Cruda realidad / Ninguno de los líderes de las 4 mayores economías europeas tiene hijos

    La infertilidad de los líderes es un reflejo de los vientres secos de Europa. Si Merkel no tiene hijos, el 30% de las mujeres alemanas tampoco. Lo mismo puede decirse de Theresa May, Macron y Paolo Gentiloni.

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    Merkel, May, Macron y Gentiloni
    Angela Merkel,Theresa May, Emmanuel Macron y Paolo Gentiloni: cero hijos

    ¿Qué tienen en común los líderes de las cuatro mayores potencias económicas europeas, Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña? ¿Qué tienen en común Merkel, Macron, Gentiloni y Theresa May?

    Muchas cosas, sí, pero los cuatro comparten una peculiaridad bastante significativa: ninguno tiene hijos biológicos.

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    A estos hay que sumar al sueco Stefan Löfven y el primer ministro holandés Mark Rutte.

    La coincidencia es extraordinaria, incluso en un momento de honda crisis demográfica en Europa con el consiguiente envejecimiento acelerado. La pregunta es si, en igualdad de condiciones, importa o no que los gobernantes no sean padres.

    Ya sé que llamar la atención sobre peculiaridad tan señalada es, en sí mismo, machista y heteronormativo y odioso

    Ya sé, por supuesto, que la línea oficial es que llamar la atención sobre peculiaridad tan señalada es, en sí mismo, machista y heteronormativo y odioso; y todos los tapabocas habituales nos disuaden de notar lo anómalo.

    Al contrario, no son pocos los que apuntan que carecer de familia permite a nuestros representantes centrarse más intensamente en los asuntos de la cosa pública, sin preocupaciones añadidas que les distraigan y sin la tentación nepotística que puede suponer una nutrida descendencia.

    Pero en redes sociales, donde todavía queda gente que se sale de la férrea ortodoxia que amordaza al periodismo ‘de prestigio’, hay quien ha señalado que no tener descendencia supone tener un menor interés personal en la posteridad, algo que me parece bastante probable.

    Así lo ve el filósofo alemán Rüdiger Safranski cuando escribe: «Para quienes carecen de hijos, pensar en términos de generaciones por venir pierde relevancia. Por tanto, se comportan cada vez más como ellos fueran los últimos y se ven a sí mismos como situados al final de la cadena».

    Y si hay una mentalidad que agrava hoy todos nuestros problemas hasta hacerlos casi insolubles es esa mentalidad centrada en el corto plazo.

    Casi todo lo que parece venírsenos encima como un alud que amenaza con enterrarnos es consecuencia de no pensar más allá de los próximos, pocos, años. El propio sistema de mandatos electorales de 4-5 años incentiva en los políticos, cuyo fin primordial es ejercer el poder y mantenerse en él, la urgencia de parchear y, sobre todo, evitar todo sacrificio que, aunque aconsejable para el futuro, pueda traducirse en el horizonte inmediato en una derrota electoral.

    Citen el que quieran: la quiebra a plazo fijo de la Seguridad Social y, en general, del Estado del Bienestar, la baja tasa de ahorro, la inmigración masiva con el riesgo cierto de remplazo cultural y conflictos que van mucho más del más aparatoso de todos, el terrorismo; la desaceleración de la innovación y de la creación de nuevas empresas, una labor que suelen emprender más los jovenes que los de mayor edad…

    Porque la cultura de la inmediatez, aunque reforzada por los mecanismos del sistema, está absolutamente instalada en nuestra mentalidad. Y en nada se hace tan evidente ese suicidio gradual como en el hecho de no reproducirnos. No hay país de peso en Occidente que tenga hijos por encima de la tasa de remplazo -es decir, el mínimo para que la poblacion se mantenga, sin crecer ni disminuir-, y en la inmensa mayoría de los casos se mueve en promedios, nos advierten los demógrafos, de los que ninguna civilización en la historia se ha recuperado.

    La infertilidad de los líderes es un reflejo de los vientres secos se Europa. Si Merkel no tiene hijos, el 30% de las mujeres alemanas tampoco; el 40%, en el caso de las graduadas universitarias.

    El caso es tan alarmante que la ministra de Defensa, Ursula von der Leyen, ha declarado que, a menos que las alemanas cambien la tendencia y empiecen a tener hijos, el país tendrá que «apagar las luces”.

    Pero quizá el caso más significativo y, desde luego, el de mayor actualidad es el del recién nombrado presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron. Lo que alarma a tantos franceses y ha llevado a la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, a la segunda vuelta de las presidenciales francesas, la islamización de Francia, no le quita el sueño al nuevo presidente.

    Pero es que Macron no tiene que temer por que sus descendientes vivan en una Francia musulmana, ya que no deja ninguno.

    Los musulmanes saben cómo se gana el juego de la historia, de ahí que el Erdogan anime a sus compatriotas en Alemania a tener «cinco hijos»

    Porque en este vacío democrático es evidente quiénes heredarán el Continente, y no son los mismos cuyos valores lo construyeron.

    Los musulmanes entienden mucho mejor que nosotros cómo se gana el juego de la historia, de ahí que el líder turco Erdogan animase a sus compatriotas en Alemania a tener «cinco hijos» y los imanes no dejan de exhortar a sus fieles para que engendren.

    El choque cultural que niegan nuestros inconscientes líderes es para los líderes musulmanes una razón clave para prepararse con la mejor arma que se conoce: la poblacion.

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