Cruda realidad / El feminismo y los nuevos bárbaros

    Una se pregunta, si explotar el físico es algo que 'cosifica', a qué esperamos para acabar con el deporte profesional, el ballet o el modelaje. Movimientos de los que en origen podíamos enorgullecernos, como el feminismo, el antirracismo, o la ecología han tomado un curso suicida.

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    La Fórmula 1 ha eliminado el trabajo de azafata alegando que
    La Fórmula 1 ha eliminado el trabajo de azafata alegando que "cosifica ala mujer". /EFE

    La Galería de Arte de Manchester ha retirado ‘En busca de la belleza’, una pintura en la que aparecían representadas un grupo de ninfas sumergidas en un lago, como protesta contra la ‘cosificación de la mujer’.

    La Fórmula Uno ha tomado la decisión de prescindir de las chicas que recibían y acompañaban a los campeones, porque se considera una tarea que ‘cosifica a la mujer’.

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    Y el Gobierno del PP -ya saben, el partido más a la derecha del espectro parlamentario- quiere que en los centros educativos haya un profesor experto en igualdad de género que se encargue de promover medidas para combatir el machismo y prevenir la violencia de género. Y, suponemos, evitar la ‘cosificación de la mujer’.

    El cuadro 'En busca de la belleza' ha sido retirado de una galería por supuesta "cosificación de la mujer".
    El cuadro ‘En busca de la belleza’ ha sido retirado de una galería por supuesta «cosificación de la mujer».

    Es cosa curiosa, esta de la ‘cosificación’, que más parece una aversión patológica a la belleza física que un intento de dignificar cosa alguna. Una se pregunta, si explotar el físico es algo que ‘cosifica’, a qué esperamos para acabar con el deporte profesional –¿no pensarán que Cristiano Ronaldo cobra lo que cobra por sus dotes intelectuales?-, con el ballet, con el modelaje o, si me apuran, todos los trabajos en los que sea el cuerpo más que la materia gris lo que se necesite para llevarlos a cabo.

    La Guerra Fría la ganamos. Desde entonces, la locura liberticida y el odio a la civilización han cambiado de bando y se ha instalado entre nosotros

    El revolucionario camboyano, tras hacerse con el poder, proclamó 1975 como el Año Cero. Todo debía cambiar, todo debía hacerse de cero. Se despoblaron las ciudades, se destruyeron los libros e incluso quien llevara gafas se hacía reo de muerte en el pelotón de fusilamiento.

    El mundo estaba entonces inmerso en un combate global, la Guerra Fría, en el que un lado representaba la libertad y la civilización y el otro -con las gradaciones evidentes-, la barbarie, el olvido de la Historia. Desde este (afortunado) lado de la barrera contemplábamos las pocas noticias que nos llegaban de esos países como quien observa una cárcel o un manicomio.

    La Guerra Fría la ganamos, si se me permite el plural, nosotros en un sentido aparente y estratégico. Pero da la sensación de que, desde entonces, la locura liberticida y el odio a la civilización han cambiado de bando y se ha instalado entre nosotros.

    La izquierda ha descubierto en los mercados capitalistas, en los regímenes democráticos de Occidente, la forma de inocular su veneno sin necesidad de revoluciones ni fusilamientos masivos. Movimientos de los que en origen todos podíamos enorgullecernos, como el feminismo, el antirracismo, o la ecología han tomado un curso suicida al que no es fácil verle un final. Al menos, no un final feliz.

    Empeñados en un concepto de igualdad que se da de bofetadas con la naturaleza, envalentonados con la pasividad o inexistencias de un robusto pensamiento conservador, pertrechados con los recursos y medios que las propias autoridades ponen generosamente a su disposición, cuelan el mosquito y pasan el camello, encontrando siempre nuevas injusticias en causas cada vez más absurdas.

    Deben desaparecer todos los oficios, porque en todos ellos, sean manuales o intelectuales, se nos quiere por lo que producimos, no por lo que somos. Si eso no es ‘cosificarnos’…

    Si las ‘ninfas’ tienen que desaparecer porque ‘cosifican’ a la mujer -es decir, porque se complace en su hermosura-, el mismo destino debería tener una gigantesca proporción del arte, desde la Venus de Milo hasta las Señoritas de Aviñón.

    Si tienen que ir al paro las señoritas que acompañaban a los campeones de Fórmula Uno, por la misma razón deben desaparecer todos los oficios, porque en todos ellos, sean manuales o intelectuales, se nos quiere por lo que producimos, no por lo que somos. Si eso no es ‘cosificarnos’ en algún sentido -pagarnos por un trabajo que idealmente podrá acabar haciendo un robot o un programa informático-, no sé muy bien qué significa.

    Y si nuestros hijos van a tener ‘profesores de género’, no entiendo cómo podemos repetir una sola vez, por ejemplo, que en la escuela catalana se adoctrina, o tratar de encontrar las siete diferencias entre nuestro sistema y el que aplicaba Mao.

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