La lengua del feminismo: ‘suicidio ampliado’ en vez de parricidio 

    Los pobres son pobres cuando votan a la izquierda y blancos incultos y racistas cuando votan a Trump. Y cuando un varón mata a su hijo es un parricida, pero cuando lo hace una mujer se trata de un ‘suicido ampliado’.

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    Portada de un libro que denuncia el
    Portada de un libro que denuncia el "patriarcado" en el Diccionario de la Real Academia.

    El lenguaje es un campo de batalla por el poder más importante que las leyes o las calles. Porque determina, como la educación y como los medios de comunicación, el pensamiento de las personas. Una vez que quien controla el lenguaje, la enseñanza y el debate público es hegemónico, el siguiente paso es la modificación de los códigos legales. Pero la primera fase de la ‘guerra cultural’ es lo inmaterial.

    En la situación de guerra abierta en que nos encontramos ya no se trata de recurrir al diccionario de sinónimos y antónimos, como cuando El País titula “Relevo en RTVE” o “Purga en RTVE” dependiendo de si las ‘limpias’ las perpetran los suyos o los otros.

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    Ahora estamos en la elaboración de nuevas expresiones para enmascarar la realidad y hasta hacerla incomprensible, salvo para la casta que la dirige. El ejemplo clásico es ‘interrupción del embarazo’ en vez de aborto, mucho más aséptico que éste. Y en la misma línea se está introduciendo ‘gestación subrogada’ para sustituir a ‘vientre de alquiler’. Otros ejemplos son ‘alivio fiscal’ en lugar de bajada de impuestos, ‘matrimonio igualitario’ por matrimonio homosexual y ‘Estado español’ por España.

    El feminismo ha elaborado una neo-lengua para controlar la sociedad. Si la víctima de un homicidio es una mujer, se llama ‘feminicidio’

    El feminismo se ha convertido en un creador de neolengua, que cuando se cruza con la prosa administrativa produce engendros como la guía de lenguaje inclusivo de la Junta de Andalucía, que considera discriminatorio el uso del masculino neutro, por lo que impone, so pena de multa, ‘personas consumidoras’ en vez de consumidores, ‘personas becarias’ en vez de becarios y ‘población andaluza’ en vez de andaluces.

    En Venezuela, modelo de tantos izquierdistas españoles, el ‘socialismo del siglo XXI’ nos ha dado joyas de estupidez como este artículo 41 de la Constitución de la república:

    “Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad, podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal o Fiscala General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y aquellos contemplados en la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional».

    Ya no se trata del concepto de ‘género’, aceptado incluso por clérigos cristianos, sino de añadir neologismos como a los diccionarios y códigos como ‘feminicidio’ para definir el asesinato de una mujer por un hombre. Y, claro, una conducta distinta merece una pena más grave.

    Cuando una mujer mata a su pareja o a un hijo, se retuerce el lenguaje o se le buscan excusas para evitar llamarla asesina

    Las mujeres, según los dogmas del feminismo, no presentan denuncias falsas, no mienten cuando revelan abusos sexuales o discriminaciones y, por supuesto, no matan. Por ello, cuando es inocultable que una mujer ha asesinado a su hijo o a su marido, no basta con negar a las víctimas la limosna del minuto de silencio del alcalde (o alcaldesa) y el cintillo de ‘Violencia de género’ en los periódicos; hay que recurrir a nuevos juegos malabares.

    El feminismo pretende que las mujeres no asesinan de manera premeditada, sino que se ven obligadas a matar mediante el ‘suicidio ampliado’, de la misma manera que el podemita Miguel Urbán disculpó a los terroristas yihadistas culpando a los occidentales con una frase que merece mármol: “Se ha fallado a mucha gente que no ve otra salida que inmolarse en un sitio”.

    ¿Que una madre mata a su hijo? ¡Pobre mujer! ¡Cuánto habrá sufrido para cometer semejante atrocidad! Porque las madres nunca matan a sus hijos a no ser que la crueldad del padre o la insensibilidad de los jueces o la indiferencia de la sociedad entera les conduzca a ello.

    Un ejemplo del uso del término "suicidio colectivo" referido a una mujer que mata a sus hijos y a sí misma.
    Un ejemplo del uso del término «suicidio colectivo» referido a una mujer que mata a sus hijos y a sí misma.

    Así dieron varios medios de comunicación la estremecedora noticia de una mujer que mató a sus tres hijos y a su propio padre después de perder el juicio por la custodia de los niños: “Suicidio colectivo”.

    No creo que a los niños su madre les preguntara si querían morir. O sea, que la madre fue, aparte de una chiflada, una parricida. (Perdón, el delito de parricidio como tal ya no existe desde que el PSOE, Izquierda Unida, el PNV y CiU3% lo suprimieron del llamado ‘Código Penal de la democracia’ en 1995.)

    Ahora hemos descubierto un nuevo término-antifaz para las mujeres asesinas. En Murcia una mujer recién separada se tiró por la ventana de un sexto piso con su hijo de cuatro años en brazos. Ambos muertos.

    Si se tira un hombre con su hijo, "mata"; si lo hace una mujer, "mueren".
    Si se tira un hombre con su hijo, «mata»; si lo hace una mujer, «mueren».

    Los medios de comunicación lo explicaron con un término de psicología: suicidio ampliado. “Como la vida es un asco, me mato y de paso me llevo por delante a quienes amo para que no sufran como estoy sufriendo yo.”

    Como los periodistas encontraron tan pronto ese término yo me malicio que alguien se lo facilitó. Porque todos sabemos qué es un suicidio, pero no un ‘suicidio ampliado’ o ‘extenso’.

    Un tertuliano, o tertuliana, quizás se atrevería a soltar esa memez, como hizo el otro día Ana Terradillos (la que difundió el bulo de que había terroristas suicidas entre los muertos de los atentados del 11-M) al sostener que las musulmanas se ponen el velo libremente. ¿Pero un redactor de sucesos que va con la lengua fuera y se expone a que se cubra la mesa de su jefe de cartas en las que se le llame idiota?

    ¿Admitirían las feministas y los medios de comunicación el término masculinicidio en el caso de un varón asesinado por una mujer?, ¿y el ‘suicidio ampliado’ si lo perpetrase un cuarentón recién divorciado con su hija pequeña?

    No, porque se tambalearía el chiringuito feminista.

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    Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).