Cruda realidad/ La ingeniería social de Disney: del animalismo en Bambi a la homosexualidad en Frozen

    Disney ha sido desde el primer día el mejor arma para preparar a las generaciones para tragar todo el cambio social sin rechistar; somos una generación Disney.

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    Elsa, la princesa de la película Frozen / Disney
    Elsa, la princesa de la película Frozen / Disney

    Elsa, la protagonista de la popular película de animación de Disney ‘Frozen’, podría ‘salir del armario’ como lesbiana en la secuela que los estudios preparan para un futuro próximo, según dejan entender fuentes cercanas a la producción.
    Oh, bueno, qué audaz, ¿no?

    Cuando yo era una niña, Disney tenía fama de ofrecer una visión amable y fiable para los menores, eso que se llamaba ‘cine para toda la familia’, y muchos de quienes recuerdan las películas que dieron fama al estudio comparan esa época de inocencia con lo que es ahora, un dispositivo para calzar los experimentos de ingeniería social en la mente de los más pequeños. ¡Qué diferentes -les oigo decir- esas películas que ensalzaban los mejores valores con estas de ahora, en la que no puede faltar el mensaje progresista metido a tacón!

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    Discrepo: Disney ha sido desde el primer día el mejor arma para preparar a las generaciones para tragar todo el cambio social sin rechistar; somos una generación Disney, y solo horas y más horas de visionado de esas edulcoradas cintas explica cosas como que un partido como Podemos pueda tener representación parlamentaria, no digamos que alguna vez haya amenazado con convertirse en segunda fuerza política.

    ¿Han leído ‘Los Viajes de Gulliver’, de Jonathan Swift? ¿Los ha comparado con la película de animación de Disney?

    Sí, es cierto que el Disney de última hornada nos ha vendido feminismo radical -Mulan, La Bella y la Bestia, la propia Frozen-, ecologismo ‘místico’ -El Rey León, Pocahontas-, anticlericalismo -El jorobado de Notre Dame- y, en general, la visión de que nuestra civilización cristiana occidental es lo peor. Pero el inocente ‘Disney de siempre’ ha hecho un labor previa, más sibilina y sutil pero más profunda para preparar las tiernas mentes infantiles de antaño -las nuestras, vamos- a lo que se nos venía encima.

    Se me ocurren, al menos, tres cargos que podría presentar contra el Disney clásico en este sentido, aunque a ustedes se les podrían ocurrir muchos otros.

    El primero es que ha destruido para siempre, en la mente de sus jóvenes víctimas, la apreciación de grandes obras de la literatura universal, populares o de autor. ¿Han leído ‘Los Viajes de Gulliver’, de Jonathan Swift? ¿Los ha comparado con la película de animación de Disney? ¿Y no le dan ganas de matar?

    Disney convierte una ácida crítica social en un cuentecito banal de enanitos y gigantes. ‘Peter Pan’, en el original de James Barry, es trágico, con sus niños perdidos y un protagonista que se niega a crecer (muy de nuestro tiempo); Pinocho es terrible como apólogo moral en el cuento de Collodi; Merlín no es un viejo chiflado en ninguno de los relatos del Ciclo Artúrico, sino una mágica presencia con tremendos poderes. Y ya es imposible leer estas obras sin ver los dibujitos en la cabeza y sus blandas reinterpretaciones.

    Por lo demás, pese a ser considerado un ‘entretenimiento familiar’, Disney siempre ha sido antifamilia. ¿Recuerdan alguna película donde aparezcan padre, madre y hermanos de forma positiva y no traumática? Abunda en hijos únicos (Bambi, Dumbo, El Rey León) cuidados por un solo progenitor (La Bella y la Bestia). Cuando sale una pareja normal y simpática, como en Ciento Un Dálmatas, lo que tienen son… perros.
    No tengo ni idea de las vivencias familiares del viejo Walt, pero parece evidente que su visión de la vida familiar no debía de ser muy positiva.

    Pero lo más importante, lo definitivo, es que las películas de Disney han sido esenciales para imbuir en nuestra generación la idea madre de todos los disparates progresistas: el pensamiento desiderativo o ‘wishful thinking’. La idea de que basta con desear muy fuerte una cosa para que sea así, ya se trate de convertirse en el mejor guerrero del ejército chino siendo una jovencita o volar por los cielos de Nunca Jamás. ¿Puede extañarnos que la generación que creció viendo esas películas llegue a creer que un varón se convierte automáticamente en hembra sencillamente porque ‘lo desea’?

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