Grupos de violentos vandalizan el autobús de HazteOir.org que denuncia el feminismo supremacista en Barcelona. /HO
Grupos de violentos vandalizan el autobús de HazteOir.org que denuncia el feminismo supremacista en Barcelona. /HO

El rosa fucsia que caía del cielo a las siete de la mañana había entrado en nuestra furgoneta convirtiendo nuestro viaje en una experiencia psicodélica. De camino habíamos leído que el gobierno catalán detendría el autobús nada más poner una rueda en Cataluña. Pero el autobús con el que defendíamos la derogación de las leyes de género llevaba ya dos días oculto a diez minutos de Barcelona.

No sabíamos si alguna concentración violenta o los mismos Mozos de Escuadra nos impedirían la entrada en la ciudad, por lo que mantuvimos escondido el autobús tras una colina mientras convocamos la rueda de prensa en un hotel lejos de nuestro vehículo. La reunión fue tensa y con pocas preguntas. Todos sabíamos lo que podíamos desencadenar entrando en Barcelona, y lo aprovechamos.

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Sabíamos que los periodistas no podían marcharse sin sus fotografías ni sus filmaciones, de manera que los invitamos a subir al autobús y entrar con nosotros en Barcelona. Para entonces los grupos organizados para impedir nuestra llegada ya sabían de nuestros movimientos. Habíamos previsto que algunos periodistas afines al independentismo harían un trabajo doble. Informarían del acontecimiento, pero también lo desencadenarían.

El ataque sucedió con una precisión insólita. Diez o quince encapuchados saltaron desde ningún lugar y se situaron en la calzada frente al autobús agitando sus brazos

En una día que había quedado gris y limpio entramos en la ciudad. Condujimos por la avenida de Pedralbes sin consecuencias, y enfilamos la Diagonal, que corta la ciudad en dos, promoviendo un conciliábulo de ojos pasmados al ver nuestro autobús y nuestro mensaje recorriendo el centro de Barcelona. Nos desplazamos lentamente durante unos doscientos o trescientos metros, con parsimonia, integrantes únicos del inesperado desfile procesional.

El ataque sucedió con una precisión insólita. Diez o quince encapuchados saltaron desde ningún lugar y se situaron en la calzada frente al autobús agitando sus brazos en el aire de la mañana. Si no frenamos bruscamente nos los hubiéramos llevado por delante. Otros quince o veinte más aparecieron desde el fondo de la tierra y rodearon el vehículo por ambos costados. La operación de asalto fue una acción militar perfecta.

Los primeros se colocaron en fila de a cuatro frente al autobús, de manera que un embate nuestro no empujaría su línea de contención sino que arrollaría a todo del grupo provocando una masacre. Nos quedamos perplejos. Cada asaltante conocía su cometido y entre todos dispusieron del autobús a su antojo. El tráfico en la Diagonal quedó interrumpido de inmediato.

Los asaltantes de los costados se encaramaron unos sobre otros contra el autobús. El rotulado que cubría los laterales no duró mucho. Despegaban y rasgaban el vinilo a grandes manotazos, mientras los transeúntes en las aceras se paraban en seco ante lo inaudito del espectáculo. Entre gestos obscenos, estampaban pegatinas feministas y anticapitalistas en la luna de cristal frente al conductor. Los encapuchados disponían del vehículo como les venía en gana.

Participábamos en una cacería como las que habría llevado a cabo, en los tiempos del hielo, el Neanderthal contra el mamut. Nosotros éramos el mamut

Fue entonces, con el trabajo del comando ya hecho y los flecos rasgados de nuestra rotulación flameando en el aire de Cataluña, cuando aparecieron los policías municipales para ordenar el tráfico que se desbandaba en el centro de Barcelona. Ni a los asaltantes ni a nosotros hicieron caso alguno. Pero de cualquier forma, nos sentimos salvados. Al menos contaríamos con testigos si la embestida llegaba a las manos.

Al poco tiempo aparecieron los Mozos. Dos. Mozos de edad a punto de jubilación, luciendo sus uniformes gastados mientras caminaban hacia el grupo parsimoniosamente. Hablaron con algunos de ellos y se retiraron, abandonándonos a una cacería en la que nosotros éramos la presa. Entonces pudimos ver indicios de algunos de los rostros ocultos por bufandas de los atacantes. Eran jóvenes, rapados o con crestas de colores que les salían de la cabeza. Más mujeres que hombres, todas en su primera juventud explosiva. Sus cuerpos pugnaban por salirse de sus camisetas negras o grises y los pantalones, bordados con signos incomprensibles, se les ajustaban a las piernas como un uniforme militar: los hijos de la Generalitat.

Poco a poco fuimos tomando conciencia de dónde y cómo estábamos. Participábamos en una cacería como las que habría llevado a cabo, en los tiempos del hielo, el Neanderthal contra el mamut. Nosotros éramos el mamut. Veíamos en primera fila cómo el tiempo circular nos había traído hasta Barcelona a través de la historia. Ante nuestros ojos atónitos se desarrollaba una variante chestertoniana de la idea de Flaubert sobre las tres etapas de la humanidad: paganismo, cristianismo y salvajismo. Después de haber fundado ciudades, imperios, culturas y artes sutiles que habían conformado nuestro espíritu y nuestra sensibilidad para disfrutar de la incomprensible belleza del mundo, las decisiones que hoy el hombre civilizado tomaba en Barcelona se sustentaban en el capricho que unos cuantos jóvenes forzaban en una nueva cacería de mamuts. Teníamos frente a nosotros el futuro que la mitad de los catalanes quieren para su tierra.

Llegaron los antidisturbios de la Generalitat, numerosos, amados para la guerrilla urbana hasta los dientes. Se distribuyeron en torno a los asaltantes y congregaron al grupo. Con un par de movimientos de fuerza los desplazaron fuera de la calzada y los contuvieron al otro lado del bulevar. A nadie se identificó o retuvo que respondiera por los destrozos. Las piedras que los atacantes habían sacado de sus ropajes y mochilas quedaron abandonadas sobre la calzada.

Los periodistas que estaban con nosotros dentro del autobús, y cuyas cámaras nos habían salvado de un ataque más virulento, pudieron por fin salir temerosos al exterior y filmar lo que quedaba del vehículo. Nuestros lemas seguían intactos bajo unas explosiones de pintura morada muy feminista que salpicaban la superficie del mamut.

Un guardia urbano de Barcelona lleva las piedras que prepararon las feministas radicales para lanzar al autobús de HazteOir.org.
Un guardia urbano de Barcelona lleva las piedras que prepararon las feministas radicales para lanzar al autobús de HazteOir.org.

Los mossos se organizaron a nuestro alrededor, y tras mucha charla y walkie-talkie nos sugirieron abandonar la ciudad bajo su escolta. Nosotros, en cambio, decidimos continuar nuestro camino hacia la Sagrada Familia, exhibiendo los restos del autobús con nuestro lema triunfante. No parecían dar crédito. Al final, llegamos a un compromiso. Nos escoltarían hasta la Sagrada Familia, donde daríamos un comunicado, y luego escoltarían al autobús fuera de Barcelona.

A lo largo de unas calles expeditas y tras la sirena de un vehículo de los mossos que atronaba provocando el silencio, condujimos el autobús hasta las cercanías de la Sagrada Familia. Nos detuvimos entre las camionetas antidisturbios que nos custodiaban y dimos nuestro comunicado a la prensa. De vez en cuando, pandillas de motoristas que nos habían seguido daban pasadas lanzando al aire sus amenazas. Les daba igual el despliegue de la fuerza policial, que parecía solo una escolta para defendernos de Cataluña.

Y así abandonamos Barcelona.

Durante el tiempo de nuestro viaje los políticos catalanes habían ido lanzando sus brindis al sol solicitando a los juzgados que impidieran nuestra entrada de una vez y para siempre en Cataluña. Los jueces, una vez más, confirmaron que nuestras acciones tranquilas y silenciosas se encuadraban perfectamente en el ejercicio de la libertad de expresión que le cabe a cualquier español.

 

A la llegada a la Valencia, donde contábamos con otro autobús rotulado para continuar nuestra campaña, en nuestro ánimo bullía una sola idea. Queríamos confabularnos, como tantas otras veces habían hecho ilustres predecesores en la lucha por la libertad, y levantando nuestras copas o nuestras espadas, al filo ya de la medianoche, pronunciar nuestro más sagrado juramento: mañana volvemos a Barcelona.

 

 

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