La mujer del pegamento, los malos tratos y la presunción de inocencia

    El caso de la mujer que se inventó que le habían rociado con pegamento la vagina pone en evidencia la forma acrítica en que se abordan los malos tratos. Es necesario recuperar la presunción de inocencia, también en la violencia machista. No hay excusa.

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    Representación de malos tratos// Foto: Pixabay
    Representación de malos tratos// Foto: Pixabay

    La semana pasada nos sobresaltamos con una terrible noticia. La de una mujer a la que, en principio, un hombre había maltratado con tal saña que hasta le había rociado con pegamento la vagina.

    El señalado por esta mujer de Bembibre, fue detenido de inmediato acusado de secuestro y agresión.

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    Se da la circunstancia de que el hombre acababa de ser liberado por falta de pruebas unos días antes de la cárcel, donde había ingresado acusado de desobedecer una orden de alejamiento. Eso sí, el juez le soltó con una pulsera de localización.

    Y otro detalle. El mismo lunes en que habrían ocurrido los hechos, la mujer había vuelto a denunciar por acoso a su ex pareja, al parecer por haber recibido un mensaje.

    Según detallaron las agencias de información, basadas en las declaraciones de la abogada de la mujer, ésta habría sido abordada por dos hombres sobre las 11 de la noche en las cercanías de su domicilio, donde paseaba con el perro.

    Ocho días más tarde, resulta que todo había sido un invento. La mujer ha quedado imputada por simulación de delito y denuncia falsa

    Posteriormente, habría sido obligada a entrar en un coche y fue trasladada hasta Bembibre, un municipio leonés situado a unos 40 kilómetros de Fabero, donde vive. Allí habría sido desnudada y maniatada; se le habrían vendado los ojos y habría sido sometida a diversas vejaciones y abusos, de entre los cuales, el uso de pegamento en la zona vaginal fue especialmente destacado.

    La mayoría de los medios de comunicación dieron la noticia con la cobertura que este tipo de episodios suele recabar.

    Ocho días más tarde, resulta que todo había sido un invento. La mujer ha quedado imputada por simulación de delito y denuncia falsa. Hasta su abogada se ha visto tan ante la evidencia, que ha renunciado a su defensa jurídica.

    Sin embargo, con la rapidez acostumbrada, las voces oficiales recordaron el dato ofrecido el pasado mes de marzo por el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, según el cual el 0,4% de las denuncias por malos tratos terminan con una condena por falsedad.

    Lo que no se cuenta, es que el 87% de las denuncias presentadas por la llamada violencia de género no concluyen jurídicamente en una condena. Esto es lo mismo que decir que, al menos en la verdad jurídica, el 87% de los denunciados son inocentes.

    El caso de la mujer del pegamento resulta haber sido el paradigma de una tendencia social, fomentada por una red de asociaciones feministas y partidos políticos regados por miles de millones

    Insisto en señalar que, al menos desde el punto de vista jurídico es así, aunque no podemos abstraernos de las dificultades de certificación que presentan este tipo de delitos, dado que por su naturaleza muchos de ellos se producen en contextos de intimidad y sin testigos. Pero el hecho jurídico es innegable.

    El caso de la mujer del pegamento resulta haber sido el paradigma de una tendencia social, fomentada por una red de asociaciones feministas y partidos políticos regados por miles de millones, según la cual cualquier acusación de una mujer hacia un hombre por violencia en un contexto de intimidad ha de ser tomado por verdadero sin rechistar por policías, políticos, agentes sociales y medios de comunicación.

    Poco a poco, más de una década después de la aprobación en 2004 de la Ley Orgánica de medidas de protección integral contra la violencia de género, empiezan a conocerse casos en los que toda la maquinaria que hay alrededor queda en evidencia.

    Que no merece ser llamado hombre quien se rebaja tanto como para agredir o vejar de cualquier modo a una mujer queda fuera de toda duda. En ocasiones uno llega a estar de acuerdo con el comentario llano de quien, ante el asesino de una mujer que se suicida después, exclama: ¡Ya podías haber empezado por el final! Pero la condena de la violencia y el abuso machista no pueden ser excusa para que la presunción de inocencia sea despreciada.

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    Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".