Muchas gracias, profesor Sowell

    Hay que ser muy alcornoque para seguir defendiendo la discriminación positiva, así llamada, después de leerle.

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    El economista Thomas Sowell

    Thomas Sowell ha dejado de escribir columnas, como dice Daniel Rodríguez, a la tempranísima edad de 86 años. Es uno de los mejores intelectuales del siglo XX tanto por la fineza de su análisis como por la importancia de algunas de sus ideas.

    Le ha otorgado una dignidad al análisis social que generalmente ni tiene ni merece y le ha abierto el camino a muchos intelectuales que quieran seguir por su camino. O sus caminos, pues ha sabido trazar varios.

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    Su vida es prueba suficiente de que algunas de las ideas contra las que ha luchado desde los años 60’ son erróneas. Su padre murió poco después de haber nacido (1930), y su madre tuvo que sacar adelante a sus cuatro hijos.

    Sowell es negro y se crió cerca de la frontera entre las dos Carolinas, en un lugar en la que ver un blanco era algo muy raro. Se vio obligado a dejar el colegio para contribuir a la economía familiar.

    Va de trabajo en trabajo hasta que se alista en la Marina, en plena Guerra de Corea (1951). A su vuelta, entra a trabajar de funcionario en la capital, y con el dinero se paga las clases nocturnas de la Universidad de Howard.

    Sowell descuella en aquél ambiente y logra que le admitan en Harvard, siempre atenta a captar las mejores mentes. Se gradúa (1958) con las máximas calificaciones en Economía, y obtiene un posgrado en Columbia.

    Sowell era marxista. El viejo Marx creó un sistema que parecía explicarlo todo, incluyendo los obscuros motivos de quienes señalaban los errores de su sistema. Aquéllo le cautivó a Sowell, como a una riada de intelectuales de toda laya de su generación.

    Pero el poder de Marx no es la única explicación: “Entonces, como ahora, los chicos no teníamos una explicación alternativa”, dijo en una entrevista. Qué poco ha cambiado la Universidad.

    «Descubrió que las agencias tienen sus propios intereses, y que no tienen porqué coincidir (y de hecho no lo hacen) con los de los ciudadanos»

    Miton Friedman es sin duda uno de los defensores de la libertad económica más efectivos que ha habido desde la II Guerra Mundial, y no le pudo sacar a su alumno Sowell de su acendrado marxismo. Pero tres meses en la Administración sí le hicieron abandonarlo, y para siempre.

    En el verano de 1960, el joven Sowell tenía como misión observar las estadísticas laborales Puerto Rico. El Estado libre asociado asumía la legislación laboral federal, que imponía un salario por debajo del cual trabajadores y empresarios no podían pactar.

    ¿Qué ocurría con quienes no podían aportar un valor que superase esa barrera? Que quedaban fuera del mercado, por imposición de la ley. Y esto fue lo que vio Sowell.

    «Lo más conocido de su obra seguramente sea el análisis económico de la discriminación, y en particular de la raza»

    Pero vio también otra cosa: sus compañeros estaban aterrados ante su hallazgo, porque estaba demostrando que la actuación del Departamento de Trabajo, donde estaban ellos empleados, era perjudicial.

    Y descubrió que las agencias tienen sus propios intereses, y que no tienen porqué coincidir (y de hecho no lo hacen) con los de los ciudadanos. Actuaban según sus propios incentivos. Al final resultó que Milton Friedman tenía razón.

    La ciencia económica le debe a Sowell sobre todo sus contribuciones en Knowledge and decisions, un libro que parte de la base del seminal artículo de Friedrich A. Hakey The use of knowlege in society.

    Tiene otros dos libros, Basic Economics y Applied Economics, que son menos diferentes de lo que debieran. El motivo es su método expositivo, en el que combina como nadie, y digo como nadie, las ideas que desarrolla con ejemplos históricos.

    De todas sus contribuciones, el lector agradecerá esta capacidad para referirse a la realidad a cada paso que da más que ninguna otra.

    Sowell tiene un gran libro sobre la historia del pensamiento económico de los clásicos. Aunque lo más conocido de su obra seguramente sea el análisis económico de la discriminación, y en particular de la raza. Hay que ser muy alcornoque para seguir defendiendo la discriminación positiva, así llamada, después de leerle.

    Luego tiene una poderosa trilogía sobre la cultura. No sobre las manifestaciones más excelsas de nuestra representación del mundo, sino sobre la cultura como nuestra forma de organizarnos la vida.

    El primero de los libros lo dedica a la raza, el segundo a las migraciones y el tercero a las conquistas. En los tres se observa que la impronta cultural es determinante y no se puede moldear como creen los “ungidos” de los que habla.

    «Si podemos alcanzar la perfección pero no lo hemos hecho es porque hay algo en los procesos sociales que falla»

    Porque esa es, precisamente, otra de sus contribuciones y la que yo creo que perdurará durante mucho tiempo. En Conflict of visions y luego en The Vision of the anointed expone una teoría sobre el origen de las ideas que le permite al lector entender y situar las ideas sobre el papel del hombre en sociedad.

    Hay, dice Sowell, dos visiones del hombre. Por un lado está la visión trágica. Una visión que entronca con Adán y Eva; esa idea de que la condición del hombre es fija y está herida, que si bien es generoso también es egoísta, que puede ser inteligente pero alicorto, y que si tiene ese carácter que interesadamente llamamos “humano” es gracias a que ha aprendido durante generaciones, en sociedad, que hay límites a lo que puede hacer.

    Puesto que la capacidad intelectual y moral del hombre es limitada, según quienes así le ven, éstos confían más en los procesos sociales. El conocimiento proviene sobre todo de esa experiencia común inveterada, en lo que llamamos moral y tradición. Y por esa vía asumimos un conjunto de saberes, o de compromisos, que quizás limitan el apetito individual, pero contribuyen al progreso general.

    La otra visión es, ya lo he sugerido, la de los ungidos. El hombre es un ser moldeable y, en consecuencia, perfectible. Si logramos moldear a las personas, podremos hacer lo mismo con la sociedad. Si podemos alcanzar la perfección pero no lo hemos hecho es porque hay algo en los procesos sociales que falla. Será la interesada oposición de un grupo de personas (los ricos, la Iglesia) personalmente empeñados el potencial beneficio que podríamos obtener. Algo de esto le sonará al lector.

    Que se tome Thomas Sowell su merecido descanso.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.