Unos niños en edad escolar agitan unas banderas del Reino Unido / Pixabay
Unos niños en edad escolar agitan unas banderas del Reino Unido / Pixabay

El Estado moderno sigue, inexorable e insaciable, su marcha para quedarse con todo, y no se va a detener ante uno de los últimos obstáculos que se le resisten: los padres que se arrogan la autoridad para educar a sus hijos.

Una de las últimas muestras de esta batalla nos llega desde Inglaterra. Allí el Estado parece decidido a usurpar el derecho, y el deber, que tienen los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus creencias y convicciones, también en materia de sexualidad. Y es que el gobierno británico ha publicado una nueva guía sobre cómo deben de actuar las escuelas en este asunto. Por supuesto, el lenguaje es vago y, en ocasiones, voluntariamente abstruso, un homenaje a lo políticamente correcto y su lenguaje aséptico y frío que, a duras penas, logra disimular sus rasgos totalitarios. Pero si uno atiende, tras la capa de lenguaje tecnocrático, aparece la férrea y decidida voluntad del Estado por hacerse con nuestros hijos y adoctrinarles en los nuevos dogmas estatales.

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Los jóvenes adolescentes, en un momento clave de su desarrollo emocional, van a ser sometidos a adoctrinamiento obligatorio en materia sexual

Por ejemplo, el derecho que los padres tenían en el Reino Unido de decidir que sus hijos no asistieran a las sesiones de educación sexual será eliminado cuando estos cumplan los 15 años o cuando se den “circunstancias excepcionales”, que la nueva guía no especifica. O sea, que a partir de los 15 años el niño ya no es de los padres, sino del Estado… a no ser que se den unas circunstancias excepcionales que es el mismo Estado el encargado de definir y aplicar (no es aventurado imaginar que esa excepcionalidad tendrá un carácter expansivo), y en ese caso no hará falta esperar a los 15 años. De este modo, los jóvenes adolescentes, en un momento clave de su desarrollo emocional, van a ser sometidos a adoctrinamiento obligatorio en materia sexual.

Los contenidos de este adoctrinamiento estatal obligatorio no son difíciles de imaginar. Es cierto que la guía no los desarrolla, pero nos da algunas pistas que no dejan lugar a la duda. Por ejemplo, las cuestiones relativas a la agenda LGBT serán introducidas en “el momento adecuado”, lo que significa que lo serán desde la más tierna infancia, eso sí, con una intensificación en el momento de la pubertad. También se habla de que los niños deben tomar conciencia de que las familias “a veces son diferentes”, como si fueran tontos y no se hubieran dado cuenta. Pero no, aquí de lo que se trata es de inculcar la ideología que considera la familia natural como una rareza propia de gente cerrada y anticuada.

El Estado confesional feminista y de género no admite librepensadores

El sentido en que se aplicarán estas nuevas directrices está muy claro; tanto que Edward Leigh, miembro del Parlamento por Gainsborough, conservador y católico para más señas, ha denunciado que “representan un traspaso fundamental de poder en beneficio del Estado” y en detrimento de personas que tienen sus propias y justificables ideas sobre el mejor modo de dar educación sexual a sus hijos”. Aquí está la clave: ¿a quién corresponde primariamente el derecho a educar a los niños? Ese derecho, hasta ahora atribuido a los padres, resulta odioso para un Estado que cada vez tolera menos a quienes tienen creencias diferentes a las que el Estado establece como correctas y nos impone de modo coercitivo. El Estado confesional feminista y de género no admite librepensadores.

Mientras tanto, 107.000 personas han firmado una petición contra estas nuevas guías en la que se argumenta que “los recursos utilizados por el Ministerio de Educación para abordar estos temas han sido producidos por lobbies y organizaciones externas y acaban causando más mal que bien”. Una afirmación muy cierta, pero que no llega hasta el fondo del asunto.

Existen buenos materiales alternativos que los ministerios de educación nunca adoptarán… porque no siguen el dogma de género. No se han dado cuenta aún, o quizás han considerado prudente hacer como si no se hubieran percatado, de que el problema no es ya de un programa u otro, sino que el Estado ha asumido una ideología como doctrina estatal y si las familias no se someten a ella van a ser pulverizadas por ese Estado confesional.

Lo expresaba muy bien estos días Max Pemberton desde las páginas del Daily Mail: “A los padres que por sus creencias religiosas no aprueban la homosexualidad no se les debe permitir influir en lo que se enseña a sus hijos”. Clarísimo. A los padres cristianos (o musulmanes, o judíos, o hindúes, o…) que no queremos apostatar de nuestra fe para abrazar la ideología que el Estado quiere imponernos nos arrebatarán a nuestros hijos para que el Estado los adoctrine según sus gustos. Al menos se agradece la claridad. Por cierto, Pemberton añade, por si aún quedaba alguna duda, esa consigna que anuncia persecución cuando no guillotinas y quemas de conventos: “En el Reino Unido del siglo XXI no debemos tolerar la intolerancia”. Avisados quedamos.

Estamos pues ante una de las grandes batallas culturales de nuestro tiempo (porque, por mucho que les pese a algunos, la guerra cultural no ha terminado): ¿Quién tiene el derecho a educar a los niños? ¿Sus padres o los grupos homosexualistas y defensores de la ideología de género impuestos por el Estado?

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Presidente de European Dignity Watch, vicepresidente de la Fundación Burke y patrono de la Fundación Pro Vida de Cataluña.Está casado y es padre de seis hijos. Ha publicado 'La historia de los Estados Unidos como jamás te la habían contado' en la Editorial Stella Maris.