Los Estados no perdonan deudas... salvo a sí mismos. /Foter
Los Estados no perdonan deudas... salvo a sí mismos. /Foter

La acepción más común de deuda es “obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común dinero”. Una deuda también puede ser no material: “Obligación moral contraída con alguien”. Y, por fin, deuda puede ser “pecado, culpa u ofensa”, como le pedíamos a Dios en el viejo padrenuestro: “Y perdónanos nuestras deudas”.

Efectivamente, Dios puede perdonarnos nuestras deudas, o nuestras ofensas, que es como le rezamos ahora. También nosotros podemos perdonar a las ofensas de otros. Incluso podemos perdonar las obligaciones morales y también las materiales o monetarias.

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Pero hay alguien que no lo hace. Alguien que, con respecto a las deudas, es como la famosa película de Clint Eastwood: Sin perdón. Ese alguien es el Estado.

Aquí cabría plantear una doble objeción. En primer lugar, hay muchas deudas que no se perdonan, de hecho, la mayoría de las deudas privadas no se perdonan sino que se pagan, y la minoría que no se paga suele ser ejecutada, de modo que los acreedores pueden cobrar todo o parte de lo que les deben los deudores. Además, en segundo lugar, los Estados no siempre pagan sus deudas; el diccionario de la Academia dice lo siguiente sobre la deuda pública: “Deuda que el Estado u otra Administración pública tiene reconocida por medio de títulos que devengan interés y a veces se amortizan”.

“¿Por qué sostengo que el Estado no perdona las deudas? Porque el Estado no es la sociedad civil, sino, de hecho, lo contrario de la misma”

Se amortizan a veces. En efecto, el impago de la deuda pública tiene una larga historia, y muchas deudas públicas no son pagadas nunca, en el sentido de que se refinancian una y otra vez, y solo pagan los intereses.

Entonces, ¿por qué sostengo que el Estado no perdona las deudas? Porque el Estado no es la sociedad civil, sino, de hecho, lo contrario de la misma. En la sociedad ninguna persona física ni jurídica puede perdonarse las deudas, es decir, en la sociedad civil no podemos declarar libremente impagos unilaterales. Las personas jurídicas que lo hacen se arriesgan a desaparecer, o a que su propiedad cambie de manos, como acontece a menudo con las empresas en quiebra o concurso de acreedores.

Eso no sucede con el Estado prácticamente nunca, es decir, no hay default que los Estados perpetren y que comporte su desaparición. Muchos Estados han declarado unilateralmente el impago de sus deudas, es decir, se las perdonaron ellos a sí mismos, y no han dejado de existir.

Esto se explica porque el Estado, al ser la representación jurídica y política monopólica de la violencia que él declara que es legítima, simplemente puede hacer eso, puede perdonarse unilateralmente sus propias deudas, del mismo modo que puede exigir unilateralmente lo que debemos pagarle los ciudadanos. Y se lo debemos pagar a través de unas exacciones reveladoramente denominadas impuestos, que el Estado decide por su cuenta y después nos reclama y arrebata con la fuerza de la ley, nada menos. Ninguna otra institución es capaz de hacer eso sin atenerse a graves consecuencias, incluidas la desaparición y, por supuesto, la cárcel.

Entonces, lo que pasa es que el Estado nunca perdona nuestras deudas, porque traslada al pueblo las que él tiene. Nos las endosa siempre, lo queramos o no.

Y como esto es así, conviene que prestemos atención a la evolución de la deuda pública, que es un peligroso mecanismo que permite a los Estados mantener o aumentar el gasto público, lo que en situaciones de apuros hacendísticos no podrían hacer, puesto que no podrían aumentar repentina y muy acusadamente los impuestos sobre los ciudadanos. En cambio, sí pueden hacer eso mismo con la deuda. Como recordó recientemente un informe del think tank Civismo, la deuda pública española pasó del 35,6 % del PIB en 2007 a un máximo histórico del 100,4 % en 2014, “y en los últimos tres años, apenas se ha recortado en 2,1 puntos”.

Dicha deuda pública representa abultados pagos de intereses, y tiene efectos negativos sobre la fiscalidad y el crecimiento. Puede que su monto aumente o disminuya, pero recordemos que el Estado jamás nos perdonará esa deuda a nosotros.

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