El presidente de Hungría, Viktor Orban / Wikimedia

La ‘bestia negra’ de los globalistas europeos y de los progres de todo el mundo, el primer ministro húngaro Viktor Orbán, ha vuelto a dar motivo para que nuestras élites culturales echen espumarajos por la boca y pidan su cabeza en una bandeja de plata al defender en una entrevista con el diario portugués Expresso la definición tradicional de familia: un hombre con una mujer y sus hijos.

No es que sea necesario. El hombre al que se la tienen jurada desde Angela Merkel hasta el millonario americano de origen húngaro George Soros ya se ocupó en su momento de descartar todo juego político con la familia en la propia Constitución, la que venía a sustituir a la vieja Carta Magna comunista y que abre con una invocación a Dios y una petición para que bendiga a los húngaros.

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Y si les parece relativamente inofensivo defender la familia de toda la vida o la independencia de la nación y su pueblo, solo tiene que ver la portada del último dominical del primer periódico de Alemania, el Frankfürter Allgemeine Zeitung. En un número dedicado a criticar ferozmente al partido que ha dado la campanada en las últimas regionales, Alternative für Deutschland, no se les ha ocurrido peor forma de insultarles que la imagen de una mujer, un hombre y sus tres hijos, todos ellos alemanes nativos, con el rótulo: ‘Esta es la Alemania que quiere AfD’. Preferimos no imaginar qué Alemania prefieren los responsables de la publicación. Lo normal se ha convertido en la última perversión para el pensamiento dominante.

Portada del suplemento dominical del diario Frankfurter Allgemeine
Portada del suplemento dominical del diario Frankfurter Allgemeine

El caso es que Orbán osó decir también en la entrevista con el periódico luso que el cristianismo es una tradición que debe respetarse porque “sin ella no hubieramos sobrevivido estos últimos mil años”, una verdad que hoy suena casi ofensiva. O sin el casi.

No se nos puede pedir que llamemos pera a una manzana. No es una cuestión de derechos humanos, sino de llamar a las cosas por su nombre

En cuanto a la familia, repitió que es la base de la nación y subrayó: “queremos dejar claro que solo un hombre y una mujer pueden casarse y formar una familia. Según el Código Civil…, los homosexuales pueden hacer lo que quieran pero no pueden constituir un matrimonio reconocido por el Estado”.

Y sigue ahondando en la herida: “No se nos puede pedir que llamemos pera a una manzana. Si una persona vive con otra sin querer tener hijos, no están fomentando la milenaria tradición húngara del matrimonio entre hombre y mujer. Si un hombre y una mujer viven juntos, se casan y tienen hijos, eso es lo que llamamos una familia. No es una cuestión de derechos humanos, sino de llamar a las cosas por su nombre.

Viktor Orbán recordó que esta definición es la que se recoge en la nueva Constitución y que el pueblo húngaro está plenamente satisfecho con ella. Nadie quiere cambiar las leyes, dijo, lo que significa que la nueva Constitución funciona.

La gota que derramó el vaso de la paciencia de Bruselas ha sido su actitud con respecto a los así llamados ‘refugiados sirios’

Viktor Orbán es una ‘rara avis’ en la política europea, un político enormemente popular en su país que se ha atrevido a desafiar a toda la élite bienpensante europea. Su nueva constitución le valió amenazas y sanciones por parte de sus socios europeos, aunque la gota que derramó el vaso de la paciencia de Bruselas ha sido su actitud con respecto a los así llamados ‘refugiados sirios’ -muchos de los cuales no son ni lo uno ni lo otro-, al negarse a acoger a la cuota asignada por la Comisión Europea.

Las razones que aduce en este caso son las mismas que esgrime para defender su protección de la familia natural: si Europa abre de par en par sus puertas a las oleadas de inmigrantes musulmanes, desaparecerán su identidad y sus raíces cristianas.

De hecho, Orbán ha ‘declarado la guerra’ a Bruselas en este aspecto, pero la batalla que inició en solitario está atrayendo aliados: el Grupo de Visegrado -Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia- son ya un formidable obstáculo para el intervencionismo globalista de Bruselas.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.