Francisco Franco y el movimiento transgénero
Francisco Franco y el movimiento transgénero

El PSOE ha presentado una reforma de la Ley de Memoria Histórica que pretende establecer una versión única de la historia y castigar a quien disienta.

Malos tiempos para la historiografía. Pero, ¿saben qué?, contará con el apoyo de Ciudadanos, encantado con el nuevo texto, y la abstención del PP, que es el “no sabe/no contesta” de nuestro espectro político.

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Tanto que nos hemos reído del Institut de Nova Historia y su Colón, su Da Vinci y su Santa Teresa catalanes, y he aquí que desde Madrid van a imponer una visión única de la historia con los malos, absolutamente malos, y los buenos, inmaculadamente buenos.

Creo que fue el humorista catalán Perich quien dejó dicho que el problema llega cuando el típico “así se escribe la historia” pasa de ser una observación a convertirse en una orden. Y ya hemos llegado a eso.

De la vieja URSS se decía que era el único país en el que el futuro era fijo mientras que el pasado cambiaba continuamente, porque el control del pasado es el control del presente.

Lo tengo dicho: si se dice de los generales que siempre se preparan para la guerra pasada, a los pueblos les pasa tres cuartas partes de lo mismo, y oteamos el horizonte, vigilantes contra el totalitarismo, esperando ver llegar uniformes y banderas, policía política llamando a la puerta a la hora en la que ya no llama ni el lechero (¿qué es eso?), sin darnos cuenta de que en el siglo XXI el totalitarismo sonríe y tiene urnas y va de paisano.

Me imagino a los historiadores silbando cuando les pregunten cómo se pasó de la España miserable del 36 a la potencia económica del 75.

Pero es totalitarismo, de la peor especie. No podrá, según la ley, decir nada bueno del franquismo.

Me imagino a los historiadores silbando cuando les pregunten cómo se pasó de la España miserable del 36 a la potencia económica del 75.

Volveremos a los ‘samizdata’, esas obras que se fotocopiaban en privado en la Rusia soviética y se distribuían en el mayor de los secretos, a sabiendas de que un chivatazo podía hacer que el osado diera con sus huesos en la cárcel.

Pero nuestros documentos de la Resistencia se limitarán, sencillamente, a recopilar nuestros recuerdos.

Hace algunos días veía resucitar en un nuevo medio, Disidentia, el viejo debate de cuál de los dos célebres distopías del siglo XX, ‘Un Mundo Feliz’, de Aldous Huxley, o ‘1984’, de George Orwell, se correspondía mejor con nuestro futuro próximo.

Algo hay de ambas en esta medida, generaciones flotando sobre un pasado fijo y cuidadosamente preparado para ajustarse a las conveniencias ideológicas de los que mandan, la progresía.

¿Y quién dice que vaya a ser este el último paso? Si pueden obligarnos a creer una única interpretación de nuestro pasado, a revisar y condenar la memoria de nuestros abuelos y a hacer desaparecer en el ‘agujero de la memoria’ orwelliano todos los recuerdos que no casan con el dogma oficial, ¿cuál puede ser el límite? Desde el hombre de Atapuerca a acá, todo puede adaptarse al capricho de nuestros tiranos democráticos.

¿No es acaso más grave lo de la Junta de Andalucía y su tiránica ley de género? Ahí ya no cabe la desmemoria, porque hace obligatorio negar la evidencia y afirmar, so pena de castigo, lo contrario de lo que sabemos a ciencia cierta.

Particulares, colegios, empresas: todos tienen que colaborar en la mentira y la simulación.

Particulares, colegios, empresas, instituciones: todos tienen que colaborar en la mentira y la simulación.

Créanme, porque sé que no lo parece, porque no hay tanquetas en las calles y usted se desahoga en las redes y todo parece, en lo exterior, igual que cualquier otro día en una moderna democracia avanzada…

Pero no ha habido tiranía a lo largo de la historia y sobre la faz de la Tierra que se haya atrevido a tanto, que obligue a negar no solo lo evidente -eso lo hacían pasablemente bien los comunistas de cualquier país-, sino lo evidente de lo más importante, de lo crucial, de quiénes somos y con qué sexo hemos nacido y moriremos.

No se trata de tolerar las fantasías de unos pocos -muy, muy pocos, aunque crecerá el número inevitablemente-, sino de colaborar con ellas y alimentarlas.

Y sobre todo eso, no tendremos un pasado en el que inspirarnos para combatir la mentira universal, porque los poderosos habrán puesto el pasado a su servicio.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.