Meditaciones con el guía turístico

    ¿No tendrá también nuestro siglo de oro, con la alta estima del honor, un buen poso de cultura árabe, amén de la herencia del ideal del caballero medieval?

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    La Rendición de Granada, por Francisco Pradilla. Óleo sobre lienzo. Palacio del Senado, Madrid.
    La Rendición de Granada, por Francisco Pradilla. Óleo sobre lienzo. Palacio del Senado, Madrid.

    El pasado Miércoles Santo, paseábamos en familia por Granada. Visitando el barrio del Albaicín, entramos en el jardín de la mezquita y a la salida había un cicerone, ilustrando a un pequeño grupo de turistas, de cuya nacionalidad no puedo acordarme, no sé si por la indefinición de sus rasgos o por la indolencia de mis sentidos. La única deducción que mi poderoso intelecto dedujo del inglés con acento andaluz que hablaba el guía, es que los turistas no eran nativos.

    Reconozco tener un gusto un tanto enfermizo, una curiosidad malsana por sobre escuchar lo que dicen estos benefactores. Por más que demoré, parsimoniosa y perezosamente, el paso, pegándome al grupo, solo pude escuchar unos 40 segundos de andalinglish. Según el guía, cuando los Reyes Católicos conquistan Granada, se les da a los musulmanes la opción de o convertirse o ser expulsados.

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    No es cierto, no fue así, en 1492, pero es una explicación políticamente correcta, que da gusto a muchos oyentes actuales, no solo musulmanes, sin captar traza alguna de la atmósfera de la época. Esta es una de las dificultades, también, de las guías turísticas -me refiero a las de papel- o de algunos comentarios a las obras de arte. Cuando se habla de un cuadro de un artista flamenco -que en mi ignorancia desconozco- y se cuenta que trabajó en Gante o en Ypres, con el maestro Tal, reconozco que me quedo exactamente igual. Me gustaría, en vez de datos inconexos, datos que aporten significado, sentido, algo que pueda masticar, digerir y rumiar.

    «Y después dijo una frase que me impactó: ‘Almanzor era, podríamos decir, ‘un tipo creativo’. Aún no he estado en Jerusalén, pero dudo de que un guía turístico musulmán pudiera decir de los cruzados que eran tipos creativos»

    Recuerdo que el pasado verano escuché -también de prestado- a una guía, en Santiago de Compostela, contar que Almanzor llegó hasta Santiago y que respetó la tumba del apóstol y las campanas. Claro, no oí todo el discurso, pero me pregunto si se atrevió a decir la guía turística todo aquello que no respetó Almanzor. El tono del discurso hubiera sido muy distinto. En el minuto que duró mi paso parsimonioso, causado por mi malsana curiosidad, no puso sombra alguna sobre el caudillo musulmán. Y después dijo una frase que me impactó: “Almanzor era, podríamos decir, ‘un tipo creativo’”. Aún no he estado en Jerusalén, pero dudo de que un guía turístico musulmán pudiera decir de los cruzados que eran tipos creativos.

    Supongamos que alguien ve, sólo, el último puñetazo de un combate de pesos pesados, después de que ambos combatientes se hayan pegado durante quince asaltos. ¿Cómo podríamos contar este golpe final si es lo único que vemos? “Ayer vi por la tele a un fulano, que llevaba unos calzoncillos brillantes, verdaderamente enormes, y le arreó un puñetazo estremecedor a un tipo indefenso, también con calzoncillos gigantes verde fosforito. Este pobre hombre se cayó redondo, mientras que un tipo pequeño y calvo, en vez de ayudarle, le regañaba, amenazando con su mano, hasta diez veces”.

    Decir que, tras la conquista de Granada, los Reyes Católicos -que habían acordado medidas generosas con Boabdil para el mantenimiento de la comunidad musulmana- les dieron como única opción convertirse o ser expulsados es mala explicación de la historia; no solo porque confunde hechos que sucederían más tarde. Un buen guía debe aportar el contexto. Una buena guía debería decir todo aquello que no respetó Almanzor, aunque sea en el contexto de una guerra. Aportando el contexto adecuado, podemos rechazar el boxeo, pero hasta los calzoncillos horteras pueden tener su significado.

    «Una cultura basada en la vergüenza y en el honor, en cambio, depende más del control social para el aseguramiento y la transmisión de la moral»

    Ya puestos en harina, concluiremos este artículo con una lectura recomendada: ‘Defendiendo a Alá, llegué a Jesús‘, de Nabeel Qureshi (Editorial Ciudadela). Se trata del relato de un musulmán, paquistaní de familia, residente en los EE.UU. y que cuenta su conversión al cristianismo, de la mano de un amigo de la Universidad, cristiano evangélico.

    El libro no tiene desperdicio. Explica su camino de conversión, a través de un estudio comparativo, polémico, entre la historicidad de Jesús, de su muerte y resurrección y de la historicidad de Mahoma y de la escritura del Corán. Esto, que por sí es valiosísimo, viene con la introducción de la belleza que la religión musulmana tiene para los que han nacido en ella. Un detalle me llamó poderosamente la atención, cuando el autor cuenta cómo de camino a una de las reuniones de la comunidad musulmana en uno de los destinos de su padre en Escocia, a él y su hermana, era la madre la que en el coche les iba tomando, si se me permite la expresión, el catecismo, preguntándoles por los fundamentos de la fe en Alá y Mahoma. Como se ha hecho siempre en los países cristianos, hasta anteayer. Y como seguimos a veces haciendo en casa, la última vez, precisamente me sucedió al volver del viaje de Granada, el Miércoles Santo, que en el coche íbamos preguntando a los niños, a iniciativa de mi mujer, como la madre musulmana, cuáles eran las realidades que íbamos a vivir durante el triduo pascual.

    Otra de las partes más enjundiosas del libro es su análisis de la estructura de la cultura musulmana, basada en el honor y la vergüenza, frente a la cultura occidental, más basada en la culpa. ¡Qué perspectiva tan interesante se abre desde este paradigma! ¡La culpa! ¿Dice el autor que la culpa sea mala como fundamento de una cultura? No, en absoluto. Todo lo contrario. Le da a la moral un fundamento mucho más personal. Una cultura basada en la vergüenza y en el honor, en cambio, depende más del control social para el aseguramiento y la transmisión de la moral.

    La culpa, para Joseph Ratzinger, ha sido uno de los sacramentos de la humanidad, desde sus albores literarios, como atestigua Edipo Rey y tantas tragedias griegas. Gracias a la culpa, el progreso moral es posible. ¿Y el honor y la vergüenza? No sé, quizá con estas claves me haya dado pistas para indagar la influencia de la cultura musulmana en La casa de Bernarda Alba, que siempre había leído como una crítica de la moral cristiana. Pues puede que lleve un rato de herencia árabe. ¿No tendrá también nuestro siglo de oro, con la alta estima del honor, un buen poso de cultura árabe, amén de la herencia del ideal del caballero medieval?

    Son ideas aventuradas, propias de un ensayo, pero ¿quién sabe? Si algún día me meto a guía turístico, a lo mejor, las saco de paseo.

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    Pablo Gutiérrez Carreras es doctor en Historia por la Universidad CEU San Pablo y ha puesto en marcha, recientemente, un sello editorial: Ediciones More, que, entre otros proyectos, pretende completar lo que aún queda por publicar de Chesterton en español. Casado, padre de ocho hijos (siete niñas y un niño), escribe también crítica de cine en la página www.pantalla90.es y toca la guitarra en un grupo de versiones pop-rock.