Cruda realidad / Mezclan hombres y mujeres en la liga juvenil de ‘basket’ valenciana y la lían parda

    Solo en Estados Unidos, que no es el país más poblado del mundo ni el segundo ni el tercero, hay 20.000 varones más rápidos que la mujer más rápida del mundo. No es ninguna conspiración, ni un 'constructo' ni nada de eso; es biología, como han (re)descubierto los aficionados al baloncesto en Valencia.

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    Niños y niñas juegan juntos al baloncesto. / Fundación Deportiva Municipal de Valencia.
    Niños y niñas juegan juntos al baloncesto. / Fundación Deportiva Municipal de Valencia.

    Me van a perdonar, pero no me puedo parar de reír; en serio, estoy llorando, qué gran colofón después del aquelarre del pasado viernes, esa ‘huelga’ en la que nuestras feministas llegaron al paroxismo de la irrealidad. Me refiero a la noticia que leo en el diario Levante, del que advierto ya que voy a citar profusamente:  «Fracaso total en el «invento» de igualdad en las ligas juveniles de baloncesto».

    No me digan que no es GENIAL. Es lysenkoísmo puro en versión feminista, alguna indiscreta que cometió el error fatal que siempre evitan las feministas que conocen el paño: creerse su propio cuento.

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    Para entenderlo, conviene saber que hay tres tipos de feministas. No es una taxonomía exclusiva del movimiento, sino que puede aplicarse a cualquiera de las sucursales monográficas de la izquierda: ecologismo, movimiento LGTB, animalismo, indigenismo, y lo que ustedes quieran.

    El primer tipo es la feminista profesional. Es la que mueve todo el cotarro, vive del feminismo o espera vivir de él, y tiene clarísimo de qué va, es decir, que si quiere durar en su puesto tiene que ignorar cuidadosamente toda muestra de machismo en la izquierda, por flagrante que sea, salvo instrucciones precisas del alto mando.

    Es un personaje realista, y su objetivo es un cargo o algún tipo de bicoca o, en todo caso, beneficiar a algún partido o grupo de izquierdas. En el mejor de los casos, cree que las políticas feministas pueden dar ventajas a las mujeres y ella, al fin, es una mujer. No tiene que ser necesariamente, ni suele serlo, el genio de la lámpara, pero sí es lo bastante lista para saber que la inmensa mayoría de lo que dice es falso.

    La feminista profesional repite la pretenciosa sandez de la Beauvoir, esa geisha de Sartre, de que «una no nace mujer, sino que se hace», pero sin forzarlo

    El segundo tipo es la grouppie. Constituyen el grueso en la diversas movidas, marchas multitudinarias y mensajes en redes sociales. Su feminismo tiene la profundidad de un charco. Es feminista porque mola ser feminista y porque decirlo puede atraer la atención sobre ella momentáneamente, e incluso hacerla parecer inteligente. Es absolutamente gregaria y abandonaría el feminismo en menos tiempo del que tardo yo en decirlo si no estuviera de moda o le hiciera quedar mal. De hecho, en su vida personal el feminismo, fuera de algunos comentarios acabados en «tía», no pinta absolutamente nada, ni en su relación con sus congéneres, ni con su familia ni con los chicos. Cero.

    Y el tercer grupo son las true believers, las fanáticas, las que se creen todo el rollo ocultista conspiranoico del Patriarcado Opresor y echa la culpa de todos los males al aborrecible sexismo, empezando por sus innumerables fracasos personales. Esta es un peligro, y por eso, aunque se la usa con largueza como fuerza de choque, no se le deja que se acerque a puesto alguno de responsabilidad.

    La primera, pragmática, sabe que la regla esencial es no poner nunca a prueba la teoría. Hay que gritar que las mujeres son idénticas a los hombres en todo y que el género es un ‘constructo cultural’ y repetir la pretenciosa sandez de la Beauvoir, esa geisha de Sartre, de que «una no nace mujer, sino que se hace», pero sin forzarlo. Se hablará de que las mujeres están tan capacitadas como los hombres para ocupar puestos directivos, pero exigiendo cuotas, no animando a las mujeres a que lo peleen; se pedirá la paridad al 50%, pero en el Parlamento o el Consejo de Administración, no entre los poceros o los peones de albañil. En general, no se pondrá a sí misma en ridículo ni su teoría poniéndola realmente a prueba.

    A la grouppie el asunto, más allá de explotarlo para su lucimiento o diversión, no puede importarle menos.

    El peligro está en la fanática, la creyente. Y parece que en el Ayuntamiento de Valencia se les ha colado una, procedente de los socialistas. Partiendo del falsísimo principio de que varones y hembras somos iguales en todo, ha decretado que las ligas de baloncesto locales sean mixtas. Y el resultado ha sido previsiblemente desternillante.

    Cito: «Chicos con barba de 1,95 metros contra chicas de 1,80. Cuerpos de 90 kilos chocando contra otros de 65. Chicas que rehúyen del bloqueo por no pegar sus pechos a la espalda del contrincante. Árbitros a quienes los partidos se les van continuamente de las manos porque no saben cuándo es falta y cuándo es contacto. Resultados escandalosos».

    Otro movimiento de la modernidad, especialmente pujante estos días, el ‘transgénero’, sí está arruinando el deporte femenino

    Ay, nunca agradeceré bastante a la edil iluminada el buen rato que me ha hecho pasar. Venga, un poco más. Habla un entrenador: «Este invento es discriminatorio, humillante, ofensivo. ¿Cómo juntas a jugar a baloncesto a hombres y mujeres de 18 años? Mis jugadoras se quejan de que las tocan, aunque sea sin mala voluntad. Alguien ha querido mezclar política y deporte, y se ha equivocado. Todos estamos de acuerdo en que hay que luchar mucho por la igualdad, pero esto es lo contrario. Han destrozado una liga. Cada vez vienen menos jugadoras a entrenar, se están dejando el baloncesto».

    Ya, ya sé que es una maldad que me ría, pero me lo imagino y no puedo evitarlo, que me perdonen los aficionados valencianos al baloncesto.

    Nada tan satisfactorio, por otra parte, como tocar la realidad. Pero si el feminismo es, salvo en este caso tan divertido, lo bastante sensato como para volver calladamente a las selecciones masculina y femenina y aquí no ha pasado nada y esto no se vuelve a mencionar, otro movimiento de la modernidad, especialmente pujante estos días, el ‘transgénero’, sí está arruinando el deporte femenino. El otro día leí de una carrera en la que la primera y segunda clasificada habían nacido varones y, si solo tuviera que juzgar por la fotografía, siguen siéndolo sin cambios perceptibles.

    Miren, solo en Estados Unidos, que no es el país más poblado del mundo ni el segundo ni el tercero, hay 20.000 varones más rápidos que la mujer más rápida del mundo. No es ninguna conspiración, ni un ‘constructo’ ni nada de eso; es biología, como han (re)descubierto los aficionados al baloncesto en Valencia.

    Ahora ya solo falta -¡ánimo!- que den un pasito lógico más y se den cuenta de que la Naturaleza (o Dios, como ustedes vean) no tiene razón alguna para detener el dimorfismo sexual en el cuello, y que si nos ha hecho distintos en lo físico, tiene todo el sentido del mundo que también nos haya hecho diferentes en lo psicológico. ¡Vive la difference!

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