número había caído a 987 millones; la mitad. Pero en 1990 había 5.321 millones de personas en el mundo, y en 2011 había ya 6.998 millones, por lo que el porcentaje de la poblacion mundial en la pobreza extrema había caído de forma más acusada, al 14,2 por ciento.

Aunque sea la realidad que gira bajo nuestros pies, la de la pobreza en el mundo en 2015 sólo la podemos estimar con menos precisión, aún, que la de las estadísticas habituales. Pero de responder a los criterios del Banco Mundial, esa actualidad de la pobreza extrema se contabiliza en 702 millones de personas, el 9,2 por ciento de los 7.325 millones de almas que poblamos esta esfera.

Tampoco forma parte de la condición eterna del hombre, aunque le haya acompañado desde el inicio

La pobreza, cuando no es una situación buscada por la persona, es un mal. Cualquiera puede buscarla como complemento necesario para su proyecto de vida, pero cuando es un condicionante que limita el desarrollo personal, que constriñe y hace sufrir, no hay nada de bueno ni virtuoso en ella.

Tampoco forma parte de la condición eterna del hombre, aunque le haya acompañado desde el inicio.

La pobreza ha sido la compañera más fiel del hombre desde el comienzo, y sólo muy recientemente, con el surgimiento de las complejas sociedades capitalistas, nos hemos encontrado con que en unos pocos países escapaban de su lacerante abrazo amplias capas de la sociedad. Por eso Adam Smith se tuvo que plantear cuál era la naturaleza, y la causa, de la riqueza de las naciones. Porque aquéllo era una novedad.

Hoy no lo es, y hemos caído en el error de preguntarnos cuáles son las causas de la pobreza, como si no viniésemos desnudos al mundo. La riqueza sigue siendo el misterio, y las sociedades libres la respuesta. Pero muchos siguen confundidos cuando miran a la pobreza a la cara. ¿Por qué estás aún ahí? ¿Por qué no te hemos dejado de lado del todo?

La enseñanza de Hollywood

Hollywood nos ayudará a entenderlo. No las películas, que suelen estar tan desorientadas como el conectadísimo hombre actual, sino uno de sus hombres más señeros; Marlon Brando. Tuvo éxito desde el inicio de su carrera, y más de dos décadas después de empezar daba vida a personajes memorables en El Padrino o Apocalipsis Now.

Por su breve papel como padre de Superman recibió 3,7 millones de dólares. Y acabó sin muchos más bienes que los que llevaba encima. La riqueza es frágil, y su obtención depende del comportamiento, y por eso es éste, y no los programas de ayuda, la clave para dejar atrás las carencias.

Con las instituciones adecuadas, o al menos sin el latrocinio desenfrenado desde el Estado, la gente hace lo que debe hacer para progresar. Y eso es lo que está ocurriendo en medio mundo. Asia, que al inicio de la Guerra Fría era mucho más pobre que África, ahora asombra con sus avances. En la propia África, que ha aminorado la incidencia de la guerra y lleva década y media abrazándose con el mundo por medio del comercio abierto y libre, y protagoniza el aparente milagro que antes nos asombró en Asia: el de la pobreza como recuerdo.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.