Faldas y memeces

    El tema es mucho más serio que ponerle falda a un monigote o que llenarse la boca con el “todos y todas” o el “compañeros y compañeras”.

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    Semáforos con la señal de paso para peatones simbolizado con iconos tanto de hombre como de mujer en Valencia/Fuente: EFE.

    No todas las memeces con las que uno se encuentra a diario merecen la misma categoría. Las hay supinas, monumentales, pasables, de medio pelo y hasta simpáticas. El ayuntamiento de Valencia, que dirige con tanta presteza Joan Ribó -el que se montó en una bici al inicio de su legislatura para defender el ecologismo y sacarse la foto, y nadie le ha vuelto a ver encima de ella-, acaba de superar cotas casi desconocidas de la memez patria. Con ocasión del Día Internacional de la Mujer Trabajadora (otra mandanga de las sonadas), el consistorio valenciano ha presentado una memez que entra dentro de la categoría de ciclópea, elefantiásica, desaforada, inabarcable o, sencillamente, inmensa. A los responsables municipales se les ha ocurrido imitar la medida –la memez, por tanto, es importada- de sembrar la capital del Turia de “semáforos paritarios”.

    “Años intentando quitar en los uniformes la obligatoriedad de la falda y ahora van y te la ponen en los semáforos”

    El planteamiento tiene su lógica: todos los semáforos de peatones del mundo tienen un monigote que representa a un hombre. ¡A un hombre! ¿Dónde queda la igualdad? Esto tiene fácil solución: ponemos a una señorita o “monigota” y asunto solucionado. Como las memeces nunca vienen solas, sino que un absurdo llama a otro absurdo, no han faltado las voces de los que han objetado que el monigote de la mujer lleve falda. “Años intentando quitar en los uniformes la obligatoriedad de la falda y ahora van y te la ponen en los semáforos”, bramaba indignada una tuitera. “Si eres tía y no llevas falda, no puedes cruzar la calle”, observaba con socarronería otro internauta.

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    «Se ha adoptado esta medida para visibilizar a la otra mitad de la humanidad, que somos las mujeres», ha destacado con agudeza la concejala de Igualdad, Isabel Lozano. La ex ministra de Cultura Carmen Alborch se ha sumado al carro: “No todo tiene que ser en masculino. Las mujeres somos la mitad del cielo y la mitad de la tierra”, ha advertido, logrando una perfecta simbiosis entre lo terrenal y lo celestial que ha recordado al acontecimiento planetario de otra excelsa ex ministra.

    El hombre realmente maduro y completo da la cara para lograr que la mujer sea respetada en la sociedad exactamente igual que el hombre

    Entiéndanme bien: uno es partidario, evidentemente, de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Sólo un hombre acomplejado y miedoso temería esta equiparación. A un hombre maduro y seguro de sí mismo le parece estupendo que una mujer ocupe cargos de responsabilidad, que tome sus legítimas decisiones y que entre y salga sin dar más explicaciones que a su conciencia. Es más; el hombre realmente maduro y completo da la cara para lograr que la mujer sea respetada en la sociedad exactamente igual que el hombre, porque no se siente “amenazado” por ella, sino que entiende con serenidad y naturalidad que las mujeres son tan válidas, capaces y dignas como el hombre. Y, por eso, memeces como la de los semáforos le parecen una tomadura de pelo, una caricatura y una burla a la lucha por la igualdad de derechos y oportunidades. El tema es mucho más serio que ponerle falda a un monigote o que llenarse la boca con el “todos y todas” o el “compañeros y compañeras”. El pretendido feminismo ha sido, en ocasiones, el peor enemigo de la mujer.

    Lo mejor, en estos casos, es preguntar a las mujeres por el tema de arras. Una amiga, hablando sobre este asunto, me dio el análisis concreto, directo, certero y definitivo: “Menuda gilipollez”. Pues eso.

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