Juan Pablo I
Juan Pablo I

Nacido en 1912 en el seno de una familia pobre, Albino Luciani fue el papa-relámpago, ya que sólo estuvo 33 días en la sede de San Pedro (agosto-octubre de 1978), tras suceder a Pablo VI.

A pesar de la brevedad de su pontificado y del caracter humilde, extremadamente sencillo, casi insignificante de su perfil y de su trayectoria, su sucesor Juan Pablo II le nombró Siervo de Dios, en 2003, para iniciar el proceso que Francisco sigue ahora al confirmar una virtud heroica y proclamarlo Venerable.

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El papa de la sonrisa trazó a lo largo de su carrera como párroco y obispo una catequesis cálida y cercana, nada rígida ni solemne, que le permitió llegar a un público muy variado.

Abordó no sólo temas doctrinales, sino cuestiones menudas, de la vida cotidiana -aunque subrayando su dimensión sobrenatural-: el trabajo, el dinero, el hogar, las vacaciones, el flechazo adolescente… con sentido del humor y tomando pie de autores literarios populares como Collodi -el creador de ‘Pinocho’- o Charles Dickens.

Seleccionamos de algunos de sus artículos, discursos o pasajes del libro “Ilustrísimos señorescinco ideas sobre el amor y la familia.

El amor es un viaje

“Amar significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado. Amar a Dios es, por tanto, viajar con el corazón hacia Dios”.

El verdadero machote es el que sabe conquistarse a sí mismo

Y si un día tienes novia respétala. Defiéndela de ti mismo. ¿Quieres que se conserve intacta para ti? Muy bien, pero tú consérvate del mismo modo para ella y no hagas caso de ciertos amigos que cuentan sus “hazañas”, alardeando y creyéndose “unos machotes” por sus aventuras con mujeres.

El verdadero “machote”, el hombre fuerte, es el que sabe conquistarse a sí mismo y toma su puesto en las filas de los jóvenes, que son la aristocracia de las almas.

Mientras se es novio, el amor debe procurar no tanto el placer sensual cuanto la alegría espiritual y sensible; ha de manifestarse de manera afectuosa, sí, pero correcta y digna

El papel de la mujer en el hogar

En un libro titulado “El arte de ganarse amigos”, escrito por el americano Carnegie, he leído este episodio insignificante: Una señora tenía cuatro hombres en casa: el marido, el hermano y dos hijos ya mayores. Ella se ocupaba de la compra, de lavar y planchar la ropa, de la cocina… todo ella. Un domingo, llegan a casa. La mesa está preparada, pero en los platos hay sólo un puñado de heno. Protestan y dicen: “¡Oh!, pero qué, ¿heno?” Y ella dice: “No, todo está preparado. Pero dejadme deciros esto: yo cambio el menú, tengo todo limpio, atiendo todo. Y jamás me habéis dicho ni siquiera una vez: Nos has preparado una comida estupenda. No soy de piedra”.

Se trabaja más a gusto cuando se ve el agradecimiento. Éstas son las caridades menudas. En casa todos tenemos alguna persona que espera un detalle nuestro.

Mi madre cambió a mi padre

(Juan Pablo I evocaba como su madre, Bortola, fue capaz de cambiar a su padre, Giovanni Luciani, un albañil, que tuvo que emigrar para sobrevivir).

“Mi padre vivió mucho tiempo en el exterior por necesidad de trabajo. Desde los 11 años comenzó a viajar para buscar trabajo. Era ayudante de albañil. Trabajó primero en el Tirol, luego en Baden, en Westfalia, en la Alemania de Guillermo II. Ahí fue que se contactó con los socialistas y quedó siempre ligado a ese movimiento político.

Me acuerdo que, cuando yo era pequeño, recibía los diarios social-demócratas alemanes, porque él conocía bastante el idioma alemán. A la noche prendía su pipa y leía. Tenía vistosos bigotes y era muy parecido a Stalin.

Mi padre, sin renunciar a sus ideas socialistas, después del matrimonio comenzó a asistir a Misa

Fue mi madre quien lo cambió. Se casaron en el año 1911. Mi padre era viudo con dos hijos, y mi madre tenía 33 años, ya no era una joven. Era una mujer muy religiosa. Y también mi padre, sin renunciar a sus ideas socialistas, después del matrimonio comenzó a asistir a Misa.

Seis sacramentos y una trampa

El siglo pasado había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en La Sorbona. Tenía un amigo, Lacordaire, que solía decir: “Este hombre es tan estupendo y tan bueno que se hará sacerdote y llegará a  ser todo un obispo”. Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: “Pobre Ozanam, también él ha caído en la trampa”.

Dos años después Lacordaire fue recibido por Pío IX: “Venga, venga, Padre ‑le dijo‑; siempre había oído decir que Jesús constituyó siete sacramentos; ahora viene Ud., me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa”

El matrimonio no es una jaula

“Escribí un artículo en el periódico y me permití bromear, citando a Montaigne, que decía: “El matrimonio es como una jaula; los que están fuera hacen todo lo posible por entrar, y los que están dentro hacen todo lo posible por salir”. No, no, no.

Sin embargo, algunos días después, por casualidad, recibí una carta de un viejo superintendente provincial de los estudios y me censuró diciendo: “Excelencia, ha hecho mal citando a Montaigne. Mi mujer y yo estamos unidos desde hace sesenta años y cada día es como el primer día”.

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Sueño con aportar mi granito de arena para cambiar el mundo. Tal vez el periodismo no sea el mejor camino para ello pero es lo que mejor se me da.