Una joven participa en una marcha feminista en Managua (Nicaragua) /EFE
Una joven participa en una marcha feminista en Managua (Nicaragua) /EFE

Se ha vuelto a poner de moda la utilización del adjetivo “populista” en la vida política. Es más, todos los partidos políticos con actual representación parlamentaria han decidido utilizarlo para aplicárselo despectivamente a Vox. Y ello en razón, principalmente, a uno de sus ejes políticos: la lucha contra la imposición por vía legislativa de la ideología de género.

Sin embargo los auténticos populistas son, precisamente, los partidos políticos (sin excepción) que a día de hoy cuentan con representación en el Parlamento español. Y es que de populistas debemos definir, como dice el diccionario de la Real Academia, al que “actúa con populismo, buscando el agrado del pueblo, bajo la apariencia de defender sus intereses”. Incluso detallando más aún, podemos acoger la fórmula de los numerosos e institucionalizados eruditos a la violeta que pueblan nuestros espacios televisivos, y que insisten en que populistas son aquellas opciones políticas que pretenden resolver problemas sociales complicados con recetas sencillas.

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Pues bien, apliquemos una u otra definición lo cierto es que los que deben ser tildados despectivamente como populistas son principalmente estas fuerzas políticas institucionales. Y es que proceden, con el más genuino de los descaros, a manipular los sentimientos más nobles de los españoles para dar coartada ideológica al más descarnado de los totalitarismos: el de género.

Para ello nos proponen la utopía de que la igualdad acabará con las agresiones a las mujeres o con las muertes violentas de las mismas. Utopía, por demás, eminentemente populista en su origen y en su fin. En su origen porque nada tiene que ver la igualdad con estas agresiones y muertes violentas; y en su fin por cuanto aún alcanzada una sociedad igualitaria al modo revolucionario las muertes y las agresiones seguirían existiendo.

Y es que el mal, quieran o no quieran estos revolucionarios de gabinete, muy poco tiene que ver con condicionamientos económicos, intelectuales o ideológicos; y mucho menos con la alteridad de sexo y la pretendida desigualdad fundada en la paranoia de la existencia de una sociedad patriarcal inexistente. Y por eso mismo nada solucionará la consecución de esa utópica sociedad igualitaria en la que quede derogada la presunción de inocencia (para presumir la culpabilidad del varón por ser varón; y la veracidad de la declaración de la mujer por ser mujer); el deber y derecho de los padres a proveer la educación de sus hijos (sustituidos por el adoctrinamiento estatal en la ideología política de género); y el derecho a la libertad para la verdad (en el sentido de acallar aquellas voces críticas que se limitan a recordar la realidad ontológica y antropológica del hombre, y la verdad moral que enseña la Iglesia).

Todo esto es populismo porque supone no abordar la cuestión desde su perspectiva real y ontológica. Y es que el mal tiene más que ver con la teología moral que con todo aquel tinglado de discriminaciones y condicionamientos materiales. Y es que el mal no es un ente abstracto, sino que es un acto humano malo, y por tanto, es, en cuanto acto voluntario y moralmente errado, un pecado. Y como tal tiene su origen en la libertad moral del hombre, que en vez de orientar su existencia hacia su fin (Dios), y respetar el fin que cada criatura tiene en el plan divino, convierte a las criaturas en un fin mismo.

Este constituir a las criaturas en un fin es la razón de las pretensiones de injusto dominio de un criminal sobre su víctima (para satisfacer o no cualquier tipo de concupiscencia sexual), como ocurrió en el execrable crimen de Laura Luelmo. Y nada tuvo que ver el machismo, ni la desigualdad, ni la sociedad patriarcal. Es más, el origen moral de este crimen es precisamente el mismo que alienta en todos estos populismos de género, que no dudan en utilizar a las víctimas y al resto de la sociedad en instrumentos para sus fines, manipulando para ello los sentimientos colectivos y particulares, y deformando y ocultando la realidad ontológica del actuar humano para justificar la imposición de ese totalitarismo de género que quiere acabar con la libertad del obrar humano.

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Católico ultramontano por convicción, padre de familia por vocación contrarrevolucionaria, abogado de familia por apostolado cívico, legitimista por piedad filial, rotundo por carácter. En todos los órdenes de la vida ejerzo el activismo en las causas perdidas, pues no lucho por la satisfacción de la victoria, sino por la adhesión militante a la Verdad: a nosotros solo nos corresponde la gracia del combate, el triunfo es siempre de Cristo.