José Luis Rodríguez Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega fueron los principales impulsores de la Ley de Violencia de Género / EFE

Los asesinatos de mujeres perpetrados por sus parejas o exparejas alcanzaron el mes pasado, en lo que llevamos de año, el número de quince.

Un reportaje de tantos sobre el tema, publicado en La Vanguardia el 24 de febrero, bajo el título “Una marea violeta contra la violencia machista”, con tono reivindicativo y melodramático, daba voz a un grupo de mujeres acampadas en la Puerta del Sol, que llevaban entonces catorce días en huelga de hambre.

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Sostenían esas activistas que la VdG es “un problema cultural que hay que abordar desde la infancia” y que la ley educativa del PP “eliminó de raíz la única asignatura que trataba la igualdad”. Y terminan proclamando, en un final apoteósico: “Nos va la vida en ello… nos están matando”.

El gobierno, por su parte, se muestra como un alumno aplicado que hace sus deberes. El secretario de Estado Mario Garcés “apuesta por trabajar contra el machismo desde los seis o siete años” y por “luchar contra los micromachismos cotidianos y los estereotipos”.

Por supuesto, todo esto es demencial y estúpido. Nadie está matando a las mujeres de manera coordinada, o debido a una única causa, que resultaría ser un ancestral machismo supuestamente inculcado desde la cuna. Nadie, más allá de casos anecdóticos, educa a sus hijos varones, en el mundo occidental, en la idea del sometimiento de la mujer.

Toda esta retórica de la “educación sexista” y de las “barreras de género”, que condicionan la libertad de las mujeres, es un puro cuento, y hay que decirlo con esta contundencia

Nadie está educando a sus hijas para que se queden en casa haciendo la colada. Ni siquiera se las presiona para que elijan ser enfermeras o maestras en lugar de ingenieras o matemáticas. Toda esta retórica de la “educación sexista” y de las “barreras de género”, que condicionan la libertad de las mujeres, es un puro cuento, y hay que decirlo con esta contundencia para contrarrestar el clima de histeria antimachista reinante.

¿Por qué las feministas acampadas en la Puerta del Sol no se instalan ante la embajada de Arabia Saudí, o la de Pakistán? O aún mejor, en alguna barriada con una alta densidad de poblacion musulmana. Si de verdad les preocupa tanto la suerte de las mujeres, deberían elegir mejor sus acciones, en lugar de empeñarse en criminalizar al varón nativo europeo.

Es terrible, quién lo niega, que una sola mujer sea asesinada por su pareja o expareja. Pero también lo es que muera cualquier persona violentamente, sea cual sea su sexo. En España hay un homicidio al día de media, y la mayoría de víctimas son masculinas. ¿Por qué nadie reclama hacer de ello una “cuestión de Estado”?

Mucho mayor es el número de suicidios (varios miles cada año), que también mayoritariamente afectan a los hombres. Por cierto, no veo al feminismo protestar por esta “brecha de género”, del mismo modo que tampoco clama al cielo porque haya muchos más hombres que mujeres sin techo, o en prisión.

La razón por la que no se hace cuestión de Estado (sea lo que sea que esto signifique) de las muertes violentas en general es que, aparte de que nuestro país puede presumir de cifras relativamente bajas, todo el mundo sabe que no hay una única causa de los homicidios ni los suicidios. Por tanto, no tendría sentido una estrategia única contra este problema.

Los estudios permiten concluir que el “homicidio de pareja íntima” es una “violencia multicausal”, es decir, que hay varios tipos de homicidas

Lo mismo sucede con la violencia de pareja, que si en algún caso puede tener un carácter machista, resulta harto dudoso que esto sea lo normal, en nuestra cultura. Carece de cualquier rigor dictaminar a priori que todo asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja está inducido por una determinada concepción ideológica.

Ciudadanos no quiere que haya una "asimetría" penal que castigue a hombres o mujeres por el hecho de serlo.
La ley contra la violencia de género consagra la asimetría penal y el fin de la presunción de inocencia para el varón.

Como señala el psiquiatra Pablo Malo, los estudios permiten concluir que el “homicidio de pareja íntima” es una “violencia multicausal”, es decir, que hay varios tipos de homicidas (delincuentes comunes, alcohólicos, depresivos con tendencia al suicidio, etc.)  “Los datos”, afirma Malo, “refutan la tesis más extendida en nuestra sociedad de que la violencia de pareja se explica solamente de acuerdo a valores culturales/machistas”.

Esta tesis, convertida en doctrina oficial por la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG), promulgada por Rodríguez Zapatero en 2004, no sólo es un error intelectual, sin mayor trascendencia que la académica. Al prejuzgar la causa de las muertes de pareja, sin necesidad de ninguna investigación caso por caso, no ayuda lo más mínimo a evitarlas. Antes al contrario, disuade la honrada búsqueda de medidas preventivas eficaces.

Pero además de inútil, la LIVG lesiona gravemente los derechos individuales, instaurando un procedimiento policial y judicial que mal haríamos en llamar inquisitorial, pues la Inquisición era más garantista. Estamos hablando de una ley que directamente elimina la presunción de inocencia del varón, que gradúa las penas según el sexo y que fomenta perversamente las denuncias falsas.

¿Por qué casi nadie denuncia esta locura? Como describe Alicia V. Rubio en su libro Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres (un festín de clarividencia y sentido común en el asfixiante clima de corrección política que vivimos), detrás de todo el montaje de la ideología de género hay mucho dinero e intereses creados, una verdadera industria dedicada a obtener subvenciones, cargos y, en definitiva, poder.

Especialmente revelador resulta acudir a los códigos deontológicos de algunos medios de comunicación, extractados por Rubio en su libro, y que por supuesto están condicionados por las generosas aportaciones de la publicidad institucional contra la VdG. En ellos se conmina descaradamente a los periodistas a ocultar cualquier información que contradiga la ideología oficial, así como a emplear la neolengua obligada.

El mayor peligro que acaso entraña la ideología de género es que de las “recomendaciones” de estilo pasemos, en un futuro próximo, a convertir en delito de opinión cualquier discrepancia de dicha ideología, venga de la cátedra, el periódico o el púlpito.

Las constantes campañas y escenificaciones de “alarma social” están claramente orientadas a este objetivo, que supondría el fin de cualquier libertad de pensamiento, bajo el pretexto de perseguir un fantasmal “crimen de odio”, apenas distinguible del orwelliano “crimental” (thoughtcrime).

Porque ya no se trataría sólo de este tema. Sentado el precedente, nada impide a los comisarios del progresismo prohibir cualquier pensamiento alternativo, o la mera expresión de hechos molestos para el pensamiento dominante, en relación con la “memoria histórica”, el islamismo, el cambio climático, el “género” o el aborto.

Se empieza no pudiendo decir que los hombres y las mujeres son psicológicamente distintos, y se acaba con que tampoco se puede decir que los primeros tienen pene y las segundas vagina. Pero eso es una exageración de ultracatólicos, por supuesto.

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