Imagen de un perro. /photo-by-dyzioslaw-on-foter-com-cc-by-nc-nd
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La última película de Wes Anderson, Isla de perros, expresa una realidad sociológica consolidada ya hace años: la “canolatría”. El desconcertado hombre posmoderno ha ido progresivamente encumbrando al perro hasta entronizarle en muchos casos en el puesto reservado por naturaleza a los hijos.

Este proceso de empoderamiento canino ha ido siempre acompañado de una antropomorfización del animal. Se le considera como “uno más” de la familia, con sus mismos derechos, se le trata como un ser humano, en concreto, como si fuera un niño, y se le habla como tal. Lo que le sucede al animal, una enfermedad, por ejemplo, se vive con el mismo duelo y la misma angustia que si se tratara de una persona.

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Esta canolatría que invade la sociedad ha obligado a que se abran residencias caninas, clínicas, peluquerías… y, lo más sorprendente, se ha creado un sistema de adopciones y acogimientos, con protocolos copiados del que existe para niños. Cualquier zona urbana o periférica destinada a los tradicionales paseos está atestada de paseadores de perros, y estos se convierten en el motivo de conversación y socialización de sus dueños.

“Hay parejas que no han querido tener hijos, pero sí han accedido a tener perro”

Se ha dado un proceso de homologación asombroso. Parece que si no tienes perro, y si no sigues las pautas sociales caninas imperantes, no eres cool. En la mayoría de los círculos sociales se cuenta ya a la mascota como miembro de la unidad familiar, y se da por hecho que cuando dices “en casa somos cinco”, está incluido el perro. Hay parejas que no han querido tener hijos, pero sí han accedido a tener perro. Dentro de muy poco, si no te gustan los perros, si alejas con cajas destempladas al animal que te ha asustado o te ha ladrado, o va suelto por la playa,… te acusarán de canofobia, y a lo mejor acabas pagando una multa.

No he utilizado ningún epíteto hasta ahora porque creo que la mera descripción de los hechos habla por sí sola. Que ocurra esto en una sociedad que vive un invierno demográfico y que tiene miles de niños en centros de acogida, entre otras cosas, demuestra que la canolatría no es una simple moda. Es un síntoma más del “malestar de nuestra cultura”: el perro te permite una relación sin riesgos, donde el “otro” no puede hacerte daño moral, ni ejerce una libertad que no controlas.

El perro te da afecto sin complicaciones, sin el tejido dramático propio de las relaciones humanas. Es el parche perfecto para esta crisis antropológica que vivimos. El perro es el perfecto interlocutor light de un mundo de ideales light. Creemos que nos da lo que ya no encontramos en los demás. Es un sucedáneo de humanidad bastante simpático y confortable.

Personalmente siento una gran simpatía por los perros, y siempre los he tratado con ternura y afecto, pero ni el perro está concebido para completar al hombre, ni nuestro corazón está hecho para conformarse con un fiel animal.

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Doctor en Humanidades por la Universidad CEU San Pablo y licenciado en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas. Profesor Adjunto de Narrativa Audiovisual en la Universidad CEU San Pablo. También es miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC), Director del Departamento de Cine de la Conferencia Episcopal Española y Presidente de Signis-España. Actualmente colabora en varios programas de la cadena COPE y en 13 TV dirige y presenta El cineclub de TRECE y Pantalla Grande. Dirige la revista digital de crítica de cine Pantalla 90. Crítico de cine de 'Alfa y Omega', 'El Debate de Hoy', 'Aceprensa' y 'Fila Siete'. Director de la colección de cine de Ediciones Encuentro. Autor de diversas monografías.