Esta la segunda vez que la civilización se tambalea. Pero como la ocasión anterior –hace casi dos milenios-, el peligro no está en el exterior. Al mayor imperio de la Antigüedad no lo hundieron, en última instancia, los hunos o los vándalos sino que se hundió él solo. Es más fácil de lo que parece, dejas de creer en ti mismo y te suicidas… físicamente: dejas de tener hijos. Ya puedes ser la potencia más grande del mundo, la más extensa, la más rica, la más desarrollada. Eso era Roma hasta el siglo IV.

Pero se durmió en los laureles, imaginó fatuamente que era posible tener el paraíso en la Tierra, desterrar el dolor y el sacrificio, y eso es metafísicamente imposible si se quiere sacar una familia adelante, trabajar sin descanso y mantener una prole. Porque cansa y cuesta. Así que decidió destruir la familia e institucionalizar el carpe diem. No lo digo yo, lo dicen los grandes tratadistas de aquella caída a cámara lenta: Mommsen, Gibbon o Hilaire Beloc.

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Las civilizaciones no se pierden en el campo de batalla sino en el lecho conyugal

Las civilizaciones no se pierden en el campo de batalla sino en el lecho conyugal. Te cargas el matrimonio y principia la ruina. Y eso es lo que hicieron los romanos, como deja constancia Séneca cuando observaba que las patricias no contaban los años por los nombres de los cónsules sino por los nombre de sus sucesivos maridos. Sin familia no hay civilización.

Occidente (EEUU-UE y aledaños) es ahora el imperio más extenso, más rico y más desarrollado de la Historia, pero a pesar de que ha puesto un hombre en la Luna, inventando la crema anti-aging y clonado ovejas, no aprende de los errores del pasado.

Y no sólo no aprende sino que en su remake de la caída de Roma incluye la puntilla: la ideología de género. El Imperio decadente no sólo sustituyó a la familia por relaciones contra natura sino que quiso imponerlas por ley. Los césares exigían que sus cortesanos aplaudieran sus extravagancias, como cuando Calígula nombró cónsul a su ¡¡caballo!! Y quien osaba discrepar ya sabía lo que le esperaba. Igual que ahora, solo que la “invitación” a abrirse las venas ha sido sustituida por la multa, el regreso de la censura, el despido o la muerte civil.

Ya ha habido gente entre rejas, como la funcionaria de Kentucky, Kim Davis, por negarse a conceder licencias de matrimonio a homosexuales, desafiando al Supremo de EEUU. Es decir, ya hay presos políticos o de conciencia, como Solzhenitsin en la URSS, por atreverse a defender la verdad y por no secundar sentencias arbitrarias e injustas como la del alto tribunal norteamericano.

Kim Davis, la funcionaria norteamericana encarcelada por atreverse a contradecir el dogma de la ideología de género.

España no es ajena a esa invasión totalitaria, como acabamos de ver con los planes para introducirla en las aulas escolares, tratando de lavar el cerebro a nuestros hijos con los dogmas LGTBI. O mejor dicho camelos elevados a la categoría de verdades científicas.

También el marxismo convirtió un delirante timo en verdad científica y lo impuso luego a millones de seres humanos mediante férreas dictaduras. Pero la ideología de género es, si cabe, más letal porque el marxismo sólo pretendía una sociedad sin clases, y lo que la ideología de género pretende es una nueva humanidad donde no exista la familia. El objetivo del nuevo totalitarismo ya no es el Palacio de Invierno de los Romanov sino la cuna de la civilización: la familia y el matrimonio, con el agravante de que el ataque es insidiosamente sutil: ahora se lanza en nombre de la libertad.

No hace falta ser un lince para adivinar un resultado que ya es inocultable: Europa –más incluso que EEUU, en cuya sociedad anidan restos de libertad- camina al precipicio, al negar sus raíces, y al condenarse a sí misma a la esterilidad –de hijos, pero también de ideas, de vitalidad económica, de proyectos-, mientras nuevos bárbaros, con turbante y chilaba, se infiltran en el imperio dispuestos a tomar el relevo demográfico.

La ideología de género terminará cayendo, igual que se derrumbó el experimento marxista, cuando el Muro se deshizo como un azucarillo en un vaso de agua

La buena noticia es que la dictadura de género no tiene futuro, por la sencilla razón de que va contra la naturaleza humana. Como tampoco lo tuvo el socialismo real, aunque el inmenso error costara millones de muertos y la esclavitud para medio mundo durante casi 80 años.

También la ideología de género sembrará infelicidad y destrucción pero terminará cayendo como se derrumbó el experimento marxista. Nadie lo hubiera imaginado cuando surgió el sindicato Solidaridad en los astilleros de Gdansk, pero menos de diez años después el Muro se deshacía como un azucarillo en un vaso de agua.

Los tiranos pasan, los imperios caen, pero la familia permanece. Estaba en el origen –Adán y Eva-, y seguirá estando mientras exista la humanidad.

La defensa de la civilización frente a la nueva amenaza totalitaria es una de esas causas perdidas y halladas por las que vale la pena dar la batalla. Será ardua y peligrosa. Quizá nos juguemos el tipo. Pero los periodistas estamos acostumbrados a derribar a gobernantes corruptos, lidiar con tiranuelos, minar dictaduras -no con trilita sino con letra impresa-, y tomar el pelo a esa panda de obtusos que son los censores.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.