Ángela Ponce con su aspecto actual y en el centro el día de su Primera Comunión.
Ángela Ponce con su aspecto actual y en el centro el día de su Primera Comunión.

“Me embargo en un nuevo sueño, ser la próxima Miss Universo España y tener el orgullo de representar a mi país en el próximo Miss Universo”, dice Ángela Ponce, de 26 años.
Y, bueno, por qué no, se preguntarán ustedes. O, quizá, lo que se pregunten es qué hago yo aquí hablando de concursos de misses. La razón es que la ‘chica’ en cuestión es lo que llaman ‘transgénero’, es decir, que nació varón.

Bueno, ya hemos estado antes aquí, ¿verdad? Y no es como si la desaparición de los concursos de belleza fuera a sacudir los cimientos de la civilización. Podrían abolirse todos mañana y yo, personalmente, no perdería una sola noche de sueño.

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Pero no es esa la cuestión. Ya hemos hablado de cómo el progresismo intenta difuminar todas las disntinciones y cómo esto presagia el desastre. Pero ahora me conformó con reseñar otro aspecto, que probablemente suene más frívolo e insustancial de lo que realmente es: la progresía agresiva parece decidida a arruinarnos toda diversión.

No hay hueco, rincón, aspecto, actividad o margen que escape al Ojo de Saurón de esta maldita plaga, ni lugar donde poder vivir tranquilamente la vida como a cada cual le plazca sin que venga el Savonarola moderno de turno a decirnos que así, no.

Pueden ser los Boy Scouts, que ya han quedado hechos unos zorros después de que los tribunales americanos les hayan obligado a aceptar homosexuales; o el deporte femenino, cada vez más dominado por hombretones chorreando testosterona que piden que se les llame Linda o Lucy; o los clubs solo para varones (déjenlos, criaturitas), a los que se les arruina esa huida ocasional de nuestro sexo forzándoles a admitir mujeres (¿qué mujer tiene tanto empeño en entrar donde no es bien recibida? No lo entenderé mientras viva), y así sucesivamente.

Lo de las misses es también una cuestión menor, pero imagino moverá muchísimo dinero y que tendrá sus forofos. El actual presidente de Estados Unidos, creo recordar, estaba metido en ese negocio.

Y, bueno, si se trata de seleccionar a la más bella, no veo que tenga mucho sentido que salga el más bello; ya hay un concurso para eso. También es perfectamente posible organizar concursos de belleza ‘trans’, ancha es Castilla. ¿Por qué, entonces, empeñarse en estropear lo que ya hay?

“Toda la gracia de estos concurso consiste en seleccionar a la más bella por naturaleza, no por diseño”

Se me objetará que Ángela tiene todas las hechuras de una mujer, y aun de una mujer guapa. Pero esto no hace sino empeorar el asunto, y aquí es especialmente oportuna la comparación con el deporte. No sigo mucho las competiciones, pero ni sé ya las veces que he leído sobre descalificación de campeones porque en las pruebas médicas han detectado dopaje. ¿Y no es dopaje presentarse a un competición femenina con un nivel de testosterona que se sale de las gráficas?

Tenía entendido -si me equivoco, ustedes disculpen- que en los concursos de estos, el equivalente al dopaje eran las operaciones de estética. Y parece evidente que Ángela no es de natural como sale hoy en las fotos ni una extraña al bisturí.

¿Es eso juego limpio? No, incluso si la norma que acabo de aducir no existe. Toda la gracia de estos concurso consiste en seleccionar a la más bella por naturaleza, no por diseño. Tal como adelantan las ciencias, de no ser así, pronto podrían diseñar a partir de una montaña de datos a la mujer perfecta, la más atractiva para la media de la humanidad, y el concurso perdería toda su gracia, exactamente como permitir que compita en la prueba de los 100 metros un tipo subido a una moto: ahí quería ver yo a Usain Bolt.

Pero si ya es injusto tirar de cirujano plástico para competir, hay otro factor que, si bien es indemostrable, creo que no se le escapa a nadie a estas alturas. Y es que hoy, los premios han dejado de galardonar a los mejores para señalizar las causas más convenientes.

Lo vemos en los Nobel ‘blandos’ (Literatura, Paz y Economía), en los Oscar y hasta en Eurovisión, donde quien quiera creerse que la mejor canción era la de esa tipa que hacía de gallina japonesa vive en los mundos de Yupi. Por no hablar, tomando un caso más próximo al que nos ocupa, de la esperpéntica -barba y lentejuelas, definitivamente, combinan mal- actuación de Conchita Wurst.

Es decir, hay un importante aliciente entre el jurado para elegir a Ángela, no tanto por ser la más guapa como por ese otro motivo que nos está estropeando todos nuestros pasatiempos: para hacer apostolado de la modernidad.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.