Más humanismo, por favor

    Antes que circuitos neuronales y reacciones bioquímicas, somos seres humanos. Esta premisa es en exceso olvidada demasiadas veces. Corremos el riesgo de sacrificar el humanismo en el altar de la ciencia.

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    “Si estuviera en mi mano, a los científicos en ciernes les impondría un curso condensado de humanidades antes de permitirles abrir un libro sobre neurofisiología o informática”.  El que habla así no es un filósofo, un teólogo o un humanista. Se trata, por el contrario, de un hombre de ciencias y uno de los mayores genios de la informática, el estadounidense David Gelernter, uno de los más prestigiosos profesores de la universidad de Yale.

    En una entrevista que apareció hace pocos días en la revista XL Semanal, el científico afirmaba que “hemos llegado a un punto en el que corremos el peligro de sacrificar el humanismo, que también es un logro del pensamiento occidental, en el altar de la tecnología y la devoción por la ciencia”.

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    En ocasiones, lo que hemos dado en llamar las ciencias y las letras se han erigido como dos enemigos irreconciliables, de modo que había que elegir en qué terreno estaba cada uno.

    Antes que circuitos neuronales y reacciones bioquímicas, somos seres humanos. ¿No nos olvidaremos con demasiada frecuencia de esta premisa?

    Ya desde adolescentes, a los chicos en el colegio se les pone ante la disyuntiva de optar por uno u otro camino, con lo que parece que, si tiras por las matemáticas, no volverás a abrir un libro de Salgari, Unamuno o Shakespeare en la vida, y si lo haces por la lengua y la literatura, la calculadora quedará arrinconada en algún lugar de la casa.

    Por eso es tan reconfortante encontrar a gente como Gelernter, que no cae en esa falsa dicotomía y que se da cuenta de que, antes que circuitos neuronales y reacciones bioquímicas, somos seres humanos. ¿No nos olvidaremos con demasiada frecuencia de esta premisa? ¿No terminamos por ver en demasiadas ocasiones a la otra persona como un trozo de carne, como solo materia, sin caer en la cuenta de que posee un soplo divino?

    Por eso, el científico norteamericano afirma que “un ordenador podrá superar millones de veces la capacidad intelectual humana”, pero jamás podrá crear “un mundo interior, una vida espiritual propia, un paisaje mental único por el que nadie más puede transitar”. “Los ordenadores y la inteligencia artificial no podrán replicar las profundidades de la conciencia humana”, sentencia.

    David Galernter es profesor de la Universidad de Yale /Youtube
    David Galernter es profesor de la Universidad de Yale /Youtube

    Esto lo afirma, además, alguien que, aunque reconoce que la religión “le fascina”, no es especialmente creyente. “No se puede matar a Dios”, dice desde su condición de científico. Y él mismo constata que muchos de sus colegas no estarían de acuerdo con él: “Lo que más le gustaría a los devotos de la ciencia sería eliminar a los devotos de Dios”, asegura.

    “Las ciencias exactas están tan convencidas de sí mismas que, como en su día hiciera la religión, marginan a los no creyentes», señala Gelernter

    Es el riesgo de nuestra educación superespecializada: que nos centremos tanto en una disciplina que perdamos de vista la fotografía completa de la realidad. Sería como si un deportista acudiese al gimnasio y, día tras día, se dedicase a ejercitar su brazo derecho. Acabaría con un brazo muy musculado, pero con el resto del cuerpo atrofiado.

    Y esto conlleva un gran peligro, porque implica una cortedad de miras. Eso es lo que puede llevar al médico a diagnosticar al paciente en función de “si compensa” o no sanarle, o al banquero a que vea si su cliente “es rentable” o no; al constructor, a que piense sólo en su beneficio y no en la familia que tiene que formar un hogar en la casa que está construyendo o al que atiende de cara al público que los trate como gente pesadísima y dejar de lado todo espíritu de servicio.

    Es, en definitiva, deshumanizar lo que hacemos; expulsar a la conciencia de nuestros empleos y trabajos; aniquilar toda traza de sentido profundo y valioso de nuestro quehacer diario.

    La ciencia corre el peligro de ponerse las anteojeras y repetir errores del pasado, hasta el punto que Gelernter advierte de que “las ciencias exactas se han convertido en la nueva religión”. “Están tan convencidas de sí mismas que, como en su día hiciera la religión, marginan a los no creyentes, y a los que dudan los tachan de herejes e imponen su dogma”, sentencia.

    Por favor, más humanidades y más humanismo. Que los científicos no olviden que, por encima de circuitos, cables, procesadores y discos duros, está el ser humano.

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