Mujer y cienca /Pixabay
Mujer y cienca /Pixabay

Con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia -manda narices, quién será el que decida estos ‘días internacionales’-, todos los medios y los grupos políticos se han lanzado a una con un mensaje: aún queda mucho camino por recorrer.

Esto viene a ser como la famosa brecha de género. Imagine que es usted una persona eminentemente objetiva y desapasionada, racional -hombre o mujer, aunque a efectos de lo que quiero decir, mejor mujer-, con claras inclinaciones científicas, amante de la verdad allí donde nos lleve, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, a quien se le plantea el siguiente problema: después de décadas de igualdad garantizada por todas las leyes habidas y por haber, en nuestro país y en los de nuestro entorno, las mujeres se decantan por las letras o por las humanidades en preferencia a la ciencia, en mayor proporción que los varones.

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Esto no es muy exacto, para empezar. ¿No es la Medicina una ciencia? Pues un 74% de los estudiantes son mujeres. ¿Farmacéuticos? Diga, mejor, ‘farmacéuticas’: un 71,6%. Incluso entre los investigadores, el no va más de la imagen del científico puro con su bata blanca y su probeta, las mujeres son ya mayoría, un 53,7%.

Pero supongamos que no, o que esas proporciones no bastan, o lo que se quiera para mostrar que las mujeres no estamos debida, alícuotamente representadas en el mundo científico. ¿Cuál sería su proceder para descubrir la causa? ¿Cuál es la ‘navaja de Occam’, la explicación más sencilla?

Quizá bastara con pensar que eso que llaman ‘dimorfismo sexual’, las diferencias que cualquiera puede apreciar entre hombres y mujeres, no se acaban de cuello para arriba y tienen un sentido biológico en las inclinaciones psicológicas

Podría, por ejemplo, apuntar a esa multitud de estudios del cerebro que confirman que es distinto en hombres y mujeres, lo que sugeriría diferentes capacidades y predisposiciones medias según distintas áreas.

Podría, incluso, de forma apriorística, postular que si la adaptación al medio condiciona los rasgos de toda forma de vida, hasta los más pequeños, y que incluso pequeñas alteraciones en la vegetación o el clima se trasladan a los seres vivos que las sufren, tanto más una división de tareas tan radical como es la reproducción sexual. Es decir, que tendría todo el sentido del mundo preparar a la mujer para su papel de madre no solo física, sino también psíquicamente, igual que da al cazador visión estereoscópica.

Sin adentrarse tanto, quizá bastara con pensar que eso que llaman ‘dimorfismo sexual’, las diferencias que cualquiera puede apreciar entre hombres y mujeres, no se acaban de cuello para arriba y tienen un sentido biológico en las inclinaciones psicológicas.

Todo eso, si una fuera fría, racional, desapasionada y, ah, ‘científica’. Pero no. Precisamente las mujeres que se arrogan la representación de sus congéneres en la ciencia prefieren decantarse por una poco plausible teoría de la conspiración según la cual hay un monstruo invisible, llamado el Patriarcado, que se complace de forma sádica en chafar las ilusiones de las pequeñas aspirantes a Madame Curie, no se sabe muy bien por qué.

De ahí se sigue que todas las diferencias entre los sexos son ‘constructos culturales’, ideas que nos han mentido en la cabeza. ¿Quién? El Patriarcado. ¿De dónde ha salido? Nadie lo sabe. ¿Cómo es posible que, si es una mera construcción cultural, se dé en todas las culturas, incluso entre las que han pasado milenios aisladas de las otras? Misterio. Pero, en este caso, la navaja de Occam no corta, y se prefiere recurrir a la cucharita del café.

Todas estas luchas “contra la discriminación” son meras luchas de poder, competiciones para acaparar rentas y cargos

El problema, y gordo, es que si hombres y mujeres somos idénticos en capacidades e inclinaciones medias, entonces por fuerza las proporciones en cualquier actividad deberían tender al 50% para cada sexo. Y como eso no sucede, entonces hay que forzarlo como sea, porque solo puede ser el resultado de una discriminación. Y aquí empieza a funcionar esa ingeniería social que tan dislocados nos tiene y que, en el mejor de los casos, en el caso óptimo, no para de recortar nuestra libertad e inmiscuirse en nuestras decisiones.

Y entonces me asaltan varias preguntas. Por ejemplo: si vamos a disparidades, ¿qué hacer con el honorable gremio de poceros? La proporción de mujeres entre ellos es abismal, escandalosamente baja. ¿No se va a hacer nada para paliarla? ¿Y qué me dicen de los peones de obra? Por no hablar de los suicidas o los sintecho o los que trabajan en profesiones de alta siniestralidad.

¿Ven por dónde voy? Sí, creo que empiezo a ver el truco.

Otra pregunta: ¿qué pasa cuando ya se haya conseguido el objetivo? Como hemos visto, ya se ha superado en muchos casos. ¿Cesarán los lloriqueos? ¿Se anularán las preferencias? ¿Pasarán los varones a disfrutar de cuotas?

Algo me dice que no. De hecho, ya puede verse en algunos ejemplos que hemos dado. Todas estas luchas “contra la discriminación” son meras luchas de poder, competiciones para acaparar rentas y cargos. Y si los varones no reaccionan, nosotras no vamos a dejar de pedir lo que conseguimos con la complicidad de todo el sistema.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.