Cruda realidad / Se busca piropeador ocasional; razón: Espejo Público

    Que el piropo desaparezca no es malo en sí; es, incluso, de agradecer en muchos casos, quizá la mayoría. Pero lo ha hecho porque ese feminismo agresivo que esgrime la ley como una maza amenazadora ha sembrado el terror.

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    Reportaje sobre el
    Reportaje sobre el "acoso" a piropos en Antena 3, donde las 'agresiones' estaban pactadas.

    La fábrica de ‘fake news’ en la que se ha convertido el complejo mediático oficial exige dos cosas: ocultar los problemas que de verdad existen y subrayar los que se inventan.

    Podemos quiere prohibir los piropos, una plaga que está causando estragos incontables y que eclipsa cualquier ‘emergencia social’, como esos niños muriendo de inanición que desaparecen como extras cuando el director ya no los necesita.

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    Bien, sí, es bastante idiota, pero es que hemos acordado fingir que el heteropatriarcado anda suelto, más poderoso que nunca, porque eso es lo que da de comer a la progresía tontorrona en un país demasiado opulento para su propio bien. Y ‘Espejo Público, un programa de Antena 3 presentado por esa chica tan mona, Susana Grisso, ha salido a la calle a grabar con cámara oculta lo terriblemente expuestas que estamos las mujeres atractivas al asalto y acoso del piropeador ocasional.

    En el dramático vídeo nos sacan a una chica también de muy buen ver cuyos delicados oídos son soezmente asaltados por ese patriarca inevitable que acecha en cada esquina en toda ciudad española.

    «Una reportera de Espejo Público acosada con piropos en plena calle: «Qué polvo tienes guapa», contaban en la previa al reportaje que se iba a emitir esa mañana. Por todas partes anunciaron que se vería cómo Claudia García, la periodista encargada del estremecedor reportaje, había sido acosada por varios hombres, cerca de la madrileña Plaza de Castilla y a plena luz del día.

    «Contra los piropos fulminó hace ya tiempo Cristina Almeida, pidiendo su prohibición porque, dijo, ‘quería poder ir tranquila por la calle'»

    Solo que todo fue teatro, los piropos estaban pactados con los presuntos piropeadores, uno de los cuales incluso se confesó gay y, por tanto, presumiblemente inmune a los encantos de la García.

    No es solo que los piropos no hayan sido nunca un grave problema social, por más que en su día el dictador Primo de Rivera los castigase con multa; ni que puedan ser incluso, en ocasiones y dichos con gracia y buen gusto, un alimento de la autoestima para no pocas. Es que ni siquiera se piropea ya.

    «El piropo ha desaparecido porque ese feminismo agresivo que esgrime la ley como una maza amenazadora ha sembrado el terror en muchos, el recelo en no pocos e incluso cierto resentimiento en algunos»

    Contra los piropos fulminó hace ya tiempo Cristina Almeida, pidiendo su prohibición porque, dijo, “quería poder ir tranquila por la calle”. Voy a arriesgarme al asegurar que doña Cristina puede ir bastante segura en ese sentido.

    Aquí, digamos, se cruzan tres temas, cada uno de los cuales da para muchas columnas, algunas de las cuales hemos tenido la osadía de escribir aquí mismo: la creciente necesidad de los grandes medios de manipular para vender su basura progresista (al tiempo que acusan de ‘fake news’ a los pequeños, lo que tiene su gracia); el vacío que ha dejado en la izquierda radical su renuncia tácita a los presupuestos obreristas que constituyeron su razón de ser, luego del repetido fracaso del comunismo y su reciente y callada alianza con las grandes finanzas internacionales; y, por último, la obsesión del feminismo de pintar al varón como un troglodita violento, el mejor de ellos violador en potencia.

    Y añadiría otro, derivado del anterior: la desaparición del piropo. Que el piropo desaparezca no es malo en sí; es, incluso, de agradecer en muchos casos, quizá la mayoría. Pero si ha desaparecido no es, como hubiera sido deseable, porque se haya extendido un nuevo civismo que haga la vida pública más agradable y segura; sabemos que no es así. Ha desaparecido porque ha desaparecido también el mero cumplido, porque ese feminismo agresivo que esgrime la ley como una maza amenazadora ha sembrado el terror en muchos, el recelo en no pocos e incluso cierto resentimiento en algunos.

    El nuevo feminismo, ese que lleva a la vicepresidente Calvo a querer cambiar la redacción de la Constitución o a obligar a todas las empresas a que tengan idéntico número de hombres que de mujeres, no nos ha hecho más felices a las mujeres; solo ha logrado agriar la relación ancestral entre los sexos, sobre la que se basa no ya nuestra civilización, sino cualquier sociedad y la propia vida humana.

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