La juez Mercedes Alaya en las inmediaciones de la Audiencia Provincial de Sevilla.
La juez Mercedes Alaya en las inmediaciones de la Audiencia Provincial de Sevilla.

El Patriarcado sigue imparable en su misión de dejarnos a todas las mujeres a los pies de los caballos, pintándonos como seres débiles, desamparados e indistintos, todas como clones de un mismo arquetipo.

¿Dije Patriarcado? Quería decir ‘feminismo’, pero, ahora que caigo, el feminismo no parece sino el más avieso y astuto de los disfraces del patriarca para presentarnos como seres inferiores.

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Todo esto que digo viene a cuento del dictamen de un juzgado de la Contencioso Administrativo de Sevilla que trata de la causa del escrache que sufrió la juez Mercedes Alaya en octubre de 2013 tras unas declaraciones del Caso ERE. Sentencia el tribunal que el escrache fue machista, y constituye un episodio de “violencia de género de baja intensidad”.

En el caso que nos ocupa, esa ‘violencia machista’ consistió, básicamente, en que los participantes en la protesta llamaron a la juez “fea”, “hortera”, “fascista” e “inquisidora”

Si esto no es decirnos que las mujeres somos inferiores, no sé cómo podrían dejarlo más claro. A los hombres se les juzga, uno a uno, por lo que hacen, y se les ampara, uno a uno, por lo que les hacen como ofensa individual. Pero, por lo visto, atacar a una mujer es siempre machismo, y siempre ‘violencia de género’.

En el caso que nos ocupa, esa ‘violencia machista’ consistió, básicamente, en que los participantes en la protesta llamaron a la juez “fea”, “hortera”, “fascista” e “inquisidora”.

Admito que lo de “fea” sea un falso testimonio, que bien mona es su señoría, pero ¿violencia de género? Nos hemos pasado generaciones anhelando una igualdad que ahora rechazamos, porque ya me dirán ustedes con qué cara puedo decir que soy igual a un hombre sabiendo que llamarle “ladrón” será solo una injuria o una calumnia, mientras que si me llaman a mí “fea” es, además, ‘violencia de género’ y ‘machismo’.

No hay modo de que nos quedemos en un sensato fiel de la balanza, que se nos trate, en fin, por lo que cada una haga, diga o padezca; tenemos que pasar de grupo humillantemente protegido por el galanteador privado a casta amparada por el burócrata público.

Porque, ¿qué diferencia de fondo hay entre que me proteja de las realidades desagradables de la vida un marido o un padre, y que un juez considere que insultarme es más grave que insultar a un varón? ¿Cómo voy a pedir a mis compañeros que me consideren una más, una igual, cuando lo que hagan contra mí puntúa doble, en su perjuicio?

La juez Ayala no juzga como mujer, sino como juez. La toga es un uniforme adecuado para su misión, porque iguala y da solemnidad, y parece indicar que lo que haya debajo no tiene, a efectos de su deliberación, sexo alguno; que no hay nada ‘femenino’ en sus consideraciones y sentencias, como no hay nada femenino en las matemáticas que enseñe una profesora.

¿Cómo explicar que todos esos privilegios que exige un feminismo ideologizado y doctrinario nos aleja de la igualdad, aunque sea por el extremo opuesto?

Leía el otro día en ABC sobre las 24 medidas que ha aprobado o va a aprobar, no recuerdo ese punto, el Gobierno para ‘cerrar’ una brecha salarial que, para empezar, no se debe a discriminación alguna. Y con cada medida me iba deprimiendo más y más. Acabé, además, colorada como un tomate. Sentía con cada paternal medida que me trataban como a una débil mental y emocional, un ser patético al que había que rodear de estímulos, pequeñas trampas y esmerados cuidados para ponerse a la altura de ese ser superior que es el hombre.

¿Cómo insistir en que se está haciendo fatal? ¿Cómo explicar que todos esos privilegios que exige un feminismo ideologizado y doctrinario nos aleja de la igualdad, aunque sea por el extremo opuesto?

Recuerdo esa escena estereotipada de película bélica en la que el soldado le dice al sargento que le daría una paliza si no fuera por la diferencia de rango y entonces el sargento se despoja de sus galones para ponerse en unas condiciones de igualdad que permitan la pelea.

Pues bien, eso querría hacer yo en mi trabajo o ante la ley: despojarme de mi condición de mujer y que se me juzgue como se juzgaría a un hombre, sin paternalismo ni privilegios. De eso, entendía yo, va el artículo de nuestra Constitución que proscribe la discriminación por razón de sexo. Y ahora los grupos que se arrogan mi representación quieren quitarme eso, y devolverme a la condición de damisela desvalida, pronta a la ofensa y a pedir las salas, solo que peor vestida y más furiosa.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.