Una mujer, en actitud agresiva puño en alto, durante una manifestación feminista en Madrid /EFE
Una mujer, en actitud agresiva puño en alto, durante una manifestación feminista en Madrid /EFE

Hace más de una semana que ha sido la llamada huelga feminista… para muchos ya olvidada.

Pero este tipo de acontecimientos va calando y cambiando la conciencia de casi toda la sociedad acerca de las relaciones entre hombres y mujeres, igual que la lluvia empapa nuestra tierra esta semana y finalmente dará sus frutos en la próxima primavera.

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A propósito de la huelga me han surgido multitud de conversaciones. Precisamente, el otro día fue una de ellas con mis alumnos. Y cosa curiosa, los que se mostraban más preocupados por las desigualdades entre hombres y mujeres eran los propios hombres. Uno de mis alumnos afirmó que, prácticamente todos los hombres, debían reprimir la violencia innata que existía en todos ellos.

Los hombres, cada vez más acomplejados por el mero hecho de serlo, se han tragado que deben reprimirse de ser hombres

He de afirmar, que lo que más ha llamado mi atención, fue que utilizase el verbo reprimir e innato. Después de tanta liberación y discurso anti-represión, los hombres, cada vez más acomplejados por el mero hecho de serlo, se han tragado que deben reprimirse de ser hombres. (Recomiendo ver la película Zootrópolis, reciente película de Disney de dibujos animados que intenta abordar este problema de una manera francamente inteligente).

Intentando entender a mi alumno, coincido en que toda violencia deber ser controlada y canalizada, pero no coincido en que esta sea innata a los hombres por el mero hecho de ser hombres. Me cansa ese discurso que sólo utiliza la fundamentación biológica para meterse con los hombres.

Es indudable que hombres y mujeres somos diferentes y además desde el principio. El ADN de todas las células de un hombre y de una mujer se diferenciarán, sobre todo por la presencia en el varón del cromosoma Y, mientras que la mujer tendrá otro cromosoma X. Esta pequeña, pero gran diferencia, provocará un desarrollo embrionario y fetal, que no sólo presentará diferencias morfológicas, internas y externas en el aparato genital, sino también en todo el organismo, incluido el desarrollo del sistema nervioso central.

Es una maravilla los grandes cambios que provocan pequeñas diferencias genéticas. Esas diferencias son las que permiten la belleza del mundo animado que nos rodea, con tanta variabilidad entre especies y entre personas. Estas diferencias, entre hombres y mujeres, hacen un mundo mucho más entretenido, pero sobre todo que podamos unirnos para tener hijos y formar familias…

Pretender una maternidad sin paternidad, aunque sólo sea desde un punto de vista biológico, es una mentira sobre la que se construyen postulados muy peligrosos

Bien es cierto que las diferencias entre hombres y mujeres no justifican las desigualdades. Sería ingenuo, negar que a lo largo de la historia y en el momento actual en muchos países del mundo, las desigualdades existen y han existido, pero no solo de las mujeres respecto de los hombres, sino por los más diversos motivos. El que tiene poder muchas veces ha hecho y hace un uso inadecuado del mismo. Agradezco a todas aquellas personas, mujeres y hombres, que han sido justos y que han buscado defender la igualdad entre las personas, tanto en el ámbito público como en el ámbito privado.

Pero, sin embargo, no comparto ese ambiente de lucha de sexos, que se respiraba en la huelga feminista, y que se puede leer en los diversos manifiestos.

No comparto como dice el manifiesto de la huelga que las mujeres seamos las “reproductoras de la vida”, como si la acción del hombre fuese accidental. Pretender una maternidad sin paternidad, aunque sólo sea desde un punto de vista biológico, es una mentira sobre la que se construyen postulados muy peligrosos.

Las nuevas feministas están aparentemente muy orgullosas de su maternidad, reivindican la misma como una de las principales formas de empoderamiento de las mujeres frente a los hombres. En este punto, puede parecer que ha habido una evolución del pensamiento feminista.

Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo, escrito en 1949, recoge las inquietudes y miedos de muchas mujeres y les da una particular y sesgada respuesta. Beauvoir manifiesta un desprecio total a lo que significa ser mujer y su maternidad. De ahí su famosa frase, “la mujer se hace, no nace”. Para Beauvoir lo que hace a la mujer importante es el trabajo que desempeña, alejado de la maternidad y sus “servidumbres”. Para ella la maternidad es lo que hace siervas a las mujeres de los hombres, por todo lo que conlleva, incluido el propio embarazo.

Imagen que ilustra el manifiesto de la huelga feminista del 8 de marzo de 2018.
Imagen que ilustra el manifiesto de la huelga feminista del 8 de marzo de 2018.

¿Pero verdaderamente las nuevas feministas valoran la maternidad? ¿Ser madre es sólo estar embarazada o es una tarea que te acompaña toda la vida? En el fondo siguen coincidiendo con Beauvoir, en que todos los trabajos derivados de la maternidad son un incordio y los desprecian y buscan una redistribución regulada por el estado y la sociedad.

Lo cierto, es que después de ocho hijos, y un marido maravilloso, por mucho que rememos en la misma dirección, hay muchas cosas que sólo he podido hacer yo, como la lactancia o largas conversaciones con mis adolescentes y otras que, en nuestro caso, sólo puede hacer él, como contar los mejores cuentos del mundo y tocar la guitarra con mis hijos.

Si estamos hablando de familia, siempre he pensado que eso del 50%, no funciona, o los dos estamos al 100% o la familia salta por los aires (aun así hay días que salta…). Por cierto cada familia sabrá cuál es su 100%.

Si la convivencia se organiza alrededor de la confrontación de tareas a repartir, las casas se convierten en sitios ‘odiosos’ donde uno no puede sentarse en el sofá ni un momento

Si hablamos de familia, yo le diría a Beauvoir y a las nuevas feministas, que no es una servidumbre, pero sí que hay mucho de servicio. Palabra y actitud tan poco valorada hoy en día, pero tan necesaria en una sana convivencia.

El hogar es sobre todo el lugar donde ser y estar, no de hacer y repartir tareas… Si la convivencia se organiza alrededor de la confrontación de tareas a repartir, finalmente convierten las casas en sitios odiosos, donde parece que uno no puede sentarse en el sofá ni un momento.  La imagen que me surge de estas casas, tan agotadoras, más parecen una cadena de montaje en plena revolución industrial, que un hogar.

Yo me hago una pregunta, en esos repartos equitativos de las tareas del hogar: ¿los hijos cómo se reparten? ¿No será qué en realidad, en este planteamiento, los hijos son un incordio a repartir?

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Ondina Vélez Fraga está casada y es madre de ocho hijos. Es doctora en Medicina y compagina la profesión médica en la sanidad pública con la docencia universitaria. Imparte charlas y talleres sobre sexualidad y educación afectiva. También es autora de varios libros sobre familia, educación y sexualidad.