Un grupo
Un grupo "espontáneo" rodeó el autobús de HazteOir.org que denuncia el feminismo radical junto a la Plaza de Las Ventas en Madrid. /HO

Habíamos arrancado otra vez desde el Bernabéu, donde el autobús aparcado entre los excursionistas robaba la atención al coliseo. Los adolescentes, los abuelos y los nostálgicos del fútbol se apretujaban tras sus teléfonos para inmortalizarlo. Pocas veces algo inmóvil y en silencio habrá gritado con tanto estruendo. Las disputas sobre nuestro lema se esparcían por la mañana con una efervescencia inesperada.

Pero tras intervenir en directo en el más popular programa matutino de la televisión, el resto de las cadenas se nos echó encima. Nos pedían participar en coloquios en directo, entrevistar a nuestro portavoz, conocer el autobús por dentro o espacio para filmar nuestra rotulación. Las cadenas de televisión se retroalimentaban unas a otras pugnando por el mejor plano o la entrevista más original. Desde los platós pedían sin cesar conexión con los corresponsales que se apiñaban en torno a nuestra expedición.

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Los mismos platós azuzaban la polémica. Desafortunadamente, las razones de las polémicas se limitaban al lucimiento de los contertulios. Cavernícolas, retrógrados, embaucadores eran los calificativos más suaves que enfrentaba nuestro portavoz cada vez que se ajustaba los auriculares. Las estrellas mediáticas que conducían los programas en los platós maldecían del autobús en su afán de amoldarse a los efímeros impulsos emocionales de sus espectadores, en los que ha anidado el nuevo marxismo cultural.

A mitad de la mañana cambiamos el plan. Montamos en el autobús a los corresponsales de las cadenas de televisión y los llevamos con nosotros a las sedes de los partidos políticos a los que solicitábamos la derogación de las leyes de género. Les brindamos sus mejores planos. Desde la cabina, los camarógrafos se afanaban en capturar las reacciones de los transeúntes ante el paso de nuestra comitiva de un único vehículo.

Nuestro portavoz fue liquidando las entrevistas. Era sorprendente verlo cambiar sus gestos y hablar de manera a veces sonriente y a veces airada, mirando a cámara mientras luchaba por abrirse camino entre los ataques que desde los platós se le venían encima sin que nosotros pudiéramos ver u oír ninguna cosa. Daba la impresión de que hablaba con fantasmas.

Como no era fácil estacionar nuestro vehículo reptiliano, para las últimas conexiones nos detuvimos junto a la plaza de toros de Las Ventas, en la calle de Julio Camba. A quienes no lo conozcan les gustará saber que Julio Camba escapó de su casa con trece años y se embarcó como polizón en un barco que acabó en Argentina. Comenzaba el siglo XX y Julio Camba se puso a escribir panfletos anarquistas. Como es natural, fue expulsado de la Argentina. A su vuelta a España y tras asombrar al país con la calidad de las crónicas que enviaba a los periódicos, se convirtió en el más grande articulista español del siglo. Pronto cambió de bando escribiendo para ABC. Sus últimos quince años los pasó viviendo solo en la habitación 383 del hotel Palace de Madrid, en la que un día se desplomó muerto.

Otro “espontáneo” de mediana edad dirigía el grupo. Iba colocando a sus cachorros a un lado y a otro del vehículo, dando instrucciones con el brazo como un profesor de gimnasia

No sabíamos si a los periodistas que entrevistaban a nuestro portavoz el nombre de la calle les habría dicho algo, pero los ojos de Julio Camba, que en vida había pedido el derecho a voto para los muertos, les escrutaban tras la lápida que lleva su nombre.

A mitad de la última conexión con plató surgió por fin el espectáculo.

Un grupo de unos veinte o treinta jóvenes, organizados por siete u ocho adultos, irrumpieron “espontáneamente” durante la emisión mostrando pancartas “espontáneas” tras nuestro portavoz. La cadena de televisión se regocijó incorporándolos al debate. Poco a poco el número y la agresividad de los congregados fue creciendo, y estaba por ver si aquello se convertía en una acción peligrosa para nuestro equipo.

Los jóvenes, muchos de ellos menores, se alzaban unos a otros para colgar pegatinas en los costados de nuestro autobús. Otro “espontáneo” de mediana edad dirigía el grupo. Iba colocando a sus cachorros a un lado y a otro del vehículo, dando instrucciones con el brazo como un profesor de gimnasia. Era un tipo fornido, calvo o rapado, con unos aritos en las orejas y un cuello de jabalí viejo. Su mirada metálica se clavaba como una navaja, pero hablaba con frialdad y educación. Se dirigía a nuestro portavoz de manera casual, con confianza, a una distancia de centímetros, y mientras le componía en la cara la sonrisa helada de los verdugos iba pegando sobre el autobús sus pancartas y panfletos.

Nuestro portavoz se mostraba brillante en cámara. En los interludios del programa intentaba razonar con los congregados y justificar nuestro mensaje, pero allí las razones no interesaban a nadie. Estos hijos de Camba estaban viviendo su época anarquista -hoy feminista-, pero en lugar de marchar a Argentina se empecinaban contra el lema de nuestro autobús, que para ellos es más grande que América. A lo mejor dentro de algunos años darán el mismo vuelco ideológico que dio Camba y nuestro mensaje les estaba calando hoy sin ellos darse cuenta; la mayoría oían razones contrarias a las de su adoctrinamiento por primera vez.

Al final sucedió lo que escribía Camba sobre los franceses, que fueron como una botella de champán. Se habían abierto con un ¡pum! brillante y efervescente que nos tuvo expectantes ante lo que pudiera venir a continuación, y no sucedió nada.

Como final de la jornada deambulamos por las calles de Madrid.

Supimos de un acto de Santiago Abascal con jóvenes, y hacia allí dirigimos nuestro mensaje nuclear. Ya era tarde y la noche comenzaba a levantarse en las calles. Cuando nos aproximamos, unas luces blancas y frías alumbraban la fachada del teatro en cuyo exterior se congregaban los jóvenes. Nuestro autobús robaba el protagonismo a cualquiera. Como ocupábamos toda la calzada y resultaba imposible ignorarnos, terminamos el día desfilando muy lentamente frente al teatro exhibiendo nuestra más segura arma: el silencio.

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