La fuerza de las familias

    Si te mandan comprar pan, ¿por qué vuelves con otra cosa? Yo te voté para que trajeras pan. Todavía, desde aquellos días de las promesas electorales, no hemos oído nada sobre las propuestas que nos prometieron.

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    Imagen referencial / Pixabay
    Imagen referencial / Pixabay

    Acabamos de pasar por varias citas electorales. En concreto cuatro en el transcurso de un mes.

    Y ya se nota el peso de la responsabilidad política. Pero no por la acción de gobernar sino por el desgaste de preparar las elecciones, de convencer a los ciudadanos.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

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    ¿Y después? Más desgaste y esfuerzo en ver como hacen para llegar al poder con los votos recibidos. Negociar, pactar. Es como comprar y vender en un mercadillo.

    Es como en un juego donde recibes unos billetes y con ellos ves que puedes conseguir. Si vas solo podrás tener menos que si te juntas con otro.

    Sin embargo, si te mandan comprar pan, ¿por qué vuelves con otra cosa? Yo te voté para que trajeras pan.

    El político gobernante ya no es servidor público, es servidor de sus intereses o los intereses de su partido. Ya no tiene una misión concreta, un compromiso con el ciudadano.

    El político ahora se dedica a la propaganda electoral como un vendedor ambulante. Prometiendo sin ánimo de cumplirlo. También regatea con los votos recibidos para sacar más tajada o a obedecer a determinados electores en lo que manden, pues de ellos ha recibido el poder.

    Por ahora lo de gobernar no se aprecia por ningún lado.

    Y cuando se planteen legislar, o se ha acabado el tiempo o se ha acabado el dinero.

    No tratan el Bien Común ni la mejora de la vida de los ciudadanos, de las familias.

    No se tiene el arrojo de acometer empresas que procuren mayor bien y más beneficio para todos. En todo caso serán leyes restrictivas o reinterpretaciones que solo busquen dar menos a menos personas.

    Aquí, en el terreno político, la familia más bien estorba, que no importa.

    Porque si va bien, provoca enfados al notarse que no necesita al político.

    Y si va mal, pide y ellos tendrían que dar lo que consideran suyo porque lo valen.

    Total, que no sirven para mucho en la práctica.

    Además, se apropian del protagonismo de una forma insufrible.

    Todos los días acaparan portadas en los medios de comunicación.

    ¿Acaso no hay cosas más importantes que con quien hablan y a quien se venden?

    Porque, a estas alturas, cuando ya han pasado las cuatro citas electorales, no tenemos ni gobierno ni ayuntamientos conformados.

    Todavía, desde aquellos días de las promesas electorales, no hemos oído nada sobre las propuestas que nos prometieron.

    ¿Cómo van a organizarse para cumplir con lo pactado? ¿Van a defender lo que nos ofrecieron por un voto? ¿Van a venderlo por un sillón o por un puesto en una comisión, mesa o consejo? ¿Somos los protagonistas de esta historia, la de nuestra nación, o lo son ellos? ¿Van a gobernar o van a mover los vasos para que no encontremos la bolita como los trileros en la calle?

    Las familias sabemos donde está lo importante.

    En nuestro hogar, en nuestros hijos, en nuestro quehacer diario.

    Ahí está la misión. Gobernar una familia es gobernar una nación.

    Esa es nuestra fuerza.

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