El tesoro del Museo Olavide

    El tesoro del Museo Olavide: el legado de grandes médicos cuya enseñanza a futuro es tratar la patología sin descuidar a la persona.

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    Participantes en el I Congreso Internacional de Dermatología (1889, París).

    Madrid puede presumir de tener el mejor museo de Europa. No es el Prado ni el Thyssen -y menos aún el Reina Sofía- sino el poco conocido Monasterio de las Descalzas Reales. Uno de sus atractivos es la colección de Niños Jesús más importante del mundo, alguno de ellos verdaderas obras de arte. Curiosamente, el entorno del centro de la capital, hoy tan artístico, tuvo en tiempos una concepción, digamos, más sanitaria. No en vano, el actual Museo Reina Sofía se alza sobre lo que fuera el Hospital San Carlos.

    Allí cerca estaba también el antiguo Hospital de San Juan de Dios, en Antón Martín, del que actualmente sólo queda en pie la iglesia -quemada en la Guerra Civil y posteriormente reconstruida- de San Nicolás y El Salvador. A su calamitoso estado hace referencia Pío Baroja en “El árbol de la ciencia”.

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    Es justo de ese antiguo hospital de donde proceden los fondos de uno de los museos más desconocidos e interesantes a la vez. Desconocido por su actual ubicación, el Pabellón 8 de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, edificio destinado a consultas. E interesantísimo, porque lo que allí se puede ver es una parte sustancial de la historia de la medicina.

    «El museo recoge fidelísimas reproducciones de cera de pacientes con afecciones dermatológicas, así como historias clínicas originales, cuya redacción es simplemente genial»

    Se trata del Museo Olavide, llamado así en honor de quien fuera artífice de sus contenidos, el doctor José Eugenio Olavide, quien ejerció su profesión en Madrid a mediados del siglo XIX. En cualquier otra ciudad un lugar así tendría una difusión notable, aunque no es éste el caso.

    Efectivamente, el museo recoge fidelísimas reproducciones de cera de pacientes con afecciones dermatológicas, así como historias clínicas originales, cuya redacción es simplemente genial. En una de ellas, por ejemplo, relativa a una joven de 21 años afectada por una enfermedad venérea, puede leerse que la paciente cuestión “habiendo tenido su primera menstruación con 12 años y siguiendo una vida licenciosa a partir de aquella fecha, contrajo varias afecciones, las unas por capricho o por satisfacer su órgano venéreo, las otras por su profesión aventurera”.

    La restauración de las piezas, halladas casi por casualidad en viejas cajas de madera, aún no ha finalizado, pero de momento hay casi 300 en un estado de conservación envidiable. El doctor Luis Conde Salazar, de la Academia Española de Dermatología y Venereología -AEDV- y alma mater del museo, ha sido el responsable de rescatar del olvido lo que sin duda constituye un tesoro de incalculable valor para futuras -y actuales- generaciones de médicos, tributarios de sus antecesores. Hay también instrumental antiguo, mobiliario original de la época y una biblioteca con ejemplares únicos.

    El doctor Luis Conde Salazar, de la Academia Española de Dermatología y Venereología.
    El doctor Luis Conde Salazar, de la Academia Española de Dermatología y Venereología.

    Uno de los padres de la medicina moderna, el doctor William Osler sostenía que “un buen médico trata la enfermedad; un gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad”. Y ese es precisamente el tesoro del Museo Olavide: el legado de grandes médicos cuya enseñanza a futuro es tratar la patología sin descuidar a la persona. Siempre habrá amargados como Lutero, para quien “la medicina hace enfermar a los hombres, las matemáticas los hacen tristes y la teología los vuelve pecaminosas”. Lo de los pecados es cosa del confesor y las matemáticas son un peaje vital, pero hay cosas que la medicina nunca podrá curar. Entre ellas es la estulticia.

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