Imagen referencial de mujeres que trabajan fuera del hogar /Pixabay
Imagen referencial de mujeres que trabajan fuera del hogar /Pixabay

Cuando ejercía el periodismo reporteril, me tocó cubrir varias ruedas de prensa de sindicatos. Desde el estrado, el sindicalista nos hablaba una y otra vez de “los trabajadores y las trabajadoras”. Luego, una vez concluida la declaración, se apartaba de los micrófonos, se mezclaba con los ‘plumillas’ y en la charla recuperaba la economía gramatical. Era un elemento de aceptación de la ‘lengua de trapo’ de la progresía.

En esas declaraciones siempre me llamó la atención que el sindicalista desdoblase en masculino y femenino a los trabajadores, pero nunca a sus contrapartes, o más bien enemigos: jamás hablaba de “las empresarias”, de “las banqueras” ni de “las políticas”. Las políticas eran sólo los planes y los métodos aplicados por “el Gobierno”.

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Una manera sencilla de marcar el terreno de juego y de señalar al malvado. De la misma manera, que los separatistas eliminan la palabra España de su vocabulario y la sustituyen por Estado. No les importa caer en el ridículo, porque dentro de su secta éste no existe. Y así escriben en sus medios de prensa, por ejemplo, “Los festivales vascos, entre los mejores del Estado y Portugal”.

La galaxia Podemos trata de dividir a los españoles en buenos y malos con una radicalidad y una simpleza de juego de niños. Por un lado, emplea el aspecto de sus diputados, muchos de los cuales parece que acaban de venir del gimnasio cuando comparecen en el Congreso, para marcar diferencias. Y por otro lado recurre al lenguaje.

La ‘guerra de sexos’ en que está enfrascada la izquierda alcanza el lenguaje. La ideología feminista pasa por encima de la Academia

Como ya sabemos, la desaparición en Europa de los obreros y los agricultores ha forzado a la izquierda a buscar nuevas ‘clases explotadas’ que liberar. Una la forman las mujeres. Y dentro del plan de la izquierda para esta guerra destaca la manipulación del lenguaje: todo lo malo es masculino y todo lo bueno es femenino. ¿Que hay que darle cien patadas a la gramática, al diccionario y a la Real Academia? Pues se hace. ¡Qué caramba! Ya el Frente Popular disolvió todas las Academias, por burguesas.

Una ventaja de Twitter es que nos ahorra tener que buscar ejemplos y citas en gruesos volúmenes. Durante la Gala de los Goya, Podemos envió el siguiente tuit, donde, como los cineastas, no hacía arte, sino política:

Fíjese, amigo lector (y amiga lectora) el ingenio del autor del tuit: felicita “a todos y a todas los premiados y premiadas”. Como los actores, guionistas, directores y demás son del bando de ‘los buenos’, se puede distinguir su sexo: varones y mujeres cooperando felices en armonía y paridad para hacer del mundo un lugar mejor y más progresista. ¡Yupi! Y aunque la Real Academia Española califica este tipo de desdoblamientos de “artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”, los aburridos de los académicos no van a mantener las cadenas del heteropatriarcado.

Los malvados son siempre varones: banqueros, corruptos, empresarios. El mal se escribe con eme de masculino

En cambio, los villanos son “los reaccionarios”, entre los que no hay “reaccionarias”. Como en las viñetas de Forges, que siempre aparecían banqueros gordos y calvos engullendo becarios, y becarias, pero nunca banqueras sentadas a la mesa. Mal se escribe con eme, de masculino.

Para concluir, aunque las normas de la Academia establecen que “el uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino”, el tuitero se despide con un “Orgullosas de ver un cine español tan comprometido”. ¿Son sólo las mujeres de Podemos las que están orgullosas o también pueden estarlo los varones? No, es que en Podemos han decidido adoptar el género femenino precisamente para mostrar la oposición entre sexos.

Según nuestros izquierdistas, el lenguaje, como elemento que es de la realidad, debe someterse a la ideología. Por ello, una manera muy sencilla de resistir, de defender la realidad, consiste en negarse a usar esta pedantería. Anímese, amigo lector (o lectora), que esto es más fácil que poner una pica en Flandes.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).