Un grupo de jóvenes en la Comic Con de New Orleans.
Un grupo de jóvenes en la Comic Con de New Orleans.

No sé dónde tengo la cabeza, pero cada año me pasa lo mismo: llega el Día del Orgullo Friki y me pilla a trasmano, sin haber preparado tarta ni haber pensado en un detallito para los Sheldon Cooper que hay en mi vida.

Friki -del inglés freak, algo o alguien monstruoso o grotesco, en su acepción original- es uno de esos magníficos calificativos sutiles que se definen mejor poniendo ejemplos que con una parrafada sinóptica. Es una de esos neologismos que hemos cogido de una lengua, el inglés, que llama a sus frikis de otra forma: geeks o nerds.

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En principio, se identificaba con el empollón ligera o severamente neuroatípico, el genio que rompía con todo en, no sé, Física Nuclear, pero era incapaz de relacionarse con los demás, y muy especialmente con los especímenes del sexo contrario.

Hay frikesas, yo he conocido alguna, pero no vamos a engañarnos: estamos ante una tribu abrumadoramente masculina, y si dudan de lo que digo, exhorto a mis congéneres a que aparezcan en una convención de fans de Star Trek o de la Guerra de las Galaxias. Incluso las menos agraciadas podrán sentirse como la Princesa Leia.

El ‘frikismo’ tiene todo el peligro del mundo de convertirse en una identidad, y de ahí a ser un grupo oprimido y, por tanto, merecedor de una lluvia de subvenciones

La tradición es muy nueva, como tantas. Se le ocurrió en España al bloguero Germán Martínez, conocido como “señor Buebo”. El 25 de mayo de 2006 se reunieron por primera vez alrededor de 300 personas que se identificaban con el término “frikis” en la Plaza de Callao de Madrid. El objetivo era celebrar su día, que desde entonces se ha instaurado como “Día del orgullo friki”.

El problema es, claro, que en 2018 el frikismo tiene todo el peligro del mundo de convertirse en una identidad, y de ahí a ser un grupo oprimido y, por tanto, merecedor de una lluvia de subvenciones hay solo un paso.

Afortunadamente, el peligro está conjurado por lo que decíamos antes, son abrumadoramente varones y, sospecho, predominantemente heterosexuales. Si me apuran, el grupo se solapa sospechosamente con otra tribu que ha estado últimamente mucho en el candelero mediático americano: los incels, a quienes se hace ahora responsables de una proporción no desdeñable de esas masacres, tan americanas, que se les llama spree killings.

En la última masacre escolar -¿en Texas? he perdido la cuenta-, y con esa costumbre del periodismo gringo de encajar a todo asesino en algún grupo demográfico para poder culparlo entero, alguien sugirió la palabra incel, con lo que mis colegas del otro lado del Atlántico se lanzaron sobre un colectivo del que lo ignoraban todo aunque en las redes se lleva años hablando de ellos.

Los incels, o célibes involuntarios, son un creciente sector de nuestra sociedad, producto necesario de un mercado sentimental/sexual groseramente distorsionado.

Que en un sociedad prolifere una enorme tribu de varones sin posibilidades de encontrar pareja, créanme, no es ninguna broma

No es mi intención ofender a nadie, y espero no hacerlo al señalar que, si en absoluto todos los frikis son incels, sí se da que los incels tienen una marcada tendencia a ser frikis.

Son las piezas sobrantes de un panorama de apareamiento cada vez más espinoso y desconcertado, donde una invitación para tomar café puede considerarse acoso y rascarse la barba, micromachismo. La desaparición de la clase media tampoco ayuda, y así los incels tienden a trabajar, cuando lo hacen, por un salario que ni en sueños serviría para formar una familia, menos aún para atraer a una mujer con intenciones de estabilidad emocional.

Así, es frecuente que vivan en casa de sus padres y se alimenten preferentemente de Cheetos y cocacola light. Algo así como Michael Rotondo, el americano de 30 años al que un juez ha tenido que ordenar que abandone el domicilio de sus progenitores, porque el niño no se iba ni con agua caliente.

La mayoría de quienes han escrito de los incels lo ha hecho como quien trata de una humorada, una frikada, en fin. Pero que en un sociedad prolifere una enorme tribu de varones sin posibilidades de encontrar pareja, créanme, no es ninguna broma, y las consecuencias las veremos a largo plazo.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.