Cruda realidad / En las Misses, la belleza también está en el interior

    Entendería que cerraran ese concurso. Pero la progresía no puede dar una respuesta tan coherente. Lo suyo es más -como las propias Misses- posar que actuar con alguna consistencia.

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    Eli Tulián, Miss Baleares fue elegida para representar a España en Miss Mundo 2017.
    Eli Tulián, Miss Baleares fue elegida para representar a España en Miss Mundo 2017.

    Leo que en el concurso de Miss America «ya no tendrán en consideración el aspecto exterior» y tomo aire.

    Mucho, mucho aire.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

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    Y pienso en que debe de estar al caer el anuncio de la Academia Sueca de que ya no tendrán en cuenta ser físico para ganar el Nobel de Física, o aprovecharse de la irritante excusa de que se ha escrito algo para obtener el de Literatura.

    El Comité Olímpico Internacional nos sorprenderá gratamente aboliendo el estúpido prejuicio por el que se conceden las medallas a los velocistas por el hecho trivial de llegar los primeros, a los levantadores de peso por sostener las pesas de más kilos y los saltadores por salvar las barreras más altas. Se sustituirá el actual lema olímpico -citius, altius, fortius: más rápido, más alto, más fuerte- por el de «más empático, más políticamente correcto, más progresista».

    Señor, dame paciencia.

    Una entiende que, en el actual entorno de frenesí ideológico, el concurso de Misses -que siempre me ha dado cierto tufo de feria de ganado, lo confieso- debería tener los días contados, y la única razón por la que no ha desaparecido aún es que las cosas que mueven mucho dinero están exentas de la estupida iconoclastia progresista.

    «La naturaleza se complace en la desigualdad, que tiene por otro nombre uno que, paradójicamente, dicen adorar los modernos: diversidad. No somos iguales, y eso es lo que hace la vida maravillosa y permite crear sociedades funcionales»

    Me parecería estúpido y totalitario, pero lo entendería, entendería que cerraran ese concurso. Pero la progresía no puede dar una respuesta tan coherente. Lo suyo es más -como las propias Misses- posar que actuar con alguna consistencia. Y así van a dejar el concurso sin lo que le da algún sentido. Ni en mil años hubiera podido pedir una metáfora tan deliciosa de la modernidad: un concurso de belleza que no va a tener en cuenta «el aspecto exterior» de las concursantes. No sé, quizá me estoy precipitando y juzgarán la belleza de sus vísceras de las consiguiente radiografías y ecografías.

    Aquí hay dos cosas, las dos definitorias de este ‘fin de época’ esperpéntico que nos ha tocado vivir, las dos derivadas de una locura ideológica común.

    La primera es la obsesión con la igualdad. Suena bonito, ¿verdad? ‘Igualdad’. Bueno, pues no: es una peste. Es la obsesión más genuinamente destructiva de nuestro tiempo, y eso doblemente: porque es absolutamente imposible y porque, si no lo fuera, sería terrible.

    La naturaleza se complace en la desigualdad, que tiene por otro nombre uno que, paradójicamente, dicen adorar los modernos: diversidad. No somos iguales, y eso es lo que hace la vida maravillosa y permite crear sociedades funcionales.

    Hoy es el horror sugerir que alguien es distinto. No pueden distinguirse los sexos, las edades, las culturas, las profesiones. Sugerir que alguien pueda ser más apto en algo que otro cualquiera se considera ofensivo, una injuria. ¿No es esto una enfermedad mental?

    Pero hay un segundo factor, casi más ominoso: el odio a la belleza. Especialmente, la belleza física y, muy especialmente, la belleza femenina. Y, sinceramente, no creo que la cosa haya surgido de los varones.

    Hay una cosita que se llama ‘competencia intrasexual’ que toda mujer que se precie, incluso quienes la admiten en la teoría, tendemos a negar en la práctica. Y no creo que sea ajena a este caso.

    Habría que vivir en una cueva, sin conexión wifi, para no advertir la proliferación de grupos ‘body possitive’, que viene a significar que la cosa más fea debe ser llamada ‘bella’ por decreto ley. He llegado a leer, no una vez sino más de las que puedo contar, que rechazar los avances de una mujer porque no se ajuste a los cánones ‘tradicionales’ de belleza -es decir, porque sea un orco de Mordor- es «discriminación».

    Buen intento, chata.

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