El juez Francisco Serrano el día en que pasa de forma voluntaria a la excedencia de la carrera judicial el 31 de mayo de 2018. / FSC
El juez Francisco Serrano el día en que pasa de forma voluntaria a la excedencia de la carrera judicial el 31 de mayo de 2018. / FSC

Se acaban de cumplir 99 años de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, por medio del voto del Rey Alfonso XIII, con lo que se inaugura el camino hacia la celebración del centenario de esta importante efeméride que los católicos consideramos también relevante para todos los españoles. Será buena cosa si el actual monarca se aviene a repetir el gesto de su bisabuelo un siglo después.

Pero no es de éste del que les quiero hablar, sino del corazón espinado y dolorido de un honrado funcionario público que vio cómo el ejercicio sensato de su deber como intérprete de la ley le llevó a ser señalado como una suerte de protomártir de la persecución de las ‘neronas’ de la ideología de género, ávidas de incendios sociales.

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Francisco Serrano Castro tenía -y tiene- vocación de juez. Su pasión desde bien joven fue la de servir a sus compatriotas a dilucidar sus conflictos con un recta, equilibrada y justa interpretación de la ley. Y así lo ha hecho desde 1990, primero como juez de primera instancia en Valverde del Camino (Huelva) hasta que fue elevado a la dignidad de magistrado en 1998 y ocupó un Juzgado de Familia en Sevilla, la ciudad que este madrileño ha hecho suya desde los 11 años.

“El pecado de Serrano había sido criticar las leyes que, basadas en la ideología de género, se aprobaron en España durante las dos legislaturas con gobiernos comandados por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero”

En 2011 fue inhabilitado por modificar en apenas 24 horas el régimen de visitas establecido para un menor que quería asistir con su abuelo a una procesión. La madre del menor, alentada por el lobby feminista radical, le denunció y fue condenado a dos años de inhabilitación, que el Tribunal Supremo elevó tras el recurso a 10 años, más una multa.

Francisco Serrano guardó entonces en un armario su querida toga, como la viuda que deposita al fondo del armario más apartado de un desván su vestido de novia, sin ánimo de volver a sacarlo para no remover viejos recuerdos, ilusiones remotas y emociones añejas.

El pecado de Serrano había sido criticar las leyes que, basadas en la ideología de género, se aprobaron en España durante las dos legislaturas con gobiernos comandados por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero.

Las criticaba Serrano por sus implicaciones jurídicas, porque llevan a la injusticia en muchos casos y por sus terribles implicaciones sociales como factor de creación y multiplicacion de conflictos, inestabilidad familiar y desarraigo.

En en el mes de octubre de 2016, tras un largo calvario judicial y social, el Tribunal Constitucional revocó la decisión del Tribunal Supremo. Pero aún así, el Consejo General del Poder Judicial, atenazado por lo políticamente correcto, se negó en un principio a reintegrarle en la carrera judicial a principios de 2017. Ocho meses después, el Tribunal Supremo se vio obligado a rehabilitarle, aunque a regañadientes, puesto que condicionaba su incorporación a la carrera judicial a realizar de nuevo oposiciones o ser elegido juez por el ‘cuarto turno’, como jurista.

Por medio, casi ocho años apartado de su vocación de servicio a la sociedad y señalado como leproso social. Golpeado, acosado, pero no derribado. El juez Serrano se reinventó con un despacho legal –Serrano Abogados– especializado en la defensa de hombres víctimas de las leyes de género y volcado en colaborar de la mejor manera en favorecer, a través del derecho de familia, a los más débiles e inocentes: los hijos de matrimonios rotos.

Serrano ha sabido, no sin pocos desvelos, navegar sobre las aguas agitadas por la ideología de género. Por dignidad -y por derecho como los maestros del toreo- volvió a la judicatura.

En abril de 2018, 11 años después, una mañana feliz el juez Francisco Serrano fue al armario maldito y descolgó la toga que aguardaba paciente, cargada con las mismas ilusiones y recuerdos de su día de estreno hace casi 30 años en Huelva. La llevó a la tintorería, para que volviera a lucir esplendorosa y juntos partieron a 1.000 kilómetros de distancia, donde ha ejercido como titular de un Juzgado de Primera Instancia y Familia de Badalona.

Este jueves 31 de mayo el juez Serrano ha concluido esta etapa en la que se ha sentido feliz y porque se ha quitado, no ya una espinita, sino “una estaca” del corazón, tal y como me confiaba por teléfono el propio magistrado el pasado fin de semana. Aún queda que se le resarza por todos los emolumentos que se le deben tras la anulación de su condena. Y la correspondiente indemnización. Habrá que pensar que, por un extraño conducto, la justicia le ha preparado una suerte de plan de pensiones extraordinario.

Esta tarde, en la que de nuevo luce el sol en España, tras una primavera otoñal, el juez Serrano vuelve a su Sevilla querida con su familia. Si sólo pensara en su carrera profesional, se quedaría en Badalona desarrollando su vocación. Pero la familia, en este caso la suya, esa institución a la que sirve como magistrado, le espera. Y también el grupo de profesionales que le han acompañado en su despacho en esta travesía del desierto, a los que no quiere dejar en la estacada.

Quiero imaginar que entre el perfume del azahar y el sonido de los carruajes cargados de turistas cerca de la catedral, el juez Serrano se acercará de nuevo a la tintorería para darle un último lavado a su toga y guardarla de nuevo. Esta vez sin miedos, ni nostalgias, ni sollozos. Esta vez, no en el último armario del desván. Esta vez no, porque Francisco Serrano, el joven que descubrió desde bien pronto que ser juez era su vocación y el hombre que es hoy, no se mira a sí mismo ya con nostalgia, sino con orgullo, cada vez que vea la toga guardada con el honor rehabilitado y las puñetas impolutas. Como ha dicho en Twitter: “hasta cuando decida regresar”. 

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".