Cartel de la huelga feminista convocada para el 8 de marzo
Cartel de la huelga feminista convocada para el 8 de marzo

La huelga femenina es ya en nada y yo con estos pelos: seguro que se me vuelve a pasar, como Eurovisión todos los años.

Dado que soy del gremio, y no quiero se me acuse de esquirola o de carecer de conciencia social, he tratado de informarme sobre qué reivindicamos, exactamente, y debo reconocer que la cosa no me ha quedado nada clara.

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Veamos: la huelga es una forma de coacción que ejerce el trabajador sobre el jefe que le paga para conseguir de él determinadas condiciones -más sueldo, normalmente, o mejores condiciones de trabajo-, parando la producción de modo que él ceda al ver que pierde dinero.

¿Se espera que salga el Heteropatriarcado de detrás de una barricada esgrimiendo una bandera blanca?

Pero la ‘huelga de mujeres’ no cuadra en ningún esquema que yo conozca, porque cada una de nosotras tiene un jefe distinto -o, las más afortunadas, ninguno-, sus condiciones son muy diferentes e incluso el perjuicio que podemos causar poniéndose en huelga varía enormemente de unas a otras.

Sobre todo, uno sabe que ha ganado la huelga cuando el patrón cede y condece. ¿Qué, en este caso? ¿Qué pedimos? ¿Se espera que salga el Heteropatriarcado de detrás de una barricada esgrimiendo una bandera blanca?

La igualdad salarial. No sé, consulten con cualquier abogado: si a usted, amiga lectora, le pagan menos que a sus compañeros varones por idéntico trabajo -los mismos horario, actividad y responsabilidad-, tengo buenas noticias: no hace falta que vaya a la huelga, basta con que denuncie el caso, que es ilegal.

Nadie sabe muy bien cómo puede satisfacerse sus etéreas demandas, quizá porque es mero postureo de una sociedad mimada y aburrida. Pero la parte más divertida es la que se refiere a las tareas domésticas. Se pretende no solo que dejemos de ir a la oficina, el taller o la tienda, sino que llevemos la huelga al mismo hogar.

Ahora, eso sí que es enormemente divertido, porque no conozco una sola mujer que haga las tareas del hogar obligada. Y, una vez más, si usted conoce algún caso, denúncielo, porque eso se llama “esclavitud” y está penado.

Si mi marido tiene o no tiene la misma carga de trabajo en las tareas del hogar es asunto mío, derivado de un pacto tan libre como personal entre él y yo

El trabajo en casa se hace para uno mismo tanto como para la gente a la que uno quiere. Por supuesto, reivindico mi sagrado derecho a seguir quejándome de que es la primera vez que me siento en todo el santo día, o de que mi hijo tenga su cuarto hecho una leonera. Pero, una vez más, nadie me obliga.

En esto, el feminismo es una de las muchas excusas del poder para entrar en ese sancta sanctorum de la libertad personal que es el hogar. Y por ahí no paso. Si mi marido tiene o no tiene la misma carga de trabajo en las tareas del hogar es asunto mío, derivado de un pacto tan libre como personal entre él y yo, en el que los demás -no digamos una ideóloga de tres al cuarto que ni nos conoce- no tienen nada que decir.

Una de las muchas premisas falsas de que parte el feminismo es que, al tratarse de beneficiar a la mujer, todas las personas de este sexo -¿o es género? ya me pierdo- estarán de su lado. Pero quien no vive en Ideologilandia sino en el mundo real sabe que una mujer no tiene por qué sentirse más cercana a otra mujer de lo que lo está de un hombre, ni suele. La ‘sororidad’ es el timo de la estampita, y mucha jovencita soltera que hoy pueda estar aplaudiendo con las orejas la marginación del varón y la demonización de todo lo masculino probablemente tenga un día que lamentarlo cuando el perjudicado sea un marido, novio, hermano, hijo o amigo.

Porque muchos colectivos humanos se pueden enfrentar acerbamente, como quiere lograr la izquierda; pueden enfrentarse nacionalidades y razas, pueblos y clases y partidos. Pero tratar de enfrentar a hombres y mujeres es, además de terriblemente destructivo, fútil en última instancia. Lo que ha unido la naturaleza no lo va a separar una caterva de viragos criadoras de gatos.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.