14 mujeres se 'casaron' consigo mismas en Bilbao en junio de 2018.
14 mujeres se 'casaron' consigo mismas en Bilbao en junio de 2018.

Catorce mujeres se casan consigo mismas en Bilbao para reivindicar el amor que sienten hacia sí mismas y para aceptarse tal y como son, y leo la noticia en la cuenta de Twitter de Antena3 con cierta sensación de doloroso alivio, como quien sabe que ha llegado a la conclusión en un doble sentido: como sinónimo de fin, de tope, de extremo; y en el sentido de resolución de un misterio o dilema.

Es el fin porque, al menos en lo que se refiere a cuestiones sentimentales, familiares y sexuales, no hay más allá. Incluso cuando hemos echado unas risas con esas excéntricas que se casaban con un barco o un candelabro antiguo, obviando que se trataba de una forma desesperada de llamar la atención, al menos el barco o el candelabro están fuera de una, son objetos externos; se les puede prestar, si no amor, al menos atención y cuidados.

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Pero estas bodas autorreferenciales son el inverso exacto de lo que significa el matrimonio, que es la alteridad, ese salto al vacío, esa apuesta a todo o nada que es comprometerse con otro sujeto para toda la vida. El amor de los extraños es el único amor posible, y la loca que se casa con un candelabro está a años luz de quien se casa consigo mismo.

“La promesa es, o debe ser, lo que nos sostiene cuando no queremos, cuando la vida avanza a contrapelo y la perspectiva de abandonar brilla como el espejismo de un paraíso, como la opción más obvia”

Prometer que vas a estar con una persona significa lo que cualquier promesa: que puedes no cumplirla. Es lo que, en mi sesgadísima opinión, olvida el 99% de las parejas que se casan, para quienes la promesa es superflua porque no ven razón para traicionarla.

Ahora bien, uno sólo se compromete con alguien, hace una promesa solemne y pública, porque prevé que habrá algún momento que pueda no querer seguir, que tenga una tentación, fuerte o débil, de mandar todo a la porra. Si no es así, no tiene sentido la promesa; nadie se compromete a buscar siempre su placer o a comer en cada momento lo que más le apetezca, porque nadie tiene que forzarnos a lo que de modo natural tendemos.

La promesa es, o debe ser, lo que nos sostiene cuando no queremos, cuando la vida avanza a contrapelo y la perspectiva de abandonar brilla como el espejismo de un paraíso, como la opción más obvia. Es esa parte de toda escalada en la que lo que nos pide el cuerpo es volver atrás y que salga el sol por Antequera. Y seguimos porque lo hemos prometido, porque hemos empeñado la palabra. Por honor, si se quiere.

Pero no hay mérito en lo que hacen estas bilbaínas, no hay promesa porque no hay posibilidad de incumplirla, no hay divorcio posible. El que tenemos con nosotras mismas no es un matrimonio; es algo más parecido a una condena, si quieren verlo en un día malo.

Y es conclusión en el sentido de solución de un misterio porque nos da la clave del núcleo de nuestra crisis como civilización. Es, a la vez, atomización que acaba haciendo de nuestra santa voluntad la suma y única ley, con su cohorte de soledades y oscilaciones entre el narcisismo y la autoestima por los suelos; y es incapacidad para salir de nosotros mismas, para el compromiso, para alguna meta o proyecto que vaya más allá del caprichoso ‘carpe diem’ que se ha vuelto la ética triunfante de nuestro tiempo.

No les envidio a estas catorce recién casadas la luna de miel, ciertamente; pero es que tampoco envidio a la legión de congéneres ‘empoderadas’ que han hecho del egoísmo un triste amante y convertido la autosuficiencia en un timbre de gloria que volverá a visitarles como una pesadilla cuando ya sea tarde para rectificar.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.