Isabel Celaá, ministra de Educación y Formación Profesional. /EFE
Isabel Celaá, ministra de Educación y Formación Profesional. /EFE

En la mañana de ayer, la ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá, comparecía en el Congreso, tras la petición del grupo Unidos Podemos, para explicar los avances en la Tramitación del Proyecto para la reforma de la Ley Orgánica de Educación, que no es más, en definitiva, que la derogación de la LOMCE que el Partido Popular sacó adelante en 2013, siendo titular de la cartera el ministro Wert.

La izquierda radical pedía a la ministra explicaciones sobre sus “planes para derogar de forma urgente e inmediata la LOMCE”, porque si algo no puede permitir, bajo ningún concepto, es que haya una política educativa o mediática que no sea obra de sus manos.

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En su momento, el melifluo gobierno de Rajoy –con una mayoría absoluta como nunca antes se había obtenido, y que huelga recordar para qué sirvió- buscó unos consensos que nunca llegaron –innecesarios, además, según la matemática parlamentaria de aquel Congreso-, para elaborar una ley educativa duradera y capaz de enmendar los pésimos resultados y el bajo rendimiento de los estudiantes españoles. Como siempre, asustados por la reacción de la progresía, la reforma fue pacata, cobarde y limitada, haciendo honor al Jefe del Ejecutivo y su cohorte de palmeros.

Hoy, el gobierno del PSOE y sus aliados secesionistas y comunistas, trabaja a marcha forzada –una paradoja cuando se habla de la izquierda, pero hay que reconocer que, cuando se trata de hacer el mal, suda la camiseta- para acabar con cualquier atisbo de valores como el mérito, el esfuerzo o la libertad que, timorato, pero con cierto convencimiento, pretendió incluir Wert en la Ley que lleva su nombre.

Zapatero puso el cascabel al gato con la asignatura de Educación para la ciudadanía, ese compendio que conformaba el manual del Buen Progre

Aun así, lo que a ellos de verdad les importa no es la calidad de la enseñanza, ni mejorar la posición española entre los indicadores de la OCDE, ni esas minucias de carácter técnico, más propias de los burócratas reformistas liberales que de sus prodigiosas mentes cargadas de creatividad. Lo que les pone de verdad, es el adoctrinamiento.

Zapatero puso el cascabel al gato con la asignatura de Educación para la ciudadanía, ese compendio que conformaba el manual del Buen Progre, y que enseñaba a los niños, desde bien pequeños, qué tienen que pensar en materia sexual, social o familiar.

Ahora toca dar un paso más, y ayer la ministra lo afirmaba. Su nueva ley contará con una asignatura de pretendidos y supuestos “valores cívicos y éticos”, tanto para Primaria, como para Secundaria. Vaya, que no se salva ni uno. Obviamente, no van a enseñar a tirar los papeles a la papelera, ni a ayudar a las ancianitas a cruzar un paso de cebra. Eso no son valores y, en caso de serlo, pertenecerían a la superada caverna social. La ministra Celaá lo aclaraba: esta asignatura incluirá la “prevención de violencia de género, y el respeto a la diversidad afectivo sexual, introduciendo en Educación Secundaria la orientación educativa y profesional del alumnado con perspectiva inclusiva y no sexista, para lo cual recupera en la Educación Primaria y en la Educación Secundaria Obligatoria una materia común de valores cívicos y éticos”.

Quizás ahí radique la diferencia sustancial entre la derecha y la izquierda en la actualidad. Los primeros pecan de pragmatismo; los segundos, siempre miran más allá

En román paladino: otra vuelta de tuerca a la manipulación y a la ingeniería social. Entrar en el terreno de la intimidad de la persona, incidir y tergiversar la percepción de su propia naturaleza, y exponer a los menores a situaciones ajenas a su madurez cognitiva y emocional, constituye una obsesión que recorre todo el arco parlamentario, si bien es cierto que la batuta la cimbrea la izquierda.

Son incapaces de alcanzar consensos para hacer de nuestro sistema educativo un mecanismo útil para el servicio al Bien Común y el progreso real de nuestra sociedad, pero no escatiman en esfuerzos para convertirlo en un instrumento de manipulación de masas. Inocular, desde que la razón no es aun un parapeto suficiente, tendencias y opiniones, les ha dado fruto. Que no es sinónimo de rédito electoral.

Quizás ahí radique la diferencia sustancial entre la derecha y la izquierda en la actualidad. Los primeros pecan de pragmatismo, poniendo el acento en un avance socioeconómico que no acaba de despuntar del todo, y al que fían su futuro y su permanencia o alcance del poder; los segundos, siempre miran más allá. Saben que, con o sin gobiernos, su expansión ideológica es lenta pero incontestable, porque no tiene en frente a nadie que se les oponga.

Será la aprobación de los Presupuestos y las tensas relaciones entre los sustentadores del Gobierno, quienes decidan si la reforma de la Ley Educativa de Celaá termina por prosperar, o se olvida en el fondo de un cajón. Pero la amenaza sigue ahí; la progresía siempre permanece al acecho de las mentes infantiles.

Si no es ahora, será más adelante. Salvo que, de una vez por todas, la población del espectro conservador y/o liberal, no sólo decida caer en la cuenta de una vez por todas que sus tesis y sus propuestas son más dignas y útiles que las de la progresía al uso, sino que merecen ser defendidas en el espacio público sin complejos, sin miedos, y más allá de cualquier respeto humano.

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"Cordobés afincado en Sevilla. Licenciado en Bellas Artes y Derecho; Máster en Periodismo y Educación. Abogado de profesión, pintor por afición, comunicador por devoción. Siente España con acento del sur. Cautivado por el Bien, buscador de la Verdad, apasionado por la Belleza. Caminando."