Cruda realidad / La vergüenza de Marlaska y la necesidad de (algo como) Vox

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    Paradójicamente -o no- el bochornoso ataque, a todas luces planeado con antelación, contra miembros de Ciudadanos en el desfile del Orgullo Gay y la mucho más bochornosa -y peligrosísima- reacción de todo un ministro del Interior, juez por más señas, no solo negándose a condenar la agresión sino condonándolas con el consabido “ellos se lo han buscado”, no hace más que subrayar la necesidad vital de un partido como Vox.

    O lo que se espera que sea Vox, no me entiendan mal, que al final un partido es un partido, una maquinaria de obtención del poder y una agrupación de personas, con todas sus posibilidades de heroicidad y miseria, de fidelidad y traición.

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    Pero el caso apunta, de cualquier forma, al hecho de que hemos alcanzado un nivel de deterioro de la convivencia política y una tiranía de los grupos de interés, muy especialmente del omnímodo lobby LGTBI que amenaza seriamente las libertades y el futuro de nuestra democracia.

    No es solo que todo sea mentira, y mentira abierta, comprobable y descarada, una farsa, sino que cada vez importa menos disimular por su parte y más bajar la cabeza y acatar por la nuestra.

    Repasemos rápidamente las mentiras.

    El Orgullo. Empezó siendo un día; ahora es una semana. En países como Estados Unidos es un mes entero. Se supone que es un evento ‘festivo’ para reivindicar los derechos de la comunidad LGTBI, pero dicha comunidad no carece de derecho alguno del que gocen los demás, y sus representantes, en cambio, gozan de subvenciones millonarias y un tratamiento de alfombra roja por parte del poder político, cultural, mediático y empresarial.

    Lo que se conmemora como ‘nacimiento’ de la lucha de gays y lesbianas por sus derechos es la algarada de Stonewall Inn, en la que los parroquianos de este local regentado por la mafia y frecuentado por homosexuales reaccionaron violentamente a una redada policial. No exactamente el 2 de mayo.

    Hasta hace no mucho, en el espectro político tradicional de izquierda y derecha, la cuestión homosexual no contaba nada en absoluto. La derecha no tenía peor opinión que la izquierda, en bloque, sobre la homosexualidad. De hecho, no había una actitud programática sobre ella en unos y otros, sino que se aceptaba vagamente la opinión común.

    Eso cambió cuando la izquierda occidental, tras el fracaso de sus recetas económicas y viendo cómo se reducía su electorado natural, el proletariado depauperado, tras el ‘boom’ económico de posguerra, tuvo la genial idea de salir a la busca de nuevos ‘colectivos oprimidos’, lo que podríamos llamar ‘proletarios de sustitución’ a los que poder aplicar el facilón esquema marxista de ‘opresores/oprimidos’.

    Y los encontró: en las mujeres, en los homosexuales, en la propia naturaleza, en los indígenas, en las razas no blancas, en los inmigrantes. Pero la gran ventaja que encontró en este esquema fue que no solo podía utilizar a estos grupos como ejército de reemplazo, sino que podía, además, conseguir hacer pasar a los grupos de presión que creó en torno a sus ‘reivindicaciones’ como ideológicamente neutros, obligando a los conservadores a apoyarlos y financiarlos.

    Estos incidentes deberían servir para darnos cuenta del peligro que representa una izquierda crecientemente intolerante y hosca para nuestras libertades y para la convivencia social

    Es decir, que ahora tenemos ‘colectivos’ que son en realidad herramientas de la izquierda, pero a los que la derecha debe rendir pleitesía y sobre los que debe derramar una lluvia de subvenciones. Me reconocerán que el truco es brillante.

    Eso es lo que hizo evidente la reacción de los organizadores del desfile atacando a los representantes de Ciudadanos que, como todos los grupos, pretendían postrarse obsequiosos y serviles ante el poderosísimo lobby de izquierdas.

    La excusa es que Ciudadanos pacta con Vox, que es un partido ‘homófobo’. En el programa o las declaraciones de los líderes de Vox no hay el menor indicio que apunte a un recorte de derechos o libertades, aunque sí la voluntad de que este lobby o cualquiera de ellos imponga su voluntad sobre el resto de la sociedad. Esto basta en 2019 para ser un homófobo.

    Vox es el único partido que no hay hecho el menor gesto de participar institucionalmente en el ‘Orgullo’ ni ha incluido en su logo el arcoiris en la semana en cuestión. ¿Es esto homofobia, o es más bien lo contrario una prueba de sumisión de todo el espectro político hacia un grupo de presión? ¿Piensan los partidos -menos Podemos- teñir de morado sus logos en Semana Santa? Porque los católicos, por más que vayamos a menos, somos muchos, pero muchos más que los homosexuales, no digamos que los homosexuales que definen su identidad en torno a su orientación sexual.

    Lo grotesco es que Ciudadanos no solo no ha pactado con Vox, sino que ha hecho gala de negarse a sentarse con los de verde incluso allí donde necesita sus votos para formar gobierno. Las últimas semanas se han caracterizado por los histriónicos visajes con que los purísimos ‘naranjitos’ han escenificado el insondable desprecio que sienten hacia Abascal y los suyos. Todo lo más, esperan que Vox deposite los votos necesarios donde puedan recogerlos sin tener que cruzarse, una quiebra de la más elemental cortesía política.

    Quizá ahora, sintiendo en sus propias carnes lo que escuece cuando te conviertes en paria a ojos de la masa por puro cálculo político, se den cuenta de lo tonto e injusto de su actitud con Vox.

    Pero, sobre todo, estos incidentes deberían servir para darnos cuenta del peligro que representa una izquierda crecientemente intolerante y hosca para nuestras libertades y para la convivencia social.

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