Un científico enseña una muestra de sangre que ha dado positivo en VIH.
Un científico enseña una muestra de sangre que ha dado positivo en VIH.

Incluso los fenómenos más terribles ejercen a veces una extraña fascinación que hace difícil dejar de fijarse en ellos y aun obtener de ellos cierto placer, como de una de las pinturas negras de Goya.

Últimamente, de hecho, siento eso continuamente con solo asistir a la actualidad y ver cómo todo lo que aprecio en el mundo está sometido al asedio de la estupidez más destructiva.

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Leo hoy mismo, denunciado como si la Inquisición hubiera desvelado un conventículo satánico, que “un libro de Biología para alumnos de 14 años recomienda ‘abstinencia y fidelidad’ contra enfermedades de transmisión sexual“. ¡Petrita, las sales, que me da una alferecía!

¿A quién en su sano juicio se le ocurriría recomendar ‘abstinencia’ a pobres e indefensas criaturas de 14 años, la edad perfecta para retozar alegremente tras los sexos?

“Parece de perogrullo que, si no mantienes relaciones sexuales, es difícil transmitir una enfermedad de transmisión sexual, eso que antes llevaba el poético nombre de ‘venéreas'”

¿Quién puede ser tan desalmado como para inhibir en tan tiernos corazones el naturalísimo deseo de lo catorceañeros de aparearse como monos en el zoo? Si no lo hacen a esa edad, ¿cuándo? Y, ¿en qué están pensando esos padres, a los que llegarán llorando sus criaturas con el infame mensaje subrayado, que no denuncian a tales desalmados al Santo Oficio de la Santa Progresía, cuando nada puede desear más un padre amante que saber que su hijo de 14 años está empalmando una noche de loca pasión con la siguiente?

Sobre todo, en un libro de Biología. Ciencia, ya saben. Y la ciencia es nuestra, de los progresistas, en propiedad exclusiva. Hasta ahí quieren colarse las sotanas y el olor a incienso porque ya me dirán ustedes qué tienen que ver las enfermedades de transmisión sexual con el sexo.

Sí, ya sé que parece antiintuitivo, pero eso es porque usted no es lo bastante moderno. Claro que, aparentemente, parece de perogrullo que, si no mantienes relaciones sexuales, es difícil transmitir una enfermedad de transmisión sexual, eso que antes llevaba el poético nombre de ‘venéreas’. Y estamos dispuestos a admitir que, en caso de otras formas de enfermedad contagiosa, el medio aceptado por toda la ciencia, el sentido común e incluso las políticas de salud pública es, precisamente, evitar el contacto con la persona infectada y, en los casos más graves, aislar a esas personas en un régimen de cuarentena.

Nos parece bien si la recomendación es sobre enfermedades que se transmiten por otros medios más difíciles de evitar que la coyunda: por el aire, por la saliva, por el tacto (no sexual).

Pero, ¿cómo vamos a pedir a los preadolescentes que se abstengan de un sexo que, por otra parte, si practican con mayores de edad es directamente delito?

Ya, ya: que no se les pide, me dirán; que es un libro de Biología, no de ética o, mucho menos, religión y que se está exponiendo lo que se le ocurre al que asó la manteca.

“No, los niños son rebeldes e impulsivos y no se les puede pedir que dejen de fornicar como adultos en celo. Para evitar las enfermedades de transmisión sexual, el condón”

Pero por ahí se empieza. Imbuir esas ideas a nuestra jovencísima generación, eso de que si no practican sexo pueden estar seguros de que no van a contraer una enfermedad de transmisión sexual -algunas de las cuales pueden dejar secuelas para toda la vida-, puede parecer una inocente obviedad biológica, pero hay que ser conscientes de a quién se lo dicen y qué terribles repercursiones podría tener.

Imagínense: a algún niño de 14 años podría darle por negarse a tener sexo a edad tan temprana, con consecuencias incalculables para nuestro plan, pacientemente sembrado y regado durante décadas, de convertir a los ciudadanos en irresponsables hedonistas con la madurez de un infante y sin el menor control de impulsos. Y luego a ver quién les gobierna.

Además, es querer poner puertas al campo (ya sé, ya sé: solo está describiendo una realidad, dice usted). Todo el mundo sabe que el preadolescente de hoy es dócil a todas nuestras consignas y podemos prohibirles beber alcohol o fumar y nadie tendrá la desfachatez de decirnos que en esas recomendaciones y prohibiciones podrían ser inútiles.

Pero, ¿copular? No, imposible. De toda la vida, es algo automático; a saber qué podría pasar si dejan de hacerlo. No, los niños son rebeldes e impulsivos y no se les puede pedir que dejen de fornicar como adultos en celo. Para evitar las enfermedades de transmisión sexual, el condón. Porque para ponérselo, y ponérselo bien y en cada ocasión sí estamos convencidos de que serán conscientes y sensatos como un notario.

De verdad, alguien debería pagar por todo esto. Aunque no pueda parar de reír.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.