El movimiento #MeToo denuncia acoso de magnates de la industria cultural hacia mujeres.
El movimiento #MeToo denuncia acoso de magnates de la industria cultural hacia mujeres.

Las ‘cazas de brujas’ son fenómenos recurrentes en las sociedades, algo parecido a ataques de histeria colectiva, y están bastante estudiados.

Cuando una acusación se extiende, cuando denunciar a alguien por determinada conducta -ser una bruja- empieza a multiplicarse, llega un momento en que casi la única manera de librarse de la acusación es acusar a otro.

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Lo último que hemos vivido en este sentido ha sido el movimiento #MeToo, que se inició cuando una serie de actrices acusaron al productor de Hollywood Harvey Weinstein de haber pretendido sus favores sexuales a cambio de trabajar en sus películas. En seguida empezaron a hablar otras, que decían haber permanecido en silencio por miedo a represalias, luego se convirtió en ‘hashtag’ de redes sociales y, al final, la presión para, siendo actriz, sumarse al movimiento se hizo insoportable: si no te había sometido a una ordalía sexual el ‘macho alfa’ de turno para avanzar en tu carrera no eras nadie.

Estas cosas no suelen acabar bien; que paguen justos por pecadores es casi inevitable, o inevitable del todo.

Que se lo digan a Benny Fredriksson, si no. En diciembre pasado tuvo que dimitir como director del centro de arte y cultura de Estocolmo, el Kulturhuset Stadsteatern, después de que el primer diario del país, Aftonbladet, ‘informase’ de que Fredrikson había permitido que actores acosasen sexualmente a las actrices, había presionado a una mujer para que abortase y había convertido el teatro municipal en una ‘dictadura’ personal.

Al final, nada de eso ha resultado cierto, lo que no ha impedido que Fredriksson haya acabado suicidándose. El movimiento #MeToo se ha cobrado una nueva víctima. Me pregunto si no les gustaría colgar su cabeza en una hipotética sala de trofeos.

Un exhaustivo reportaje de la cadena de televisión STV, así como una investigación en toda regla emprendida por el ayuntamiento, han concluido que las ‘informaciones’ de Aftonbladet carecían completamente de base. Un poco tarde.

El pasado noviembre, la policía sueca informó de un aumento en un solo mes de un 33% en las denuncias de delitos sexuales. Ahora bien, es prácticamente imposible, salvo por una causa claramente visible y catastrófica, que la incidencia de un crimen, el que sea, aumente en un tercio en un mes. Casualmente (no), coincidía con esta ‘moda’ del #MeToo.

“Veo infinitamente más probable que haya aumentado el número de quienes quieren, sin más, apuntarse al carro de la notoriedad, cuando no aprovechar el río revuelto para llevar a cabo venganzas sentimentales”

Quienes defienden el movimiento sostienen que este dato es positivo, ya que significa que mujeres que antes no se atrevían a denunciar lo hacen ahora siguiendo el ejemplo de las famosas.

Considérenme escéptica. No imagino a los suecos, una sociedad desde hace años marinada en un adobo de progresismo de alta intensidad, propasándose con sus compatriotas en esas proporciones.

Veo infinitamente más probable que haya aumentado el número de quienes quieren, sin más, apuntarse al carro de la notoriedad, cuando no aprovechar el río revuelto para llevar a cabo venganzas sentimentales o sacar algún provecho crematístico o de otro tipo de todo esto.

Hay leyes universales e inmutables que a una le da vergüenza tener que repetirlas continuamente, pero allá voy: lo que se premia, se multiplica. El premio puede ser una indemnización, o la maligna satisfacción de ver sufrir a un enemigo, o la mera notoriedad.

Es absolutamente irresponsable que los medios e incluso, directa o indirectamente, promocionen estas cazas de brujas que, irremediablemente, se saldrán de madre. Ojalá mi voz llegara más lejos y tuviera más peso, porque mañana mismo iniciaría campaña bajo la etique #YoTampoco

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