Libros y libertad

    Si la extensión de la enseñanza primaria terminó con la cultura popular, la extensión de la enseñanza universitaria ha terminado con la cultura.

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    Por la cultura se conoce a sus pueblos

    Recordaba el escolio que dice que los hombres suelen pedir la libertad de expresión mientras renuncian a la libertad de pensamiento mientras conversaba con la venerable librera de Bogotá Lily Ungar sobre el continuo cierre de librerías. Frente a su pesimismo le decía que lo de Bogotá no es nada comparado con lo de Madrid, donde barrios enteros y el propio centro pierden a los libreros.

    Se que hay quien piensa que esto es consecuencia de los cambios tecnológicos, y que ahora los libros llegan por Amazon o en formato electrónico. Puede que sea cierto pero mi natural pesimista me lleva a pensar que la denominada extensión de la cultura ha conducido a su disolución o como decía aquel, si la extensión de la enseñanza primaria terminó con la cultura popular, la extensión de la enseñanza universitaria ha terminado con la cultura.

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    No sé si Hans y Lily Ungar huidos de la Viena del Anschluss estarán de acuerdo con estas apreciaciones, sí lo estaría evidentemente su cliente Nicolás Gómez Dávila, que formó en su biblioteca uno de los espacios más libres del siglo XX. En conversación con los muertos, que diría Quevedo, y con algunos vivos vio lo que se avecinaba, la absoluta nivelación en la más completa de las ignorancias.

    De la importancia de los libros y de los libreros en la formación de un pensamiento libre, enfrentado en soledad a la fuerte resistencia del pensamiento expresado desde hace siglos, da buena prueba el actual odio a las Humanidades

    De la importancia de los libros y de los libreros en la formación de un pensamiento libre, enfrentado en soledad a la fuerte resistencia del pensamiento expresado desde hace siglos, da buena prueba el actual odio a las Humanidades, expulsadas de la cultura de rendimiento que se nos ha impuesto.

    No dan puntada sin hilo los bárbaros y lo mismo incendian la Biblioteca de Alejandría, ellos lectores de un solo libro, que excluyen cualquier pensamiento complejo de las “aptitudes” y “habilidades” que debe formar la no-cultura de las fichas, de los programas y de los objetivos. Parece contradictorio criticar la cultura académica y luego echar en cara a la academia la supresión de las materias de humanidades pero puede que estuviésemos ante otra muestra de hipocresía- el tributo que el vicio rinde a la virtud-, no necesaria en unos momentos en los que nos regodeamos en los vicios intelectuales del rendimiento y la productividad.

    Por eso es admirable que coincidiendo con la Feria del Libro de Bogotá, la Biblioteca Luis Ángel Arango vaya a enseñar el fondo de Nicolás Gómez Dávila el día 21, y es una pena que frente a nuestra intención, por razones de edad o por no encontrarse entre nosotros no puedan intervenir los grandes libreros Karl Buchholz y Hans Hungar que ayudaron desde su exilio a formar el único pensamiento verdaderamente libre: el construido por cada uno por la íntima y constante selección de sus lecturas. Una soledad que escribe hacia una soledad que lee forman en última instancia la más libre de las compañías.

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