Wonder Woman.

El otro día me comentaba, desesperado, medio en broma, medio en serio, un amigo, profesor de instituto: “¿Cómo vamos a enseñar física a los niños, si ahora en todas las películas de acción aparece una chica delgadita (y monísima, claro) derribando a unos maromos que le doblan en tamaño?”.

No es el caso de Wonder Woman, la película cuyo estreno es obligatorio comentar, o, al menos, no del todo, porque la chica tiene poderes mágicos.

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Pero no deja de ser curioso que, tras décadas de decirnos que la violencia no consigue nada y que una de las notas de ‘superioridad’ que tenemos las féminas sobre nuestros compañeros de reparto es que no lo fiamos todo a la fuerza física, nos inunden de personajes femeninos que, sin perder un ápice de su belleza femenina ni de su tipazo de pasarela, dan unas palizas tan espantosas como poco verosímiles al primer forzudo que se le ponga por delante.

Y tengo que decir que, de todas las fantasías que nos vende incansable la élite ideológica, esa es una de las más risibles.

Hay una razón para que la violencia de género se resuelva con más frecuencia en la muerte de la mujer que en la del varón, y no, no es que nosotras seamos ángeles de bondad

Cualquiera que no viva en el mundo paralelo de la ficción cinematográfica o, llamémosle así, ‘literaria’, sabe que el marcador en la realidad ni se acerca al que nos cuentan.

Es risible porque es lo contrario a la realidad, y es indignante porque, en lugar de enaltecer a la mujer fomentando aquello en lo que sí es superior al hombre –y no me hagan empezar, porque no acabo-, quieren convertirla en un remedo de macho poco preparado para el papel.

Hay una razón para que la violencia de género se resuelva con mucha más frecuencia en la muerte de la mujer que en la del varón, y no, no es que nosotras seamos ángeles de bondad y ellos, demonios de homicídas por mor del cromosoma Y.

Hay una razón para que existan, en el mundo del deporte profesional, categorías masculinas y femeninas. Está muy bien alegrarse y celebrar a nuestra medallista olímpica en halterofilia, pero mejor no perder de vista que su marca, de ser hombre, ni siquiera le hubiera permitido clasificarse.

Con el deporte femenino, por cierto, amenaza con acabar nuestra reciente aplicación dogmática de la ideología de género, como podía haber previsto el más lerdo: si un tipo ‘asignado al nacer’ con el sexo masculino, decide anunciar que es mujer, nada le impide competir en las categorías femeninas. Y adivinen qué: arrasa.

Ha sucedido hace poco, precisamente, en halterofilia, donde se ha proclamado ‘campeona’ de lejos una persona ante la que hay que hacer un costoso acto de fe en la modernidad para considerar mujer. Pero lo hacemos, ¿eh?, no nos multen.

Otro tanto con una ‘corredora’ en Estados Unidos, que lo gana todo. Lo que hace unas décadas era motivo para descalificar a una deportista y por lo que se hacían chistes de dudoso gusto sobre las atletas del Bloque Soviético es una realidad que pronto se hará universal. Enhorabuena.

La violencia, nos dicen, es mala, pero la mujer violenta es estupenda; está ‘empoderada’, en ese horrible neologismo que cada día se repite con mayor frecuencia.

Por contraste, el hombre se presente en la ficción como un ser débil al que la chica tiene que salvar de apuros

Por contraste, el hombre se presenta en la ficción de moda como un ser débil y un poco ridículo al que -como en la película de Disney ‘Frozen’- tiene ‘la chica’ que salvar de apuros.

Nada que se base en mentiras puede subsistir mucho tiempo, ni sobre ello se puede construir nada duradero.

Pero, mientras, estamos aumentando el caos en el mercado sexual/sentimental. Porque creo no descubrir ningún secreto si digo que, por lo general, a las mujeres no nos gustan los hombres débiles y delicados, y quien crea que a los hombres -salvo a un puñado de ‘frikis’ con posters de Xena la Princesa Guerrera en su dormitorio- les atraen las mujeres capaces de salvarles del dragón, hace tiempo que no frecuenta los cotos de caza.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.