Cruda realidad / La Manada en libertad y a mí, plin

    ¿Qué puede igualar al deleite de sentirnos justas y benéficas, compasivas y empáticas, SUPERIORES, en una palabra, condenando alguna cosa de moda, que es gratis, no engorda y, encima, no nos exige el menor esfuerzo?

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    Una joven sostiene un cartel con la leyenda
    Una joven sostiene un cartel con la leyenda "Yo sí te creo" en relación a la sentencia del caso de 'La Manada' /EFE

    Los chicos de la Manada salen en libertad bajo fianza.

    Como, ¿que no se acuerdan? Ya saben, esos cuya pena, un año menor que si hubieran matado a alguien, indignó tantísimo al mujerío patrio, que salimos todas a la calle a pedir no sé qué -¿la horca?, ¿esa prisión permanente revisable que la nueva ministra considera «inhumana»?-, lo que hizo decir a todos los medios, desde El País a La Razón, que todo había cambiado y que nunca más y que qué grande es ser mujer.

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    Un ‘antes y un después’, una encrucijada, un día histórico. Acumulen tópicos, que la ocasión lo valía.

    Vamos, la indignación del día, que en los tiempos espasmódicos que corren no se puede esperar de nosotras y nosotros que vayamos a interesarnos DOS VECES por el mismo asunto, que es como si yo llevo a la boda de mi sobrina Maricarmen el mismo vestido que a la Comunión de mi hija, un claro «no, no».

    Ahora estamos indignadísimas con Trump, que separa a los padres de sus hijos, como si fuera un Tribunal de Familia, que hay que ver qué diferencia de este payaso sin corazón con el anterior, cómo se llamaba, Obama, tan correcto y tolerante y con esa forma de sonreír a medias. Que, vale, técnicamente y si nos ponemos muy tiquismiquis, también separaba a los hijos de los inmigrantes ilegales de sus padres, pero sin disfrutarlo. Sufriendo mucho. Que por eso la prensa de la época no sacaba las fotos, para no darle un disgusto al hombre.

    «La verdad es que la salida de estos chicos, para qué negarlo, nos pone en una situación bastante incómoda, les cuento»

    Pero estábamos con esos chicos, la Manada. Que resulta que la Audiencia de Navarra decreta la libertad provisional para La Manada bajo fianza de 6.000 euros, y digo yo que habrá que manifestarse otra vez, después de lo que hicieron, que fue…

    (*busca rápido en Google*)

    … una violación múltiple de una pobre chica. Que sí, que vale, que ella misma dijo que no la forzaron exactamente, que en ningún momento sintió dolor, pero nosotras sabemos. Sabemos que ninguna mujer sobre la faz de la tierra se iría voluntariamente con seis chicos a un cuchitril como ese. La etiqueta entonces en redes sociales -a la que se apuntaron intelectuales, políticos de primera fila y empresarios- era #YoSiTeCreo, aunque quedó un poco bastante deslucida cuando el tribunal insistió en que ellos también.

    O sea, que la creemos hasta cierto punto.

    Y la verdad es que la salida de estos chicos, para qué negarlo, nos pone en una situación bastante incómoda, les cuento.

    Entre lo que el gobierno hace ilegal, la ciencia hace nocivo y la economía hace prohibitivo, cada vez nos quedan menos placeres y menos diversión. Nos queda, sin embargo, ese goce de dioses, ese néctar incomparable, de la indignación moral. ¿Qué puede igualar al deleite de sentirnos justas y benéficas, compasivas y empáticas, SUPERIORES, en una palabra, condenando alguna cosa de moda, que es gratis, no engorda y, encima, no nos exige el menor esfuerzo?

    Por eso esta salida extemporánea nos hace un pie agua. Nos viene fatal justo ahora. Prestarle atención excesiva, con lo del invierno pasado que es, equivale a que te vean con una falda de Zara de la temporada pasada, un horror.

    Da mucha pereza, suena a refrito. Estamos con otra cosa, caramba, con los niños de Trump y poniendo morritos de lo bien y natural que acaricia los perros nuestro presidente y cómo nos ha empoderado a todas con sus ministras. Cada cosa tiene su momento.

    Por otra parte, después de haber pedido la cabeza de cada uno de esos muchachos y de habernos indignado tanto de que no les condenen mucho más y haber hecho de todo ello la base de ese día histórico en que la mujer española dijo «¡Basta, hasta aquí hemos llegado!… ¿Podríamos ignorar que los pongan en libertad sin patalear un poquito? ¿Vamos a esperarles a la puerta de la cárcel a lincharlos? ¿Hacemos, por lo menos, otro ‘hashtag’ en Twitter?

    Después de mucho meditarlo y consultarlo con las bases (mi grupo de vecinas de Whatsapp), concluyo que no. El regusto de la indignación moral pierde mucho en la segunda calada y, qué diablos, en la variedad está la diversión.

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