Cruda realidad / El ‘acoso’ impune de Katy Perry

    Lo que pasa hoy por debate ideológico es una constante partida a la carta más alta, siendo la carta más alta la carta más baja. Quiero decir, el grupo certificado que consigue pasar por el más oprimido es el que tiene derecho a oprimir.

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    En el popular programa de la televisión americana ‘American Idol’ -el equivalente gringo de Operación Triunfo- la famosa cantante Katy Perry, miembro del jurado, besó por sorpresa en la boca a uno de los concursantes, Benjamin Glaze, de 19 años, a quien no le hizo demasiada gracia el asalto.

    Todas las palabras se usan hoy mal; con ninguna de las importantes quieren decir lo que se supone que significan. Y esa es la raíz de nuestros problemas.

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    Con estos ojos que se han de comer la tierra he visto elogiar en prensa como ejemplo de ‘paridad’ una redacción constituida exclusivamente por mujeres, así como poner como ejemplo de ‘diversidad’ un barrio donde solo viven pakistaníes. Se entiende, porque todo el mundo sabe a estas alturas que ‘paridad’ significa en realidad ‘menos varones’ y diversidad, menos europeos nativos.

    Kate Perry dio por hecho que ella estaba plenamente autorizada para hacer algo que, de intentarlo meramente cualquiera de sus compañeros, hubiera provocado su inmediata expulsión, si no el cierre del programa

    Otro tanto pasa con ‘discriminación’. ‘Discriminar’, en el moderno vocabulario, significa discriminar contra alguno de los grupos protegidos por la izquierda, no contra los ‘sospechosos habituales’: varones, nativos, blancos, heterosexuales, cristianos…

    Por eso Kate Perry dio por hecho que ella estaba plenamente autorizada para hacer algo que, de intentarlo meramente cualquiera de sus compañeros, hubiera provocado su inmediata expulsión, si no el cierre del programa.

    Porque Perry es mujer. Y Glaze, varón. Jaque.

    Aquí hay dos asuntos, ambos interesantísimos de debatir y que dicen muchísimo sobre la nueva hipocresía. Vamos con el primero.

    Perry, como perfecto clon ideológico de su tiempo y aún más de su profesión, será una fervorosa defensora de la igualdad, así, en abstracto. Pero luego hay que vivir la vida real, y son pocos los ideólogos tan puros que no se apean de su ideología cuando acaban con el postureo y los sermoncitos destinados a la prensa y se ponen los más cómodos pantalones del sentido común.

    Y el sentido común y la práctica -¿me atreveré a decir ‘los prejuicios’, esa cosa tan sana?- han enseñado a Kate lo que de verdad sabe, que hombres y mujeres no somos iguales y que la abrumadora mayoría de estos no se ofenden, precisamente, si una ‘celebrity’ pasablemente mona les besa en la boca. Vamos, que lo anuncia y seguro que hay cola.

    Kate, Dios la bendiga, actúa como sabe y no como dice saber. Hace mal, claro, pero al menos su gesto revela que, bajo la fina capa de las consignas que regurgita cuando la ocasión lo exige, sabe que los dos sexos no son lo mismo ni reaccionan igual.

    Benjamin parece un buen chico, y es muy loable eso que dijo que esperaba que su primer beso en los labios fuera el de esa ‘persona especial’. Pero convendrán conmigo en que eso resulta bastante excepcional.

    Y vamos con el segundo aspecto.

    Lo que pasa hoy por debate ideológico es una constante partida a la carta más alta, siendo la carta más alta la carta más baja. Quiero decir, el grupo certificado que consigue pasar por el más oprimido es el que tiene derecho a oprimir.

    Uno tiene que tener siempre en la cabeza, si quiere navegar por las procelosas aguas de la vida pública, no si lo que dice tiene algún sentido o no, sino a quién va a molestar. Y no siempre es fácil. Es claro que a los varones nativos, cristianos y heterosexuales no hay que tenerlos en cuenta en absoluto, vienen a ser los ilotas de nuestro tiempo. Pero, ¿y si algo que favorece a las mujeres parece irritar a los homosexuales? ¿Cómo decido sobre una medida que defienden los ecologistas, pero perjudica a una tribu indígena del Amazonas? Hay que tener una tabla delante permanentemente actualizada para ver la cotización de qué grupo sube y la de cuál otro baja.

    Lo veíamos con Telford el otro día, en un caso sangrante; lo vemos hoy con Katy, en una anécdota banal. Inmigrante gana a indígena. Mujer gana a hombre. No hay más, solo saber quién manda.

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